lunes, 13 de octubre de 2014

Capítulo VII y Final

Caminamos por las calles abarrotadas de turistas y nos metemos en un bar, donde desayunamos abundantemente sin apenas cruzar palabra. Percibo que D.D. tiene algo que decirme, pero lo dejo estar. Le digo que no tengo dinero para pagar el desayuno, y él me contesta entre risas que no importa, que él tampoco tiene ni un céntimo.

—Leonardo  —me dice—, no creas que me has pasado desapercibido. Aunque no lo parezca, soy una persona muy observadora…

—¿De qué estás hablando?

—Eres un ser atormentado. Tus ojos me lo dicen todo sobre ti. No hace falta que digas ni una sola palabra, y aun así sé exactamente el tipo de alma que ocupa este cuerpo que tengo frente a mis ojos. 
Nunca estarás satisfecho, ¿verdad? Eres uno de esos seres que necesitan ser sobrevolados por la tragedia para poder sobrevivir. Te alimentas de una melancolía que hace tiempo ya se apoderó de ti, sin embargo… —carraspea y me mira directamente a los ojos— me llama la atención que no te hayas rendido, que por tus venas aún se sienta el pulso de una ilusión a la que no consigo encontrarle origen. Dime, Leonardo, ¿qué estás haciendo?

De repente, siento la necesidad de hablarle sobre Elisa, sobre mi ida hace tres años y sobre mi desesperada vuelta. Le hablo de que no tengo nada por lo que estar aquí, que he perdido lo único que creía que me quedaba, y que no tengo nada por seguro, salvo la certeza de seguir viviendo.

—Entonces te felicito, eres absoluta y completamente libre de hacer lo que quieras —me dice.

—No me hables de libertad, por favor. Haz lo que quieras menos nombrar esa palabra. Estoy borracho de libertad. He antepuesto mi libertad personal a todo, y aún ahora no me arrepiento de haberlo hecho. La libertad es saludable siempre que se la tenga como una ilusión, como una meta a la que se puede y debe aspirar, pero ¡nunca cometas el error de declararte libre! La libertad no ha sido para mí mucho más que una cadena sin fin de noches de soledad prodigiosa en las que rezaba por que el sol asomase por la otra punta de la ciudad, la libertad pendía del techo, y aun así no sabía qué hacer con ella. Verás por todos sitios mensajes publicitarios que rezan: ¡Sé libre! ¡Cómprate este teléfono móvil y haz alarde de la libertad que el Estado diseña exclusivamente para ti! Pero ay de aquellos que de verdad se atrevan a sentirse solos y perfectamente libres, ay de aquellos que se lancen a la ardua tarea de mantener este sacrificio rutinario en nombre de una palabra, de una idea: Libertad. He dedicado mucho tiempo a buscar algo tan inasible como la libertad y este es el precio que he tenido que pagar.

—Te confundes, Leonardo. Confundes que el acto de libertad no es algo que pueda realizar uno mismo. Una persona no puede dedicarse a ser libre, y mucho menos hacerlo por sí sola ¡Esa es una idea de locos, si me lo permites! El ser humano pertenece, ama, requiere a los demás y se complace al ser requerido. Las personas disfrutamos siendo esclavas de aquello que amamos: necesitamos llenar nuestra vida de algo pues, ¿cómo si no íbamos a saber quién somos?

Me mareo. Le pido que salgamos del bar para tomar el aire. Como está abarrotado, apuramos nuestras tazas y salimos sin apresurarnos.

“¿Cómo si no íbamos a saber quienes somos? Esa pregunta me retumba en todas las cavidades de mi cráneo”.

—No te rindas—prosigue—. Por tus venas aún corre el pulso de la vida. Tienes ese punto sensible y observador que te diferencia de tantos otros hombres y sabes que disfrutas de ese privilegio, de esa condena.  Pero Leonardo, no debes tener miedo a amar, a arrojarte a los brazos de aquellas cosas que te despierten en mitad de la noche para someterte a su voluntad. No puedes permanecer toda tu vida siendo un lienzo en blanco, Leonardo, porque uno no puede estar siempre en guardia, a la espera del milagro. La época de los héroes terminó hace años y nosotros no somos más que dos hombres que nacieron en el reino de los hombres.

