jueves, 27 de noviembre de 2014

De la pertenencia y la no pertenencia

-¿Y tú me lo preguntas? – Me preguntó, sorbiendo su último trago mientras unos acordes desgarrados inundaban la quietud de la habitación en penumbra. -¿Y tú me lo preguntas? –Repitió, apretando las mandíbulas en un ademán pícaro y sagaz. Recuerdo sus pequeños ojos azules, vidriosos y enrojecidos por el paso del tiempo y por las experiencias vividas. En efecto, aún puedo evocarlos como si nunca hubiese dejado de verlos.

Y tú me lo preguntas… -Arrancó, ya otorgando un tono afirmativo a su repetición. –Vivimos en comunidad. Las personas hemos creado a lo largo y ancho del mundo macrocomunidades conectadas unas con otras, hemos ideado infinidad de sistemas para satisfacer nuestra necesidad de afecto, para suplir nuestras debilidades con la creación de normas artificiales contrarias a nuestra naturaleza, llamémoslas leyes, convenciones sociales o códigos de conducta. ¿Por qué esas dos personas están casadas, si cada día supone un calvario para cada uno de los miembros de la unión? ¿Por qué siguen alimentando la falsa idea de que se aman? porque así ha de ser, te dirán, porque así se ha establecido para el bienestar de aquellos que dependen directa o indirectamente de esa unión, afirmarán ceñudos y absolutamente convencidos. 
Porque eso es lo correcto. 
Y bien, no podremos culparlos, pues resulta tan incierto el mundo, tan difícil es discernir entre el bien el mal, entre la virtud y el vicio, que nos volveríamos locos catalogando cada acto, pensamiento o impulso en bueno o malo, en justo o injusto. De modo que así aceptamos estas normas que ya estaban aquí antes de nosotros, que, nos repriman o no, a menudo nos ayudan a tomar una decisión y a encaminar nuestro comportamiento justificándolo con unos principios variables.  A veces nos atrevemos a cuestionar la validez de los mismos en charlas y discusiones, pero en la oscuridad agradecemos complacidos a nuestros antepasados el ahorrarnos la ardua tarea de establecer una suerte de sistema epistemológico aplicado a los complejos mecanismos de la misma vida, para así simplificarla y hacer más sencillo el vivirla.

 A cada cual le parecerá equivocado el comportamiento del prójimo, mientras que el suyo propio puede ser una perfecta comedia que, sin embargo será percibida de manera muy distinta por su actor. El error, y con esto respondo a tu pregunta, consiste en creer ciegamente en que lo que se hace es lo correcto. El error es la voluntad de anclarse en la dicotomía de lo válido y lo inválido, en aceptar que las decisiones simplemente han de tomarse teniendo en cuenta el complejísimo proceso de alquimia que nos atraviesa diariamente y que nos empeñamos en denominar circunstancias. La circunstancia es tan amplia que resulta absurdo siquiera ejemplificarla, pues todo deviene en circunstancia. ¿Somos pues capaces de actuar libremente, sin tener en cuenta tales o cuales situaciones a las que estamos vinculados indefectiblemente? Resulta difícil afirmarlo. La libertad es tan difusa como utópica en este mundo, en esta circunstancia, donde el comportamiento humano está destinado a la posesión material, y se nos olvida con absurda frecuencia que al igual que poseemos, somos poseídos. Desde nuestras vías empedradas evocamos horizontes exóticos en los que la gente, a pesar de su pobreza, es feliz con el mero hecho de masticar un alimento, feliz bailando en el polvo, sintiéndose vivos. Nos sentimos constreñidos por un sistema que nosotros mismos creamos, una gran mansión de cristal de la que queremos salir, pero ha sido tanto el tiempo invertido en su construcción (¡un trabajo generacional de miles de años!), las raíces se asientan tan profundas hacia todas las direcciones de nuestras necesidades, que la salida nos resulta ardua, pues no sabemos hasta que punto seremos heridos, hasta qué punto esos valores están arraigados en nuestra indómita condición humana. 

Así, es nuestra obligación comprobarlo. Aunque nos suponga un esfuerzo que nunca sospechamos que habríamos podido soportar, aunque eso signifique aceptar que no hemos sido nada hasta ahora, como, si de un renacer se tratase, surgiéramos como seres humanos genuinos, dejando atrás todo cuanto nos ha hecho vivir y por lo que habríamos muerto, pues no se me ocurre ningún modo de calificar esta vida que ambos ocupamos de otro modo que no sea una Muerte Perpetua.


lunes, 13 de octubre de 2014

Capítulo VII y Final

Caminamos por las calles abarrotadas de turistas y nos metemos en un bar, donde desayunamos abundantemente sin apenas cruzar palabra. Percibo que D.D. tiene algo que decirme, pero lo dejo estar. Le digo que no tengo dinero para pagar el desayuno, y él me contesta entre risas que no importa, que él tampoco tiene ni un céntimo.

—Leonardo  —me dice—, no creas que me has pasado desapercibido. Aunque no lo parezca, soy una persona muy observadora…

—¿De qué estás hablando?

—Eres un ser atormentado. Tus ojos me lo dicen todo sobre ti. No hace falta que digas ni una sola palabra, y aun así sé exactamente el tipo de alma que ocupa este cuerpo que tengo frente a mis ojos. 
Nunca estarás satisfecho, ¿verdad? Eres uno de esos seres que necesitan ser sobrevolados por la tragedia para poder sobrevivir. Te alimentas de una melancolía que hace tiempo ya se apoderó de ti, sin embargo… —carraspea y me mira directamente a los ojos— me llama la atención que no te hayas rendido, que por tus venas aún se sienta el pulso de una ilusión a la que no consigo encontrarle origen. Dime, Leonardo, ¿qué estás haciendo?

De repente, siento la necesidad de hablarle sobre Elisa, sobre mi ida hace tres años y sobre mi desesperada vuelta. Le hablo de que no tengo nada por lo que estar aquí, que he perdido lo único que creía que me quedaba, y que no tengo nada por seguro, salvo la certeza de seguir viviendo.

—Entonces te felicito, eres absoluta y completamente libre de hacer lo que quieras —me dice.

—No me hables de libertad, por favor. Haz lo que quieras menos nombrar esa palabra. Estoy borracho de libertad. He antepuesto mi libertad personal a todo, y aún ahora no me arrepiento de haberlo hecho. La libertad es saludable siempre que se la tenga como una ilusión, como una meta a la que se puede y debe aspirar, pero ¡nunca cometas el error de declararte libre! La libertad no ha sido para mí mucho más que una cadena sin fin de noches de soledad prodigiosa en las que rezaba por que el sol asomase por la otra punta de la ciudad, la libertad pendía del techo, y aun así no sabía qué hacer con ella. Verás por todos sitios mensajes publicitarios que rezan: ¡Sé libre! ¡Cómprate este teléfono móvil y haz alarde de la libertad que el Estado diseña exclusivamente para ti! Pero ay de aquellos que de verdad se atrevan a sentirse solos y perfectamente libres, ay de aquellos que se lancen a la ardua tarea de mantener este sacrificio rutinario en nombre de una palabra, de una idea: Libertad. He dedicado mucho tiempo a buscar algo tan inasible como la libertad y este es el precio que he tenido que pagar.

—Te confundes, Leonardo. Confundes que el acto de libertad no es algo que pueda realizar uno mismo. Una persona no puede dedicarse a ser libre, y mucho menos hacerlo por sí sola ¡Esa es una idea de locos, si me lo permites! El ser humano pertenece, ama, requiere a los demás y se complace al ser requerido. Las personas disfrutamos siendo esclavas de aquello que amamos: necesitamos llenar nuestra vida de algo pues, ¿cómo si no íbamos a saber quién somos?

Me mareo. Le pido que salgamos del bar para tomar el aire. Como está abarrotado, apuramos nuestras tazas y salimos sin apresurarnos.

“¿Cómo si no íbamos a saber quienes somos? Esa pregunta me retumba en todas las cavidades de mi cráneo”.

—No te rindas—prosigue—. Por tus venas aún corre el pulso de la vida. Tienes ese punto sensible y observador que te diferencia de tantos otros hombres y sabes que disfrutas de ese privilegio, de esa condena.  Pero Leonardo, no debes tener miedo a amar, a arrojarte a los brazos de aquellas cosas que te despierten en mitad de la noche para someterte a su voluntad. No puedes permanecer toda tu vida siendo un lienzo en blanco, Leonardo, porque uno no puede estar siempre en guardia, a la espera del milagro. La época de los héroes terminó hace años y nosotros no somos más que dos hombres que nacieron en el reino de los hombres.

Asiento.












FINAL

Me despierto. Nos envuelve la oscuridad que precede al alba. El coche zumba por la carretera y los carteles pasan como exhalaciones. Al poco rato se abre el paisaje en vastos campos de trigo que murmuran al doblarse bajo el viento otoñal.

