-¿Y tú me lo preguntas? –
Me preguntó, sorbiendo su último trago mientras unos acordes desgarrados
inundaban la quietud de la habitación en penumbra. -¿Y tú me lo preguntas?
–Repitió, apretando las mandíbulas en un ademán pícaro y sagaz. Recuerdo sus pequeños
ojos azules, vidriosos y enrojecidos por el paso del tiempo y por las
experiencias vividas. En efecto, aún puedo evocarlos como si nunca hubiese
dejado de verlos.
Y tú me lo preguntas…
-Arrancó, ya otorgando un tono afirmativo a su repetición. –Vivimos en
comunidad. Las personas hemos creado a lo largo y ancho del mundo
macrocomunidades conectadas unas con otras, hemos ideado infinidad de sistemas para
satisfacer nuestra necesidad de afecto, para suplir nuestras debilidades con la
creación de normas artificiales contrarias a nuestra naturaleza, llamémoslas
leyes, convenciones sociales o códigos de conducta. ¿Por qué esas dos personas
están casadas, si cada día supone un calvario para cada uno de los miembros de
la unión? ¿Por qué siguen alimentando la falsa idea de que se aman? porque así
ha de ser, te dirán, porque así se ha establecido para el bienestar de aquellos
que dependen directa o indirectamente de esa unión, afirmarán ceñudos y
absolutamente convencidos.
Porque eso es lo correcto.
Y bien, no podremos
culparlos, pues resulta tan incierto el mundo, tan difícil es discernir entre
el bien el mal, entre la virtud y el vicio, que nos volveríamos locos
catalogando cada acto, pensamiento o impulso en bueno o malo, en justo o
injusto. De modo que así aceptamos estas normas que ya estaban aquí antes de
nosotros, que, nos repriman o no, a menudo nos ayudan a tomar una decisión y a
encaminar nuestro comportamiento justificándolo con unos principios
variables. A veces nos atrevemos a
cuestionar la validez de los mismos en charlas y discusiones, pero en la
oscuridad agradecemos complacidos a nuestros antepasados el ahorrarnos la ardua
tarea de establecer una suerte de sistema epistemológico aplicado a los
complejos mecanismos de la misma vida, para así simplificarla y hacer más
sencillo el vivirla.
A cada cual le parecerá equivocado el
comportamiento del prójimo, mientras que el suyo propio puede ser una perfecta
comedia que, sin embargo será percibida de manera muy distinta por su actor. El
error, y con esto respondo a tu pregunta, consiste en creer ciegamente en que
lo que se hace es lo correcto. El error es la voluntad de anclarse en la
dicotomía de lo válido y lo inválido, en aceptar que las decisiones simplemente
han de tomarse teniendo en cuenta el complejísimo proceso de alquimia que nos
atraviesa diariamente y que nos empeñamos en denominar circunstancias. La
circunstancia es tan amplia que resulta absurdo siquiera ejemplificarla, pues
todo deviene en circunstancia. ¿Somos pues capaces de actuar libremente, sin
tener en cuenta tales o cuales situaciones a las que estamos vinculados
indefectiblemente? Resulta difícil afirmarlo. La libertad es tan difusa como
utópica en este mundo, en esta circunstancia, donde el comportamiento humano
está destinado a la posesión material, y se nos olvida con absurda frecuencia
que al igual que poseemos, somos poseídos. Desde nuestras vías empedradas
evocamos horizontes exóticos en los que la gente, a pesar de su pobreza, es
feliz con el mero hecho de masticar un alimento, feliz bailando en el polvo,
sintiéndose vivos. Nos sentimos constreñidos por un sistema que nosotros mismos
creamos, una gran mansión de cristal de la que queremos salir, pero ha sido
tanto el tiempo invertido en su construcción (¡un trabajo generacional de miles de años!), las
raíces se asientan tan profundas hacia todas las direcciones de nuestras
necesidades, que la salida nos resulta ardua, pues no sabemos hasta que punto
seremos heridos, hasta qué punto esos valores están arraigados en nuestra
indómita condición humana.
Así, es nuestra obligación comprobarlo. Aunque nos
suponga un esfuerzo que nunca sospechamos que habríamos podido soportar, aunque
eso signifique aceptar que no hemos sido nada hasta ahora, como, si de un
renacer se tratase, surgiéramos como seres humanos genuinos, dejando atrás todo
cuanto nos ha hecho vivir y por lo que habríamos muerto, pues no se me ocurre
ningún modo de calificar esta vida que ambos ocupamos de otro modo que no sea una
Muerte Perpetua.
No hay comentarios:
Publicar un comentario