Asiento.












FINAL

Me despierto. Nos envuelve la oscuridad que precede al alba. El coche zumba por la carretera y los carteles pasan como exhalaciones. Al poco rato se abre el paisaje en vastos campos de trigo que murmuran al doblarse bajo el viento otoñal.

“Lo que he percibido con más vivacidad desde mi vuelta ha sido la absoluta falta de vitalidad que ha invadido a las personas. Echa un vistazo, haz un análisis aleatorio de los veinte primeros viandantes que pasen por tu lado. Rostros inofensivos de ciudadanos ejemplares, perfectos candidatos a premios nacionales de civismo. Esto hemos conseguido. A esto ha llegado la mayor de nuestras obras colectivas: hemos sido capaces de llenar las calles en hora punta, de despoblar bosques y erigir ciudades que en el futuro serán leyendas. Hemos llevado la evolución de la especie a tal punto que algún día entenderemos a Dios y entonces los expertos brindarán en las tertulias y no nos quedará nada por comentar. Vivimos en el no retorno al que nos ha empujado nuestra obra, hablamos en nombre de la tecnología y los avances científicos e informáticos. Democracia, estados de derecho y robots de cocina. Sí. Estemos satisfechos. Podemos estarlo, sí señor. Pero por favor, que no nos falten los periódicos cada día en el kiosco, que no nos falte una emisión en alta definición que nos permita estar al tanto de todos y cada uno de los acontecimientos que se suceden en el planeta Tierra. Que no nos falten los teléfonos entre las manos ni las redes inalámbricas. Necesitamos tener acceso a la verdad absoluta por medio del templo digital que heroicamente construimos, debemos atribuirnos ese derecho legítimo como únicos y genuinos creadores. Cualquier intento de oposición será condenado a tal velocidad que ni siquiera seremos conscientes de que un día fue formulado.
Compartámosnos, estemos unidos como pingüinos pasando el invierno, hablemos por encima de la megafonía de los estadios y comentemos cada uno de los gestos de los ídolos de masas. Porque esos ídolos son de todos y convergemos con unanimidad para alzarlos sobre nuestras cabezas. Tengamos nuestras escaramuzas, nuestros enfrentamientos menores por doctrinas e ideales que nos pasan por encima y los cuales nunca se nos ocurrió cuestionar. Encabecemos manifestaciones televisadas y sintámonos parte activa de un mundo que quizás nos pertenezca. Tomemos partido como la mejor de las comparsas en nuestra eterna dicotomía, esa que nos nutre y que conforma nuestros pueblos. Seamos fieles al blanco o al negro, estemos alegres o tristes, aniquilemos cualquier punto intermedio, pues la duda es debilidad y debemos ser un pueblo convencido. Separémonos, por supuesto, pero hagámoslo ordenada y serenamente, no queremos despertar a nuestros muertos. Formemos nuestras fronteras y bandos, apedreemos a los que nos gobiernan y no dudemos en pisotear a los que tenemos debajo, llevemos la ley natural a su cénit y centrémonos en la supervivencia de nuestra especie.

Pero ante todo hablemos, comentemos y analicemos las particularidades de nuestra vanguardia con la agudeza apabullante que nos caracteriza, llevemos al paroxismo el don de la palabra frente a la acción, acción que quedará como una particularidad anecdótica, un mero accidente a pie de página en los anales de la historia. Llenemos el vacío de la galaxia con cadenas infinitas de palabras hasta que se nos sequen las lenguas y los intestinos. Hablemos y ganemos este pulso a la duda sirviéndonos de la era digital, esforcémonos por conseguir un registro absoluto de aquello que percibimos como mundo, en el que todo quede predicho y notificado. 

¿No ansiamos acaso esa satisfacción, ese milagro? 

Animales ávidos de poder y control, dedicamos nuestras existencias a convencernos de que somos capaces y dignos, nos recordarnos día tras día que el absurdo no tiene lugar en una mente ocupada…”

Sumido en la bruma de estos pensamientos cierro los ojos y cedo la palabra a la vibración del coche, que me lleva a un nuevo horizonte, a un lugar desconocido en el que se abrirá otro mundo por consumir.



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