“Lo que he percibido con más vivacidad desde mi vuelta ha sido la absoluta falta de vitalidad que ha invadido a las personas. Echa un vistazo, haz un análisis aleatorio de los veinte primeros viandantes que pasen por tu lado. Rostros inofensivos de ciudadanos ejemplares, perfectos candidatos a premios nacionales de civismo. Esto hemos conseguido. A esto ha llegado la mayor de nuestras obras colectivas: hemos sido capaces de llenar las calles en hora punta, de despoblar bosques y erigir ciudades que en el futuro serán leyendas. Hemos llevado la evolución de la especie a tal punto que algún día entenderemos a Dios y entonces los expertos brindarán en las tertulias y no nos quedará nada por comentar. Vivimos en el no retorno al que nos ha empujado nuestra obra, hablamos en nombre de la tecnología y los avances científicos e informáticos. Democracia, estados de derecho y robots de cocina. Sí. Estemos satisfechos. Podemos estarlo, sí señor. Pero por favor, que no nos falten los periódicos cada día en el kiosco, que no nos falte una emisión en alta definición que nos permita estar al tanto de todos y cada uno de los acontecimientos que se suceden en el planeta Tierra. Que no nos falten los teléfonos entre las manos ni las redes inalámbricas. Necesitamos tener acceso a la verdad absoluta por medio del templo digital que heroicamente construimos, debemos atribuirnos ese derecho legítimo como únicos y genuinos creadores. Cualquier intento de oposición será condenado a tal velocidad que ni siquiera seremos conscientes de que un día fue formulado.
Compartámosnos, estemos unidos como pingüinos pasando el invierno, hablemos por encima de la megafonía de los estadios y comentemos cada uno de los gestos de los ídolos de masas. Porque esos ídolos son de todos y convergemos con unanimidad para alzarlos sobre nuestras cabezas. Tengamos nuestras escaramuzas, nuestros enfrentamientos menores por doctrinas e ideales que nos pasan por encima y los cuales nunca se nos ocurrió cuestionar. Encabecemos manifestaciones televisadas y sintámonos parte activa de un mundo que quizás nos pertenezca. Tomemos partido como la mejor de las comparsas en nuestra eterna dicotomía, esa que nos nutre y que conforma nuestros pueblos. Seamos fieles al blanco o al negro, estemos alegres o tristes, aniquilemos cualquier punto intermedio, pues la duda es debilidad y debemos ser un pueblo convencido. Separémonos, por supuesto, pero hagámoslo ordenada y serenamente, no queremos despertar a nuestros muertos. Formemos nuestras fronteras y bandos, apedreemos a los que nos gobiernan y no dudemos en pisotear a los que tenemos debajo, llevemos la ley natural a su cénit y centrémonos en la supervivencia de nuestra especie.

Pero ante todo hablemos, comentemos y analicemos las particularidades de nuestra vanguardia con la agudeza apabullante que nos caracteriza, llevemos al paroxismo el don de la palabra frente a la acción, acción que quedará como una particularidad anecdótica, un mero accidente a pie de página en los anales de la historia. Llenemos el vacío de la galaxia con cadenas infinitas de palabras hasta que se nos sequen las lenguas y los intestinos. Hablemos y ganemos este pulso a la duda sirviéndonos de la era digital, esforcémonos por conseguir un registro absoluto de aquello que percibimos como mundo, en el que todo quede predicho y notificado. 

¿No ansiamos acaso esa satisfacción, ese milagro? 

Animales ávidos de poder y control, dedicamos nuestras existencias a convencernos de que somos capaces y dignos, nos recordarnos día tras día que el absurdo no tiene lugar en una mente ocupada…”

Sumido en la bruma de estos pensamientos cierro los ojos y cedo la palabra a la vibración del coche, que me lleva a un nuevo horizonte, a un lugar desconocido en el que se abrirá otro mundo por consumir.



Capítulo VI

El piso de D.D. es un cubículo amarillento lleno de libros y CDs llenos de polvo. El suelo está cubierto de gruesas alfombras y las paredes están forradas en madera oscura, de aspecto antiguo. Aunque tiene dos sofás destartalados, todo el mundo se quita los zapatos y se sienta en el suelo con las piernas cruzadas en la penumbra. D.D. se levanta entusiasmado y pone un disco: por los altavoces sale una melodía de trompetas serena y agradable. Conozco la canción. Se trata de All the Things you Are, de Charlie Parker. D.D. se lo digo a D.D. y hablamos un poco de jazz bebop, pero comienza a hablarme de artistas que no conozco, así que le sonrío y le pido un vaso con hielo.

La cocina es apenas una apertura dentro del cubículo, con el espacio justo para una nevera y un hornillo de gas. Algunas zonas del suelo resbalan, y otras están pegajosas. D.D. me da un vaso que coge del fregadero y abre la nevera, de la que sale un olor rancio. Saca dos hielos y en cuanto me los pone en el vaso me fijo en que son de color oscuro, como si fuesen dos terrones de azúcar moreno. En cuanto se lo digo, empieza a reírse y a hablarme de lo felices que son los niños indios chapoteando en el río Támesis, rodeados de mierda y deshechos industriales. —Oye, Leonardo —comenta—.Tengo que charlar contigo, pero lo dejamos para otro momento. —Me da una palmadita en la espalda y nos volvemos a reunir con el grupo. Comenzamos a beber vodka, whiskey y vino tinto de manera indistinta. Jugamos a algunos juegos de bebida y hablamos distendidamente de cosas sin importancia.

Me sorprende la actitud de Iván, ya que guarda silencio durante la mayor parte del tiempo, y solamente se dedica a rellenar su vaso una vez tras otra mientras dedica sonrisas socarronas a Mía y Daniela cuando éstas lo miran de reojo. Aunque su ritmo es elevado, no parece que el alcohol surta efecto en él, y cuando pasa un rato se saca del bolsillo de la chaqueta un pastillero de plástico y nos ofrece una pastilla blanca a cada uno de nosotros. Como todos la aceptan, yo también lo hago, y le doy las gracias. Iván me responde con un gruñido incomprensible mientras me dedica esa perpetua Sonrisa de Payaso que tiene colgada del rostro.

Cuando tomo la pastilla, pasan escasos minutos antes de que empiece a perder la cabeza. Todo lo que me rodea se dilata y contrae al ritmo de la música que sale de los altavoces. D.D. parece un ente sobrenatural que nos hipnotiza con un discurso tenebroso acerca del fin de los pueblos. Una sombra crece entre nosotros. La oscuridad de la habitación es cada vez mayor, y al fijarme en las chicas, éstas me parecen figuras pálidas e inmóviles incapaces de emitir sonido alguno. Iván da vueltas insistentemente alrededor de la habitación, siguiendo el ritmo de la música mientras da saltitos y sonríe con su Sonrisa de Payaso. De repente entra en el cuarto de baño y no lo veo salir hasta que pasa un buen rato.

“Métase unas rayas en el váter de D.D. ¡Plazas limitadas y precios reducidos!”
D.D. enciende una luz ultravioleta que tiene instalada en una estantería y la sensación de irrealidad se hace cada vez mayor. Aunque la luz del baño sigue encendida, veo la sonrisa de Iván levitar en el centro del pequeño pasillo que lleva a la habitación. Observo impávido la luna en cuarto menguante llena de dientes que refulge en medio de la oscuridad mientras me apunta con una expresión irónica y burlona. Iván, ¿qué pretendes? Las voces adquieren tonos monstruosos y las risas que escucho parecen emitidas por seres de ultratumba que están en algún lugar de las profundidades de la habitación, esperando a que sucumbamos a los efectos del sueño para lanzarse sobre nosotros, ansiosos de sangre envenenada y de locura pasajera. Comienzo a sudar y trato de levantarme, pero soy incapaz. Me invade un pánico repentino y siento la necesidad de salir corriendo, pero me repito mentalmente que sólo es producto de mi imaginación, que en realidad estoy pasando un buen rato y que D.D., Iván y las chicas son buenas personas que se han apiadado de mi soledad y que van a permanecer a mi lado al menos hasta el fin de esta noche. Consigo levantarme y siento un mareo extraordinario.

“Bienvenidos al parque de atracciones de D.D.”

