lunes, 13 de octubre de 2014

Capítulo VI

El piso de D.D. es un cubículo amarillento lleno de libros y CDs llenos de polvo. El suelo está cubierto de gruesas alfombras y las paredes están forradas en madera oscura, de aspecto antiguo. Aunque tiene dos sofás destartalados, todo el mundo se quita los zapatos y se sienta en el suelo con las piernas cruzadas en la penumbra. D.D. se levanta entusiasmado y pone un disco: por los altavoces sale una melodía de trompetas serena y agradable. Conozco la canción. Se trata de All the Things you Are, de Charlie Parker. D.D. se lo digo a D.D. y hablamos un poco de jazz bebop, pero comienza a hablarme de artistas que no conozco, así que le sonrío y le pido un vaso con hielo.

La cocina es apenas una apertura dentro del cubículo, con el espacio justo para una nevera y un hornillo de gas. Algunas zonas del suelo resbalan, y otras están pegajosas. D.D. me da un vaso que coge del fregadero y abre la nevera, de la que sale un olor rancio. Saca dos hielos y en cuanto me los pone en el vaso me fijo en que son de color oscuro, como si fuesen dos terrones de azúcar moreno. En cuanto se lo digo, empieza a reírse y a hablarme de lo felices que son los niños indios chapoteando en el río Támesis, rodeados de mierda y deshechos industriales. —Oye, Leonardo —comenta—.Tengo que charlar contigo, pero lo dejamos para otro momento. —Me da una palmadita en la espalda y nos volvemos a reunir con el grupo. Comenzamos a beber vodka, whiskey y vino tinto de manera indistinta. Jugamos a algunos juegos de bebida y hablamos distendidamente de cosas sin importancia.

Me sorprende la actitud de Iván, ya que guarda silencio durante la mayor parte del tiempo, y solamente se dedica a rellenar su vaso una vez tras otra mientras dedica sonrisas socarronas a Mía y Daniela cuando éstas lo miran de reojo. Aunque su ritmo es elevado, no parece que el alcohol surta efecto en él, y cuando pasa un rato se saca del bolsillo de la chaqueta un pastillero de plástico y nos ofrece una pastilla blanca a cada uno de nosotros. Como todos la aceptan, yo también lo hago, y le doy las gracias. Iván me responde con un gruñido incomprensible mientras me dedica esa perpetua Sonrisa de Payaso que tiene colgada del rostro.

Cuando tomo la pastilla, pasan escasos minutos antes de que empiece a perder la cabeza. Todo lo que me rodea se dilata y contrae al ritmo de la música que sale de los altavoces. D.D. parece un ente sobrenatural que nos hipnotiza con un discurso tenebroso acerca del fin de los pueblos. Una sombra crece entre nosotros. La oscuridad de la habitación es cada vez mayor, y al fijarme en las chicas, éstas me parecen figuras pálidas e inmóviles incapaces de emitir sonido alguno. Iván da vueltas insistentemente alrededor de la habitación, siguiendo el ritmo de la música mientras da saltitos y sonríe con su Sonrisa de Payaso. De repente entra en el cuarto de baño y no lo veo salir hasta que pasa un buen rato.

“Métase unas rayas en el váter de D.D. ¡Plazas limitadas y precios reducidos!”
D.D. enciende una luz ultravioleta que tiene instalada en una estantería y la sensación de irrealidad se hace cada vez mayor. Aunque la luz del baño sigue encendida, veo la sonrisa de Iván levitar en el centro del pequeño pasillo que lleva a la habitación. Observo impávido la luna en cuarto menguante llena de dientes que refulge en medio de la oscuridad mientras me apunta con una expresión irónica y burlona. Iván, ¿qué pretendes? Las voces adquieren tonos monstruosos y las risas que escucho parecen emitidas por seres de ultratumba que están en algún lugar de las profundidades de la habitación, esperando a que sucumbamos a los efectos del sueño para lanzarse sobre nosotros, ansiosos de sangre envenenada y de locura pasajera. Comienzo a sudar y trato de levantarme, pero soy incapaz. Me invade un pánico repentino y siento la necesidad de salir corriendo, pero me repito mentalmente que sólo es producto de mi imaginación, que en realidad estoy pasando un buen rato y que D.D., Iván y las chicas son buenas personas que se han apiadado de mi soledad y que van a permanecer a mi lado al menos hasta el fin de esta noche. Consigo levantarme y siento un mareo extraordinario.

“Bienvenidos al parque de atracciones de D.D.”

