miércoles, 24 de agosto de 2011

Repudio a la Somnolencia


Nadie se avergüence de su labor, nadie repudie su obra, si en ella ha puesto el afecto inteligente y el entusiasmo fecundo.
-Alfonso Guillén Zelaya-


Cuántas veces no hemos empezado un proyecto, una promesa, o un puñetero cursillo de mecanografía y a los tres coma doce nanosegundos perdemos todo el interés por esa afición o por ese propósito, hasta tal punto que lo dejamos completamente aparcado u olvidado.

Pues bien, esto es perfectamente aplicable al ámbito global de la vida: Perdemos el entusiasmo por aquello que deja de ser una novedad, cuando algo no es nuevo tiende a ser olvidado, máxime en esta sociedad de consumo y modas.
Creemos empezar nuevas etapas, conocer gente en el curro, viajar a diferentes sitios por vacaciones y apuntarnos a clases de pilates para afrontar el día con más vitalismo. ¿Pero todas esas cosas las hacemos como sinceros entusiastas? Improbable. Al menos no en la medida que nos gustaría, y por supuesto, no en la medida de lo que debiéramos. Tenemos el mismo trabajo, los mismos amigos de siempre, los mismos gustos musicales, los mismos lugares de marcha, la misma familia, misma religión...(esto último cada vez menos). Muchas cosas las mantenemos porque así lo preferimos, claro, pero muchas otras sólo las seguimos por rutina o inercia, porque las seguimos desde hace mucho tiempo o porque todo el mundo las hace. No es culpa nuestra, somos humanos y por naturaleza perdemos interés ante lo que vemos todos los días.
Si tenemos una vida monótona y por consiguiente desinteresada ¡Bingo! Tenemos la vida modelo de cualquier ciudadano de siglo XX-XXI, tan desapasionada, sumisa, expectante y reactiva, incapaz de realizar actos creativos y de innovar en cualquier ámbito no convencional.

La clave de toda obra reside en el entusiasmo que se pone en ella. No hay cosa que me divierta más que ver a alguien hablar vehementemente sobre un tema cualquiera, ya sea un novel en dicha materia o un experto: si le pone interés, esa pizca de vitalidad que toda actividad humana necesita, adquiere tanto interés para mí como Thoreau o Bukowski. Con esto no quiero decir que cualquier persona entusiasta sea una mente privilegiada, sino que vive apasionadamente en base a una serie de ideales o aficiones que la hacen sentirse viva, mucho más viva de los que sobreviven entre bostezos y quejas vacías basando su fugaz existencia en la auto compasión o en mirar embobados durante horas la Tv, cosas totalmente respetables, pero carentes de vitalidad.

Y claro, el entusiasmo conlleva curiosidad, interés, por así decirlo. Interés por la adquisición de nuevos conocimientos en aquello que nos apasiona, por instruirnos en esa hipotética materia ya sea en mayor o menor medida. Con esto vengo a decir que todo lo estático y lo rutinario es detestable y creo que la manera de acercarnos a sentir nuestra propia vida reside en experimentar: Tener tu propio taller químico de jabones o dedicarte al cultivo de la Mandrágora Officinarum , pero ten experiencias y siéntete vivo. No te pases el día con el culo pegado a una silla viendo como tu insignificancia se adueña de tí y haz de tu lamentable existencia algo explosivo, una fugaz llamarada de napalm en el atardecer del universo (Bendito Coppola).