 Me dirijo dando tumbos a la cocina, no sin antes derribar varias botellas vacías, y bebo abundante agua terrosa del grifo del fregadero. Cuando pasa un instante me tranquilizo un poco y me seco la frente con un paño que hay colgado en la puerta.
“¿Recuerdas cuando aún tenías esperanza? Evoca esa imagen. Tu figura en medio de un grupo de amigos. Todos bebéis cerveza y habláis dando voces, como sólo hablan aquellos que viven su momento. Tienes a Elisa sentada en las rodillas. La miras a los ojos y los sientes clavarse en lo más profundo de tu alma. ¿Qué importa todo lo que pueda suceder si tienes ese par de ojos negros dirigiéndose hacia ti, tomándose el esfuerzo de observarte y de expresar su afecto por medio de una simple mirada en medio de la algarabía y el ardor de la fiesta? Eres consciente de tu fortuna. De que de no ser por ella, estarías perdido, hundido para siempre. De modo que te aferras a su cintura y rezas por que siga confiando en ti, por que no se le agote la ilusión mientras espera a que algún día te libres de tus demonios y la ames con sinceridad.
Elisa, no puedo cambiar, pero te aseguro que desempeñaré mi función lo mejor que pueda. Seré el perfecto intérprete que te inundará de felicidad. Te enseñaré el mundo entero y me esforzaré por sorprenderme cuando descubra los secretos de la vida junto a ti.
Sientes una presión en el vientre.
Farsante. Jodido embustero.”

Vuelvo al salón y, para mi asombro, compruebo que las formas se perfilan a mi alrededor con una nitidez insólita. Veo a D.D. revolcarse por el suelo junto a Mía, que se ha quitado el vestido, mientras Iván y su Sonrisa están asomados a la ventana fumando un cigarrillo. Daniela permanece inmóvil en el sofá, con el rostro lívido y las manos reposando sobre las rodillas. Disfruto de una sensación de absoluta claridad que me maravilla y ante la que me quedo absolutamente atónito: Tengo la sensación de conocer a esas cuatro personas desde hace años, como si hubiese pasado la vida entera junto a ellas, y crece dentro de mí una cálida e infinita confianza. Ese efecto poco a poco se extiende a los objetos, a las luces y las sombras, a la música… De repente me siento con el poder de una capacidad de análisis suprema, como si una rápida mirada me bastase para adivinar el origen de los más profundos misterios que el mundo ha dispuesto a los ojos del hombre. Durante una décima de segundo, comprendo la esencia misma de las cosas y soy capaz de entender que en realidad no hay nada que temer, como si por fin me hubiese sido concedido el privilegio de ser consciente de mi insignificancia y de estar de acuerdo con ella.

“Todo está dispuesto y no soy capaz de ejercer ningún tipo de influencia a mi alrededor, por ello, voluntariamente decido relajarme, ya que todo intento de control es un acto de estupidez. Wu wei”.

Experimento un Satori patrocinado por las drogas duras de Iván y por el sentimiento de absoluta desprovisión en el que naturalmente me encuentro. La Sonrisa de Iván entra por la ventana y sigue apuntándome en silencio. Ahora lo entiendo. Iván le sonríe a la vida.
Me tumbo boca arriba en el sofá y descanso la cabeza en el regazo de Daniela, que mira al vacío con los ojos entrecerrados, y permanezco así hasta que pierdo la noción del tiempo, del espacio y de mi propia conciencia.

Me despierto tumbado en el suelo, con Daniela a mis pies, dándome la espalda. Agudizo el oído y lo único que alcanzo a escuchar es el zumbido del tocadiscos y el murmullo de la calle. Me incorporo y echo un vistazo a mi alrededor. Debe de ser más de mediodía, a juzgar por la luz que se cuela por la ventana. Abro la puerta de la única habitación del piso y veo la desnudez de Mía, que duerme junto a D.D. mientras éste fuma un cigarro y mira a la nada. Ni siquiera se inmuta cuando lo saludo. Vuelvo al salón y cuando llevo dos segundos sentado, me atacan unos retortijones infernales. Corro al váter y me fuerzo a vomitar. Sólo bilis. ¿Qué coño nos dio ayer Iván? ¿a dónde se habrá ido? Me meto en la ducha y pienso en todo lo vivido el día anterior. Pienso en qué es lo que voy a hacer a partir de ahora y no encuentro ninguna respuesta. D.D. no usa jabón.


Al salir del baño me encuentro a Iván en la puerta, vestido y con una sonrisa radiante saliéndole del rostro. Me dice que salgamos a dar un paseo y le digo que de acuerdo.

Capítulo V

D.D me convence rápidamente para para que me una a la juerga con sus colegas. Aún estoy bebido y no consigo retener el nombre de ningún otro miembro de su grupo. En total son seis personas, todos ellos parecen conocerse muy bien y hablan a un volumen increíblemente alto. Parecen ser unos bebedores formidables. Me narran todo lo que habían hecho esa noche y yo les transmito mi admiración. Bebamos más, les digo. Vamos por diferentes calles buscando algún bar abierto y les digo que yo conozco uno cercano. Llegamos al sitio y me doy cuenta de que ha cambiado de propietario. Ahora tiene un cartel retro iluminado en letras rosas y azules, con un nombre en inglés que no comprendo. Sin embargo, la disposición del bar es la misma. Me gustaba ir allí por costumbre, en realidad no había nada de especial en ese lugar, nada que pudiera diferenciarlo de otro bar cualquiera. Simplemente acudía solo o acompañado y me sentaba a beber cerveza y a comer frutos secos. Nunca conocía la música que ponían, y eso también me gustaba.

Ahora vuelvo al lugar con este grupo de personas ruidosas y empezamos a pedir rondas y a hablar de nosotros mismos. Parece que ninguno de ellos se dedica a nada en especial, todos son estudiantes y amantes de la vida, como así me dicen, todos salvo Iván, un tipo con el pelo rubio que trabaja en una fábrica de componentes informáticos. Hablan todos a la vez y se me hace muy difícil seguir cualquier conversación, pero empatizo rápidamente con D.D. y con un par de chicas que parecen interesarse en conversar. Una de ellas, Mia, tiene un pelo castaño hirsuto y radiante que encuadra un rostro ovalado, de aspecto infantil. Miro sus ojos verdes y almendrados y se me despierta una sensación extraña. Antes de irme, no le prestaba especial atención a mi apetito sexual. Con Elisa follábamos del mismo modo en el que dos personas se saludan cuando se encuentran por la calle. Me gustaba follar con ella, pero no encontraba nada de especial, nada ardiente en el acto en sí. La sentía oscilar sobre mí y la recorría una y otra vez mientras la olía y la probaba. Una vez, mientras lo hacíamos me dijo que parecía un científico que la estaba estudiando. En efecto, sentía un interés geográfico por su cuerpo: Las rías de su cabello, las cuencas de sus grandes ojos cerrados, el volcán en perpetua erupción que era su boca, sus dientes como perfectos minerales que daban la bienvenida a una cálida gruta, cuyos misterios siempre resultaban preciosos. Exploraba sin pudor los desfiladeros de sus costillas frías, la meseta de la que surgían sus pechos como dos Montes Palatinos, la inmensa llanura ribeteada y fecunda sobre la que descansaban sus manos muertas. Me fascinaban los enigmas de las corvas de sus piernas y la dura línea de su espalda, sobre la que pasé tantas noches de delirio y cansancio.
En este caso, ante Mía se me muestra una visión radicalmente distinta, un impulso voraz. Algo que me empuja a acercarme a ella, a acariciarla y a pedirle que sea mía para el resto de la eternidad. Haría lo que fuese por un instante de sinceridad con esos ojos mirándome, daría las ruinas de un imperio por rodear con mis brazos ese cuerpo menudo, por apretar con mis manos las diminutas caderas que lo adornan y aspirar la esencia que emana de un cuello cuya delicadeza no conoce equivalente en el género humano. Cuando asiente, lo hace con un dulce gesto natural que evoca el baile acompasado de los campos de centeno que se doblan bajo el soplo de la brisa nocturna. Y es que no veo en ella sino naturaleza. Naturaleza y sinceridad manando a través de unos ojos felinos, pero a la vez irresistiblemente inocentes.

La otra chica se llama Daniela y tiene un aspecto peculiar. A pesar de estar extremadamente delgada, luce unas piernas esbeltas y fibrosas. Resulta ser la más extrovertida del grupo, y no para de hablar de sus amigos artistas y de literatura clásica y contemporánea. Me habla de sus estudios en literatura rusa y de que ya no hay nadie que sepa escribir, porque todo el mundo está ensimismado y distraído, que ya nadie se atreve a sacrificarse por su obra.

—Leonardo, te llamas Leonardo, ¿no?.

Asiento.

—Pues eso es lo que pienso, Leonardo. Ya no hay grandes artistas. El arte se ha pervertido como la sociedad misma. Puede que haya gente que realmente escriba con corazón, pero no tienen nada sobre lo que escribir. Todo ha sido corrido y recorrido una y otra vez. ¿No te parece? El escritor debe sufrir lo que escribe, y en la actualidad vivimos en la era de la anestesia. Se nos ofrecen mil distracciones como caramelos envueltos a los que no podemos negarnos. El artista ya no está dispuesto a sufrir, se ha acomodado a las circunstancias. Hemos sido castrados intelectualmente a favor del sistema, y no podemos volver a ocuparnos del acto eminentemente puro que es el arte sin previamente rebelarnos contra este estado de sumisión colectiva.