 Me dirijo dando tumbos a la cocina, no sin antes derribar varias botellas vacías, y bebo abundante agua terrosa del grifo del fregadero. Cuando pasa un instante me tranquilizo un poco y me seco la frente con un paño que hay colgado en la puerta.
“¿Recuerdas cuando aún tenías esperanza? Evoca esa imagen. Tu figura en medio de un grupo de amigos. Todos bebéis cerveza y habláis dando voces, como sólo hablan aquellos que viven su momento. Tienes a Elisa sentada en las rodillas. La miras a los ojos y los sientes clavarse en lo más profundo de tu alma. ¿Qué importa todo lo que pueda suceder si tienes ese par de ojos negros dirigiéndose hacia ti, tomándose el esfuerzo de observarte y de expresar su afecto por medio de una simple mirada en medio de la algarabía y el ardor de la fiesta? Eres consciente de tu fortuna. De que de no ser por ella, estarías perdido, hundido para siempre. De modo que te aferras a su cintura y rezas por que siga confiando en ti, por que no se le agote la ilusión mientras espera a que algún día te libres de tus demonios y la ames con sinceridad.
Elisa, no puedo cambiar, pero te aseguro que desempeñaré mi función lo mejor que pueda. Seré el perfecto intérprete que te inundará de felicidad. Te enseñaré el mundo entero y me esforzaré por sorprenderme cuando descubra los secretos de la vida junto a ti.
Sientes una presión en el vientre.
Farsante. Jodido embustero.”

Vuelvo al salón y, para mi asombro, compruebo que las formas se perfilan a mi alrededor con una nitidez insólita. Veo a D.D. revolcarse por el suelo junto a Mía, que se ha quitado el vestido, mientras Iván y su Sonrisa están asomados a la ventana fumando un cigarrillo. Daniela permanece inmóvil en el sofá, con el rostro lívido y las manos reposando sobre las rodillas. Disfruto de una sensación de absoluta claridad que me maravilla y ante la que me quedo absolutamente atónito: Tengo la sensación de conocer a esas cuatro personas desde hace años, como si hubiese pasado la vida entera junto a ellas, y crece dentro de mí una cálida e infinita confianza. Ese efecto poco a poco se extiende a los objetos, a las luces y las sombras, a la música… De repente me siento con el poder de una capacidad de análisis suprema, como si una rápida mirada me bastase para adivinar el origen de los más profundos misterios que el mundo ha dispuesto a los ojos del hombre. Durante una décima de segundo, comprendo la esencia misma de las cosas y soy capaz de entender que en realidad no hay nada que temer, como si por fin me hubiese sido concedido el privilegio de ser consciente de mi insignificancia y de estar de acuerdo con ella.

“Todo está dispuesto y no soy capaz de ejercer ningún tipo de influencia a mi alrededor, por ello, voluntariamente decido relajarme, ya que todo intento de control es un acto de estupidez. Wu wei”.

Experimento un Satori patrocinado por las drogas duras de Iván y por el sentimiento de absoluta desprovisión en el que naturalmente me encuentro. La Sonrisa de Iván entra por la ventana y sigue apuntándome en silencio. Ahora lo entiendo. Iván le sonríe a la vida.
Me tumbo boca arriba en el sofá y descanso la cabeza en el regazo de Daniela, que mira al vacío con los ojos entrecerrados, y permanezco así hasta que pierdo la noción del tiempo, del espacio y de mi propia conciencia.

Me despierto tumbado en el suelo, con Daniela a mis pies, dándome la espalda. Agudizo el oído y lo único que alcanzo a escuchar es el zumbido del tocadiscos y el murmullo de la calle. Me incorporo y echo un vistazo a mi alrededor. Debe de ser más de mediodía, a juzgar por la luz que se cuela por la ventana. Abro la puerta de la única habitación del piso y veo la desnudez de Mía, que duerme junto a D.D. mientras éste fuma un cigarro y mira a la nada. Ni siquiera se inmuta cuando lo saludo. Vuelvo al salón y cuando llevo dos segundos sentado, me atacan unos retortijones infernales. Corro al váter y me fuerzo a vomitar. Sólo bilis. ¿Qué coño nos dio ayer Iván? ¿a dónde se habrá ido? Me meto en la ducha y pienso en todo lo vivido el día anterior. Pienso en qué es lo que voy a hacer a partir de ahora y no encuentro ninguna respuesta. D.D. no usa jabón.


Al salir del baño me encuentro a Iván en la puerta, vestido y con una sonrisa radiante saliéndole del rostro. Me dice que salgamos a dar un paseo y le digo que de acuerdo.

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