—Siento interrumpirte, preciosa —responde D.D.—, pero no entiendo qué puede pasar por tu preciosa cabecita de estudiante de literatura para que digas semejantes estupideces. Es esta una de las épocas más convulsas, más cambiantes que ha vivido la humanidad. Los cambios se han sucedido de manera vertiginosa y creo que hay más razones que nunca para despertar el arte de debajo de las losas. Por ejemplo, precisamente esa castración de la que hablas podría ser un motivo por el cual poner el grito en el cielo, ¿no te parece? El arte es siempre una voluntad de cambiar, una forma de protesta sutil y maravillosa. Todos los grandes cambios en la dinámica colectiva de la civilización han tenido su reflejo y preludio en él. Los pioneros del cambio siempre son los artistas, y mientras que el mundo gire, serán ellos los eternos mártires, los que están destinados a sufrir los insultos y muestras de desprecio de la masa. ¿Por qué no habrían de sufrir ahora, cuando las razones son tan evidentes? —D.D. se levanta del asiento y alza los brazos de manera ridícula—.Víctimas de la alienación y la aniquilación del individualismo, los artistas se arrastran por la tierra como almas en pena, secretamente conscientes de que poseen el poder de ver donde no todo el mundo ve, de que tienen la capacidad de moverse en los entresijos de una realidad plana e insignificante para los demás, brutal y terrible para ellos mismos. Ellos son los visionarios, por eso están condenados a la virtud y al eterno sufrimiento. Los envidio y compadezco a partes iguales, pero doy gracias por haber tomado la decisión de evitar esa ocupación, esta causa tan digna como temible que es el acto de escribir.


Mía se une apasionadamente a la discusión en favor de D.D. y el resto de los integrantes del grupo permanecemos escuchando. Iván se ríe estridentemente cuando cada uno termina de hacer su intervención, y habla en voz baja con los otros dos hombres, que se limitan a sonreír puntualmente y a lanzarme miradas furtivas. Al cabo de un rato decidimos salir del bar porque hace un calor insoportable. En la puerta, nos despedimos de los dos hombres silenciosos, con los que no cruzo ni una palabra, y decidimos inmediatamente ir al piso de D.D. a charlar y a beber las últimas copas. Deben ser las tres de la madrugada.

Capítulo IV

Salgo del restaurante y decido pasear un rato por los callejones mojados. Cuando la tristeza que me embarga se me hace insoportable, me meto en un bar en el que la gente habla acaloradamente sobre fútbol y bebe en jarras húmedas y heladas. Comienzo pidiendo cerveza. Al cabo de una hora en silencio empiezo a emborracharme y entonces paso al vodka. Me bastan un par de tragos para que se me abran el cielo y la conciencia: Tranquilidad balsámica. Recuerdo los alegatos al arte de emborracharse que hicieron los poetas franceses en el siglo XVIII. Enivrez-vous sans cesse! ¡Qué maravilla! Me siento repentinamente a salvo dentro de ese ambiente y me temo que no puedo permanecer en silencio mucho rato más viendo los enrojecidos rostros que me rodean. El camarero me invita a un trago porque dice que soy muy joven y sabe que he pasado por un día duro. Asiento y se lo agradezco profusamente. Le hablo de que en realidad soy un artista y que no hace falta que sienta lástima por mi, ya que en poco tiempo iba a tener una vida radicalmente diferente y me alejaría de sitios como ese, pero que me gustaba mucho beber junto a todos esos desconocidos y padres de familia porque sentía que podía relajarme de verdad en esta comunidad de personas. Después de esto, el camarero se aleja y me sonríe desde el extremo opuesto de la barra mientras habla con un hombre peludo y de aspecto grasiento. Comienzo a sentirme eufórico y no dudo en así gritárselo a todos los que me rodean, me subo de rodillas a un taburete de la barra y pido un brindis por la clase trabajadora y por el bon esprit que reina en el bar. Tras un instante de silencio absoluto, todo el mundo comienza a reírse y la mayoría comienzan a brindar, escucho todo tipo de voces a mi alrededor. Voces sinceras y auténticas. Tras un instante algunos de los presentes empiezan a pedir rondas de tragos y a invitarse unos a otros. Me invitan a dos tragos seguidos y escucho la convocatoria a otro brindis. Entonces comenzamos todos a brindar varias veces seguidas. ¡Plin! ¡Plan! ¡Crash! Algunas copas se rompen y las risas y vítores son aún mayores. Los hombres se abrazan y uno de ellos se me acerca y comienza a hablarme de un hijo suyo que probablemente tendría mi edad. Lo miro y noto que comienza a llorar mientras habla conmigo. Creo escuchar que su hijo es un gran estudiante de ingeniería y que una gran empresa centroeuropea piensa incorporarlo a su plantilla en cuanto termine  los estudios. Le comento que me alegro mucho por él aunque en realidad no me importa lo más mínimo. Ahora no quiero que me hables de tu hijo, si no es para ensalzarlo hasta lo más alto de la estratosfera. No me hables de sus capacidades, si no de su carácter humano. Háblame de un hijo que te quiera y que te recuerde todos los días lo imprescindible que eres para él y que te dé las gracias por haberlo traído a este mundo a medio destruir. El hombre me mira con los ojos vidriosos y emite un sonido extraño que no llego a comprender. Las paredes de madera del bar se contagian de entusiasmo y rezuman agua, sudando como las jarras de cerveza que el camarero dispone frenéticamente. Entro en una especie de trance en el que se me suceden las conversaciones rápidas, conversaciones que probablemente nunca tuviesen lugar. Imágenes de rostros, de estados de ánimo, historias y discursos. Todo eso se amontona en un lapso de tiempo ridículamente pequeño. No caben tantas cosas en este segundo. Debe de ser un error de mi conciencia, un fallo en mi percepción natural del mundo y las cosas. Debe ser cosa de la bebida. Me emociono y sigo arengando a esos hombres, pero  el camarero me pide que me siente y que me tranquilice un poco, que ya está bien. Yo le digo que es imposible que me tranquilice porque los dioses están ejerciendo su influencia en ese mismo momento y que él no es capaz de juzgar ni detener un acto de esas características. Intento hablarle de eso que estaba pensando antes, del poder enajenador de la bebida y de lo desgraciado de la sobriedad, pero el camarero tiene aspecto de estar hartándose de mi, así que decido sentarme y comportarme cívicamente. Paso así otra larga hora divirtiéndome y charlando con unos y otros hasta que mi avanzado estado de embriaguez remite lo suficiente como para poder ponerme de pie y encadenar un paso tras otro. Me meto en el cuarto de baño y paso allí un rato pensando en algo que hacer. No puedo volver a casa en ese estado y no se me ocurre nada en lo que ocupar el tiempo. Pienso en algunos antiguos amigos, pero no recuerdo el teléfono de ninguno y no los tengo anotados por ninguna parte. Decido despedirme de todo el mundo menos del camarero y salgo del bar dando tumbos.


Frío. Siempre me pareció reconfortante la sensación de frío repentino, sensación multiplicada sin duda por las emociones que me golpean y mecen a un ritmo feroz. Los nómadas de la región del Tíbet, esos héroes anónimos que le ganan el pulso a la muerte cada noche, son capaces de trabajar a pecho descubierto cuando la temperatura ambiental no llega a los 0 grados. Los ves sudar y humear bajo un sol que se niega a calentarlos. Cuando terminan de partir leña, se sientan resoplando con expresión despreocupada, y beben leche de yak agria riendo y gritándose los unos a los otros.  Los mejores fuegos arden en la nieve. No tengo abrigo, así que decido caminar a buen paso para entrar en calor. Puedo oler mi propio hedor corporal y siento las gotas de sudor correrme por las sienes y por las axilas, alzo la vista y me sumerjo en la noche y en la blancura de unos edificios demasiado iluminados por las farolas. Grupos de jóvenes corretean en pequeños grupos y rompen el silencio de las calles gritando con voz nerviosa. Se me acerca uno y me pide un mechero, pero le explico que no tengo porque se me había olvidado en el bar. El tipo me sonríe y me dice que se llama D.D.
—Un placer D.D. Yo soy Leonardo.


Capítulo III

Después de asearme cuidadosamente, cojo otro autobús de vuelta al centro de la ciudad y llego veinte minutos antes a la puerta del restaurante en el que habíamos acordado vernos. Las venas me bombean frenéticamente sangre envenenada al cerebro, sudo abundantemente y me dan espasmos musculares, así que decido acercarme a comprar un paquete de cigarrillos para conservar la calma.


“Dios, cómo la he echado de menos, cómo la sigo echando de menos. No me lo voy a creer cuando vea su cara. De hecho ahora mismo ni siquiera puedo acordarme de sus rasgos con claridad. Elisa. Elisa. Elisa. Cuántas noches presente en mis peores pesadillas y en mis mejores sueños. Cuántas sábanas rotas por tu maldita culpa, Elisa. Ten al menos la decencia de venir a tiempo y mirarme de frente. Apuesto a que aún no eres capaz de mirarme de frente durante más de tres segundos. No. Agacharías la mirada rápidamente y te atrincherarías en tu perfecta sarta de gestos y ademanes. Pero te conozco, me conozco cada pliegue de tu cuerpo, por supuesto. A mí no puedes embaucarme. Hola.”


—¿Leonardo? Hola, dos besos, sí, muac, ¿qué?, muac, ¿tal estás? Pareces un esqueleto, ¿no estarás enfermo? Cuánto tiempo sin verte… Te veo cambiado.

“Joder, no es así como te esperaba Elisa, evitemos ese absurdo registro de cortesía por favor, no podemos perder ni un segundo en tonterías dialécticas. No te hace falta más que mirarme para saber todo sobre mí.

—Estoy bien, por increíble que parezca, no estoy enfermo, o no debería estarlo. ¿Y tú?
Ahora la observo mover sus labios perfectamente pintados, pero no soy capaz de escuchar una sola palabra de lo que me dice. Cuando pasan dos segundos de su último movimiento comprendo que ya ha terminado su parte del discurso.

—Entremos —le digo—. Me muero de hambre.

—Yo también.

Nos sentamos en una mesa interior, pedimos vino tinto y nos miramos sin hablar durante unos segundos, uno a cada lado de la mesa. Me fijo en las arrugas de su ceño, inusitadamente marcadas. Su rostro ha sufrido ligeros cambios en estos tres años, aunque sigue manteniendo su imagen perfecta y cuidada. Se sigue comportando con irresistible elegancia, pienso. La forma en la que levanta el mentón y la manera en la que tuerce la cabeza al hablar denotan una educación exquisita, casi fuera de lugar, como si fuese propia de otros tiempos ya pasados. El tono de su voz, aunque algo tenso, sigue siendo esa fuente de suavidad que me refrescaba y me hacía conciliar el sueño en las noches calurosas. Su aliento. Puedo oler su aliento al otro lado de la mesa y no puedo evitar entrecerrar los ojos. Son tantos los recuerdos, tantos los días, tanta la debilidad… Te estoy esperando.

—Leonardo, no tienes buen aspecto.

“Por fin, gracias por volver a tu papel original. Me río, si me lo permites.”

—Ya lo sé. No sé cuidarme bien. Tú sin embargo estás deslumbrante como el sol. He estado pensando mucho en ti, Elisa. En realidad la única razón por la que he vuelto eres tú.

—Por favor, Leonardo, no empieces. ¿Cómo están tus padres?

—Mis padres siguen vivos, he estado esta mañana con ellos y están como siempre. Tal y como los dejé. Nada ha cambiado.

— ¿Tienes pensado quedarte?

—No lo sé. Simplemente he venido porque conseguí contactar contigo. Pero eso ya lo sabes. ¿Qué hay de ti? ¿por qué no me hablas un poco de cómo te van las cosas?

— ¿Para qué? ¿Para ver la cara de mono que pones cuando te cuento algo? No hay que ser muy avispado para saber cuándo no estás prestando atención. Dios, te cambia la cara por completo. Lo que no entiendo es por qué me has invitado a comer si no tenemos nada de lo que hablar. Habría bastado una llamada o una visita.

—Tenemos un mundo de cosas de las que hablar, Elisa. Si hubieses estado conmigo…

—¿Dónde has estado?

—¿Y eso qué importa? No he estado en ningún sitio más de diez segundos. He estado en todos los lugares del mundo y nunca he dejado de pensar en ti, Elisa. ¿Ya no te acuerdas de mí? Soy Leonardo, tu Leonardo. ¿Por qué me miras como si no me conocieras? Me conoces mejor que nadie. Lo sabemos todo el uno del otro y es absurdo que intentemos negarlo. Estamos destinados a estar juntos. He renunciado a la paz, he huido del hombre cobarde que un día fui y he conseguido reunir el valor para presentarme frente a tus ojos. Renuncié a todo y lo único que he sentido como indispensable es tu cuerpo a mi lado, Elisa. No puedo perderte, este tiempo ha sido una mera demostración de nuestra incapacidad para estar  lejos el uno del otro. ¿Te has sentido como yo? Deberíamos pensar en irnos juntos a algún sitio… Este lugar está muerto, vacío, no hay nada que nos satisfaga en…

—Por dios, Leonardo. ¡Cállate! Cállate y escúchame un momento. Por favor. Si he aceptado el verte no es para que me vomites tu cantinela sin sentido. Quiero que sepas que si he venido hoy aquí es para decirte algo. Tu opinión no me importa lo mas mínimo, así que limítate a escucharme, aunque sea la única vez que me hayas escuchado en toda tu vida.

Se me queda mirando con una expresión neutra y no soy capaz de seguir hablándole. Su mirada me ha secado la garganta. Sus ojos se humedecen de piedad y furia en una mirada que he visto con anterioridad. Sí, en efecto. Una mirada que sinónimo de La Catástrofe.
“Sentados uno frente al otro, sello los labios y me limito a escucharte.”

—Solo me basta mirarte a los ojos, ver tu aspecto, tu postura al caminar… sólo un vistazo me basta para darme cuenta de que no has cambiado un ápice. Leonardo, el que siempre es consciente de que ése es su nombre, el que apenas finge interés para requerirte sin reparos. Volverías loca a cualquiera que intentase darte una mínima oportunidad. Eres un agujero negro de ciego egoísmo y eres incapaz de mirar más que por ti mismo. Te crees brillante y visionario; pero no eres capaz de tener en cuenta lo que pasa más allá de tus mismas narices. Siempre tan febril, tan impulsivo, con el corazón a flor de piel… A mi no me engañas, yo sé que a tus periodos de entrega incondicional le suceden silencios que duran el tiempo que tú y solo tú estimes necesario. Tienes la actitud de un lunático, cualquiera diría que tienes algo de especial, que tu corazón no está cincelado del mismo modo que el del resto de los hombres. Pero tú no eres un genio porque nunca has hecho nada que valga la pena, careces de la voluntad y del arrojo necesarios para materializar cualquier cosa que alguna vez te hayas propuesto. Te interesas adrede por estupideces, te obsesionas con cosas ínfimas y eres ajeno a cualquier demostración de afecto exterior. Por supuesto, sabes elegir las palabras con cuidado, pero no demuestras nada. Sólo te gusta que te vayan a la zaga, que se coman tu mierda mientras señalas el destino dando tumbos sin control, pero nunca reconocerás que no sabes a dónde vas; nunca reconocerás nada en absoluto.
Eres invulnerable a cualquier crítica, ya que sólo te interesa tu propia opinión; pero no paras de hacer juicios de valores intentando demostrar que es tu verdad la correcta a ojos de Dios; que eres tú, y no el resto, el poseedor del don y la virtud.
Me acuerdo cuando nos vimos por primera vez. Tenías los ojos claros y despejados. Gozabas de salud, Leonardo. Eras feliz y me amabas sinceramente. Lo veía en tu mirada, en tus caricias, en tus palabras sencillas y francas. Luego llegaron tus obsesiones y tu retórica incomprensible. Como una maldición llegaron todas esas cosas que te hicieron ser infeliz y yo intenté lo imposible para cambiarte, para que tu situación no se convirtiese en algo insostenible. Te cubrí de todo el amor que pude reunir, pero no respondías, te me habías ido y no era capaz de aceptarlo. Cuando te recuerdo caminar borracho entre los sofás del salón, tenía la visión de que eras un ser divino, un castigo que el cielo me envió por motivos misteriosos. Esa expresión cínica, esa máscara a través de la cual susurrabas tus adulaciones me perseguían en mis pesadillas. Tus ojos vacíos, siempre en otra parte, tu mirada asustada cuya sombra aniquilaba todo rastro de ilusión y esperanza. Antes era capaz de tolerar tus delirios porque sabía que de no ser por mí estarías completamente solo y te convertirías en un monstruo orgulloso y romántico. Pero decidí hacerlo, Leonardo, comprendí que era incapaz de sostener una situación imposible a base de paciencia e ilusiones. Recuerdo tus súplicas, tus últimos intentos por mantenerme a tu lado y también recuerdo la fortaleza que me atreví a sacar aún no sé de dónde. Te condené a estar solo y no me arrepiento de ello. Sabía que no habría nadie más que se sacrificase por ti, pero me repetía que no podía ser yo la mártir, que tenía el derecho a ser feliz lejos de ti. No compartimos la misma naturaleza y no pude seguirte por esos caminos, Leonardo. Y al no poder convencerte, me convencí a mí misma. No me merecías, no me merecías y no me mereces. Ahora yo no puedo hacer nada salvo invitarte a no vernos nunca más. Adiós.


Elisa se levanta ceremoniosamente. No la reconozco bajo su máscara de seriedad. Su cara parece estar esculpida en cera fría. La observo mientras sale del bar y arranca el coche al otro lado de la cristalera. Elisa ahora es un glaciar que camina y que se despide de mí para siempre, un glaciar andante cuyas palabras me congelan cada una de las partes que me componen. Me pregunto si algún día se dará cuenta de lo que acaba de decir. Pero ese pensamiento se esfuma y me concentro en la fría ingravidez que me entumece los brazos, los pulmones, los dientes y el cerebro. Me duermo, me alejo, me alejo… Cierro los ojos y sigo la trayectoria de mi cuerpo, lo veo descender en medio de un océano gélido y oscuro. Los finos rayos de sol que aún se filtran aclaran mi visión y percibo las formas con mayor nitidez. Pronto se acercan los monstruosos peces abisales de las profundidades del mundo y me observan con sus ojos enormes. Les pregunto el porqué de su existencia, pero no me responden. Permanecen quietos y en silencio mientras mantienen sus ojos fijos en mi cuerpo. Me acerco al fondo, el agua se torna cada vez más fría y los peces dejan de seguirme.


“Desciende un poco más, un poco más... Despierta.”


Se me acerca el camarero, y percibo su sombra proyectada sobre la mesa de madera. Vaya una zorra, me dice. Nunca he visto una arpía como esa. Le sonrío y le pido la cuenta. De repente salgo de mi ensimismamiento y me siento tranquilo e infinitamente triste, como un niño que malgasta en el polvo su último día de vacaciones. Casi puedo sentir el calor de la brisa en la nuca y el sabor salado de la suciedad en el borde del vaso vacío que tengo delante. Percibo la inminencia de algo desconocido, de algo bestial. Tengo la sensación de que sigo soñando, de que estoy en medio de un delirio onírico indeterminado, pero esta es la realidad. Sopeso mis opciones y recuerdo los canales pestilentes de Ámsterdam, las putas en los escaparates recién limpiados y sus rostros abiertos y misericordiosos. Necesito misericordia, ¿es que no hay nadie capaz de acercarse a mi y decirme que no hay de qué preocuparse? pero, ¿qué me atormenta? ¿qué podría preocuparme ahora mismo, cuando soy capaz de ir de un lado a otro creando de cualquier situación un prodigio, cuando he llegado un límite en el que no queda lugar para la alegría o la tristeza? Estoy seguro de haber alcanzado una especie de Nirvana. La liberación por medio del fracaso. Venta en librerías, entrevistas en canales de televisión y en programas culturales online. La quiero, la querré siempre. Amo a Elisa con todos y cada uno de los átomos que me dan forma, la amo furiosamente, con un ardor que me lleva consumiendo mucho tiempo. La amo como un enfermo terminal ama a la máquina que lo une a la vida. La quiero como el montañero quiere a su sendero, como el soldado quiere a su enemigo, como el pescador ama las mañanas en el horizonte del mar. Pero ella nunca entenderá la forma en la que la siento ni la manera en la que la aprecio, porque mi amor a Elisa está en algún límite que no soy capaz de racionalizar.


“Entiendo entonces que quizás esté en lo cierto, que puede que nunca más nos volvamos a ver. La mesa de madera se oscurece y los cubiertos siguen intactos.”

Capítulo II

En cuanto llamo a la puerta me dan ganas de darme la vuelta y echar a correr por los charcos de la calle. Como en una ensoñación, cruzo el umbral y veo la imagen de mi padre, que está sentado en su sillón con la misma postura, el mismo gesto de siempre. Mira la televisión con los puños cerrados mientras le grita cosas a mi madre sin mirarla. Ella le da la razón y vuelve la vista hacia donde yo estoy.

— ¿Ya has llegado? No te esperaba aquí hasta el viernes, como me dijiste por teléfono.
“En efecto, he llegado. Es por eso que puedes verme, queridísima madre, causa y origen del equilibrio de esta casa, bondad encarnada que envejece y se quiebra bajo nuestro peso.”

— ¿Qué hay para comer? Tengo una jaula de hienas en las tripas.

—Hay macarrones, voy a calentártelos. ¿Cómo estás? Podrías llamar más a menudo. Nosotros estamos bien, como siempre. A tu padre finalmente no lo han despedido, así que no vamos tan mal. Mientras haya salud no nos podemos quejar ¿No? Por cierto, el otro día me encontré a un amigo tuyo, ese que estudia idiomas, y me dijo que se iba a ir a Alemania. Ese muchacho se mueve mucho y seguro que pronto tiene un buen trabajo, porque ahora, como están las cosas, uno tiene que estudiar todo lo que pueda para no verse en la ruina. ¿Has estado trabajando? No tienes buen aspecto, te hace falta comer mejor, Leonardo. ¿Dónde estás viviendo ahora? Ni siquiera sabemos dónde vives, ¿no te da vergüenza, hijo? Bueno, vamos al salón, que tu padre tenía muchas ganas de verte.

—Joder, vaya delicia de macarrones. Estos son los mejores macarrones que una persona ha podido hacer en toda la historia de la cocina europea. Estos son los macarrones que debió comer Dios cuando creó Italia y el Mar Mediterráneo, muchas gracias por esta delicia, mamá.

—Es que aquí no tendremos nunca ni un duro, pero comemos como reyes.

Claro que sí, padre. Pero tú no has tenido el privilegio de disfrutar de esos macarrones porque te has pasado la hora entera mirando la tele y haciendo aspavientos. Esa gente te habla de fábulas y tragedias, te cuentan chistes y luego siguen hablando un poco más, pero no te dicen la verdad, papá. Tú no vas a desaparecer y a volverte miserable porque esos demonios digan que así vaya a suceder. Cuando estés en tu lecho de muerte no te vas a acordar del pelo rubio de esa reportera joven y atractiva que abre tanto la boca. Tampoco te vas a acordar del porcentaje de paro en España del año dos mil trece y ni siquiera del nombre del presidente del gobierno que condenó tu país a la esclavitud por los siglos de los siglos. Sin embargo, te vendrán a la mente esos pequeñísimos ojos negros que te compadecen desde el sofá y que se humedecen sin que nadie lo sospeche. Te acordarás irremediablemente del rostro mullido y suave que una vez ahogó sus ambiciones y aniquiló su perspectiva, saltando al vacío y eligiéndote a ti de entre todos los hombres del mundo, papá. De ese vientre fecundo cuya benevolencia trasciende el límite cabal y humano, y sobre todo de esas manos siempre delicadas, incapaces de aceptar otra idea que la de cuidar a otros, incapaz de dejar de ser la piedra angular de mil y un milagros sobre los que se eleva no solo tu propia alma, sino la de las decenas, miles o millones de seres débiles que se dejaron sanar en algún momento por su influencia. Crees que es extraño que exista alguien así, y por eso apenas puedes dar crédito a la suerte que tienes, a la suerte que has tenido. Eres uno de los seres más afortunados que conozco, y sin embargo, cuando te miro…”

Los escucho hablar sobre naderías domésticas y sonrío con sus pullas recíprocas y sus insinuaciones mutuas. Han construido un juego en el que fundamentan su convivencia, asisto a la interpretación de una obra conjunta ideada para combatir el hastío y garantizar la supervivencia del bien mayor, llamémoslo matrimonio. Evitamos el trato directo a toda costa y eso siempre es de agradecer. Me reconforta la manera en la que mi padre me rehúye hablando a voces de cualquier cosa sin importancia y buscando la aprobación de mi madre. No nos conocemos. Somos completos desconocidos y nos une uno de los vínculos más fuertes que pueden unir a los seres humanos. Siento una tristeza momentánea e intensísima, se me humedecen los ojos y mi madre parece percibirlo al instante. Se levanta y me sonríe con una expresión compasiva y familiar. Es entonces cuando aplasto los cojines con la espalda y me estremezco al notar su textura, que me transporta a algún momento indeterminado del pasado.

“No. Esta casa nunca va a cambiar.”

Entro en mi antigua habitación y el olor casi me hace echarme a llorar. Se me agolpan los recuerdos y me agacho para palpar las vetas de la madera del suelo, las mismas formas intactas que veía moverse y navegar de un lado a otro cuando estaba tumbado en la cama, mientras soportaba mis primeras resacas de muerte y resurrección. Pongo un disco y echo las persianas. Entonces, al sumirme en la penumbra rojiza me embarga una terrible nostalgia y me siento avasallado, absolutamente desprovisto de esperanza. Me paseo por la oscuridad en la que dormí durante veinte años de mi vida. Aquí en medio he pasado cientos de miles de horas, en la oscuridad que termina por enmohecer las esquinas sonrientes y sobre el polvo que se acumula como si existiese un fin en ello. Aquí velé mis primeras incertidumbres, acaricié pechos suaves y me sumí en la largura de las noches en las que me esforzaba por no pensar absolutamente en nada. De nuevo esa sensación: ¿Tanto tiempo entre estas paredes y tan poco que recordar? ¿Dónde están enterrados todos los recuerdos que me envuelven en los momentos de duermevela? Arrastro la cabeza entre los muebles y los maldigo, invoco al niño que una vez fui entre las motas que no paran de hacer muecas y reírse. No os riais, motas de mierda, yo formo parte de vuestro paisaje, soy un ser de polvo como vosotras que se alimenta y excreta, que engaña al mundo y finge así ser de otras sustancias. Pero de polvo nací y en polvo me convertiré, así que compadecedme y aceptadme en vuestro reino de silencio, no os pido más que eso, vuestra aceptación y vuestro silencio. Demasiadas opiniones para mi gusto ahí fuera, he visto y oído suficiente, no tengo ya nada de lo que aprender. De repente tengo ganas de quedarme aquí para siempre. Dejadme dormir en este cuarto durante veinte, cuarenta años más, hasta que se me seque el cerebro y me convierta en un viejo bondadoso y comprensivo.


Entonces mi padre entra en la habitación como un energúmeno y me dice que salga a dar un paseo porque uno no puede pasarse toda la tarde tumbado en el suelo y hablando solo, o que si acaso se me ha ido la cabeza. 

Capítulo I

Las gotas corren por los cristales del autobús y se comen unas a otras. Las gotas gordas se precipitan desde arriba sin ningún tipo de compasión y arrastran a las más pequeñas, bajando cada vez más deprisa hasta destriparse contra el borde de goma del ventanal y convertirse de nuevo en gotas pequeñas.

Delante de mí, dos hombres hablan en voz baja, como si estuviesen contando secretos de estado que no deben ser escuchados por el resto de civiles. Un viejo medio destartalado los observa desde el asiento contiguo con los ojos caídos y tristes. Mientras el autobús avanza a través de una débil niebla, la mañana por fin se abre en nubes arreboladas y el sol invade los campos mustios y húmedos. Entonces leo como un fogonazo un cartel al borde de la carretera. Sonríele a la vida. Aparto la mirada del cristal buscando entre  los pasajeros alguna sonrisa. Ninguna delante. Ninguna detrás. ¿Es que esa gente no ha leído el cartel? ¿Por qué no le sonríen a la vida? Deberíamos estar aquí sonriendo hasta tener agujetas y hasta que se nos desencajaran las mandíbulas, pero los rostros de estas personas son como bolsas vacías que flotan en la superficie del mar. Entonces me esfuerzo por recordar a Elisa y sonrío, le sonrío a la vida. Esta noche me veré con ella y siento una tenue calidez en el vientre por el simple hecho de evocarla. No puedo creer que haya aceptado verme. Ojalá vuelva y me diga que me necesita, que no ha podido encontrar a nadie como yo. Ojalá me cubra de lisonjas y me dé de comer ella misma mientras me acaricia en un asiento de oro con cojines de plumas de pato blancas. Estoy impaciente por llegar. Nunca me había hecho ilusión la idea de volver. Me daba dolor de cabeza pensar en ello e intentaba mantenerlo en el horizonte, como una falsa promesa que sabía que en realidad no iba a cumplir. Sin embargo aquí estoy subido en el autobús con una pequeña maleta a mi lado y sin absolutamente nada sobre lo que preocuparme. Mientras el autobús va haciendo las primeras paradas, me dedico a divertirme observando las caras ajenas, buscando algún rostro familiar. Antes solía hacer este mismo trayecto cada uno de los días de la semana y sin embargo no recuerdo grandes cosas de aquella época. Se me escapaban demasiados detalles, pienso. Era un crío neurótico y acomplejado, demasiado ocupado consigo mismo como para mirar a alguien a los ojos. Tampoco ha pasado tanto tiempo ¿O sí? No han pasado más de unos años, pero siento como si un foso milenario se hubiese abierto entre el pasado y el ahora. Un precipicio majestuoso que no puede salvarse de ningún modo sin desollarse las manos con la tierra y las raíces de sus paredes. Recuerdo nebulosamente, pero consigo rescatar momentos con cruda vivacidad. Ahora puedo evocar las largas tardes de verano en las pistas de colores, el brillar de nuestros rostros desencajados tras dos horas jugando al fútbol a cuarenta grados de temperatura. Veo una proyección de mi persona tumbada en el suelo y viendo pasar las nubes blancas del atardecer estival. Todo era diferente,  mi cuerpo era diferente, la sombra que proyectaba también lo era. ¿En qué momento tuvo lugar la metamorfosis? Mi nombre es Leonardo. Tengo 23 años y 6 meses de vida. Nací en el sur de España y mi signo del zodíaco es Sagitario. Sigo conservando en la memoria esos signos vitales que me identifican y diferencian ante el resto. Conservo la imagen que proyecto en las personas que alguna vez me rodearon, y sé interpretarlas a la perfección

 “Ahora mi cuerpo vuelve sentado en un asiento de plástico, pero yo no vuelvo. No. Vuelve una versión distorsionada de Leonardo. Interpreto a Leonardo en la noche del estreno mundial y espero el beneplácito del público. Mientras los espectadores toman asiento, nos preparamos y entramos en escena. Se hace el silencio, sube el telón en la oscuridad y se escuchan los primeros murmullos de excitación. Entonces se encienden los focos que pegan un calor de mil demonios y nuestras pupilas desaparecen. Todos los actores permanecemos serios y en silencio. Tras unos pocos segundos de transición, comienza el acto. Ganaré el premio del jurado.”

La calle se me antoja luminosa y agradable. Como aún tengo tiempo, paseo sin prisa y me revuelco en el placer de andar sin rumbo fijo, solo pensando en algunos poemas y observando a los pájaros que se precipitan sobre el río formando estelas en su caudal. Debe de ser algo así como su pasatiempo, pienso. Me siento en un banco. El ambiente es húmedo y los perros tienen el pelo apelmazado contra el lomo, o al menos eso es lo que me dice una mujer viejísima, que da de comer a las palomas mientras me mira los zapatos fijamente. Decido moverme a su lado y saco una lata de cerveza de la maleta. La observo y enseguida deduzco que me está a punto de pronunciar un discurso de esos que sueltan las personas solitarias. El pelo blanco le cae sobre unos hombros frágiles y angulosos. Tiene el rostro consumido, pero pienso que es una mujer preciosa. Sus cuencas hundidas albergan unos ojos azules hermosos y húmedos, velados por los recuerdos y el tiempo. Percibo en su mirada una profunda angustia, un miedo que de algún modo se torna en serenidad cuando observo su figura calma y levemente temblorosa. Es curiosa la perfecta armonía de sensaciones que se lee en su rostro, la igualada batalla que libran en ese cuerpecito renqueante tan devastadores sentimientos. Le sonrío y guardamos silencio durante unos instantes. Me arrellano en el asiento. Preparados, listos.

—Tú eres joven y por ahora no te duele el cuerpo cuando el día se nubla, ¿verdad? pero espera, que ya te dolerá hasta el alma. Ya vendrán los rezos y los domingos en misa, joven. Yo siento cada noche de invierno un pánico que me hincha las venas de las manos y me tengo que levantar para mirar por la ventana, porque si no una no sabe si está viva o muerta. Mis nietos me escuchan y me dicen que parezco una loca cuando hablo sola y que probablemente ya esté comenzando a tener etapas de demencia. Pero les sigo la corriente porque ellos también llegarán a mi edad, y entonces me entenderán y le darán la razón a mi lápida. 
Los jóvenes habéis perdido el respeto por vuestros mayores. Pero yo no quiero que a mí me tengan lástima. No pido que me traten como a una mongólica, sino que se me tenga respeto. No sabes lo difícil que es llegar a esta edad, joven. Todavía no lo entiendes, pero llegará el tiempo en el que te cueste subir unas escaleras, y entonces dirás: ¿Qué he hecho yo en la vida, ahora que ya no puedo ni subir unas escaleras? ¿qué he hecho cuando he sido joven? ¿cuántas escaleras habré subido sin ni siquiera darme cuenta? Y entonces te pasas el día intentando recordar lo que has hecho cuando has sido joven, y se te agarrotan las piernas y las sienes de tanto intentar recordar. Porque la memoria es lo único que queda, y cuando empieza a fallar, te descompones. Pero los días en los que estoy mejor, me acuerdo muy bien de esos días de luz, cuando nos sentábamos alrededor de la alfombra a escuchar los cuentos de mi abuelo.
Cada sábado nos sentaba a uno de sus nietos en las rodillas mientras el resto de nosotros los mirábamos desde abajo. Tenía una voz tan profunda que me daban ganas de llorar cuando empezaba a hablar, pero me tranquilizaba rápidamente cuando veía su barba blanca moverse, cuando acariciaba su bata de terciopelo verde y sentía en el rostro el olor cálido y sabio de su aliento. Estábamos tan seguros de que lo que nos contaba era cierto… Me pasaba días enteros pensando en cada cuento y ansiando que llegase el fin de semana. Siempre se nos hacían cortos sus relatos, y como solo nos contaba uno a la semana, muchas veces le pedíamos que los alargara, o que nos contase más. Pero en cuanto terminaba, se levantaba muy serio y nos decía que teníamos que aprender a ser pacientes. Luego se iba de la habitación y no volvíamos a verlo hasta el sábado de la semana siguiente. Mi abuelo había sobrevivido a la Guerra, pero se murió de una gripe un viernes por la noche. Ese sábado los nietos no fuimos a su casa, y ya nunca más volvimos.
En nuestra época disfrutábamos lo que vivíamos. Nos imaginábamos las continuaciones de los cuentos de mi abuelo y las coloreábamos como nos iba pareciendo. Había lugar para la ilusión y el misterio, pero ahora los jóvenes ya no queréis escuchar, estáis hartos de escuchar y aun así estáis ciegos como terneros recién nacidos, porque os creéis que esos móviles y cacharros os pueden decir la respuesta de todo. Mis nietos no se acercan nada más que para pedirme dinero, nunca me han preguntado cómo me encuentro, pero tampoco quiero que lo hagan, porque yo no quiero darle lástima a nadie. Ya estoy vieja y nadie va a llorar en el día en que me muera. Muchas veces me imagino mi funeral y sólo veo entre los asistentes a gente muerta, a gente que ya no está en el reino de los vivos. Pero nunca veo a mis hijos, a mis nietos… Qué pena me da llegar al final así, pero es así como una tiene que terminar. ¿Cómo te llamas?


Como me quedo en silencio, sigue hablando, pero ya no soy capaz de escucharla.
“¿Por qué esta anciana me señala con el dedo y me acusa de ser joven? ¿Acaso tengo la culpa de no ver a la muerte bajo mi ventana? ¿Soy pecador por no estar naturalmente preparado para entenderla? Nunca sentí el menor respeto por mis mayores. Nunca saqué nada provechoso de sus discursos cansados y siempre me dio la sensación de que pertenecíamos a razas diferentes, seres en extremos opuestos del sistema evolutivo con una barrera insalvable que nos impedía comunicarnos humanamente. Aun cuando era un niño, veía a los viejos como alguien de quien apiadarse, como si hubiesen sufrido terribles calamidades y estuviésemos en la obligación de guardarles un respeto compasivo. Héroes de guerra mutilados que lucharon por la supervivencia de nuestra civilización y a los que les debíamos el origen de nuestra existencia misma. Con el paso del tiempo me di cuenta de que efectivamente habían librado sus batallas, pero no veía rastro de victoria en esas filas de ojos hundidos. Sus huesos, machacados por el peso muerto de una vida sin historias, colgaban de las articulaciones abiertas en millones de horas bajo el sol. Ante mis ojos tenía los despojos de una generación, el producto y la prueba final de vidas sin creación ni destrucción, de existencias desapercibidas. No eran sino reliquias, monumentos inmóviles creados para permanecer callados hasta que fuesen demolidos. Veía las pistas de la esencia misma de la vida, dejadas por algún ente creador. Pero ¿quién era yo para siquiera atreverme a consignar sus relatos, a reducir sus historias completas a cuatro líneas despectivas colmando así mi turbia conciencia? Pronto me deshice de estos pensamientos perversos y me limité a sonreír y a hacer como si estuviese entendiendo, como si supiese que no debo avergonzarme de un futuro del que nadie se escapa. Desconecten.”
No puedo dejar de mirar fijamente a la anciana. Observo sus ojos celestes, su nariz aguda, sus arrugas amplias y felices. Me fijo en el modo inquieto en el que se sienta y en cómo me habla, con la cabeza ligeramente inclinada y mirando al suelo. Tengo la sensación de que me está mintiendo. Las piernas juntas y débiles, las manos nerviosas y el tono melancólico de su voz, que en ocasiones da paso a bruscos accesos de rabia y resentimiento, me hace tener un instante de claridad. Esa mujer es un ente oscuro, ahí, sentado dando trozos de pan a las palomas, como si estuviese intentando resarcir el pozo de maldad que pudre su alma a las puertas de su propio fin. Cuando tenga un dolor de muelas, cuando me rompa una pierna o cuando sufra una resaca feroz ella estará ahí siempre dispuesta a hacer chistes y a burlarse de mi aspecto y de mi torpeza. Cada uno de los actos destructivos de mi vida estarán supervisados por su espectro, por el fantasma de esos ojos velados que miran a los pájaros de su alrededor. Se me hace tarde señora, me gustaría quedarme aquí con usted y compartir sus últimos miedos, me gustaría decirle que todo va a salir bien y que usted va a respirar tranquila muy pronto. Me gustaría cogerle las manos y transmitirle a través de ellas mi buena voluntad, ya que sólo quiero lo mejor para usted, pero ahora tengo que irme, adiós.



En realidad se me hace tarde porque tengo pensado llegar a casa justo a la hora de comer. De ese modo se pueden llegar a evitar muchas cosas.

A Modo de Prólogo

He querido comenzar este escrito invitando al lector a una reflexión: ¿por qué alguien escribe una historia?
Esta cuestión, aunque bien simple, es algo tan sutilmente aceptado por el intelecto común que con mucha frecuencia se nos escapa. No atendemos al milagro (o catástrofe) que tiene lugar de manera casi espontánea en medio del caos para que esta forma de arte sea posible. Si dejamos de lado cuestiones mercenarias y sinónimos contrarios a la voluntad esencial del artista (pues no dedicaré ni tres palabras a algo que doy por sentado), podemos rondar varias posibilidades que nos llevarán a una misma esencia, a un síntoma común que bien puede valer como una respuesta a nuestra pregunta: Por necesidad. Y bien, ¿necesidad de qué? ¿para qué? ¿ante qué? ¿se trata de una verdadera necesidad?
Desde el primer momento en el que el germen de una historia nace en la cabeza de alguien, se agolpan como un tumulto los interrogantes, las dudas, los sobre análisis; dando lugar a las inevitables zancadillas que inconscientemente uno se pone a sí mismo. Nada parece real, todo es forzado, frívolo, digno de ser abandonado en el cubo de los errores. Nos parece una pérdida de tiempo lanzarnos sobre algo tan intangible como es la creación, nos asustamos y nos ponemos un sinfín de trabas y complejos. Nos limitamos, porque necesitamos sentirnos a salvo entre nuestras fronteras, tras los horizontes de los que constantemente renegamos. Pero no podemos protegernos de las delicias y amarguras de un mundo al que pertenecemos, no podemos ignorar el clamor de la vida ni alejarnos de su perpetua llama. Necesitamos ser víctimas de la vicisitud, sentirnos peones que a veces deciden, necesitamos formar parte, mancharnos las botas y creer en algo (¡si todo es cuestión de creer, al fin y al cabo!).  Es por eso que el hombre habla de inspiración. Y ¿qué es la  inspiración sino la interpretación de una señal ante la percepción subjetiva de un estímulo? ¿no es sino un nexo que funde realidad y ficción? ¿Acaso no es la inspiración el primer indicio del arte, la llamada primigenia que requiere caprichosamente a la mente desafortunada?, pues ¿hasta qué punto es el hombre dueño de aquello que lo inspira, de aquello que lo priva de la tranquilidad para sumirlo en los nueve infiernos? 
Con frecuencia las ideas que nos inspiran acuden ante nosotros como una neblina inofensiva que sube por las calles, un aroma agradable que se nos ofrece para ser disfrutado durante unos segundos y que nos despierta mil sensaciones en los lugares y situaciones más extraños. Nada puede mantener a una mente dispuesta lejos de la creación, pues los estímulos son infinitos: cualquier elemento, ya sea real o irreal, puede resultar un desencadenante con toda su fuerza y violencia. Es la propia persona la que decide, de manera consciente o no, hasta qué punto es permeable ante los estímulos. Y si vamos un paso más allá nos encontraremos ante el dilema de escribir lo imaginado o abstenerse de hacerlo, pues no todo el mundo está dispuesto a arrojarse al sinsentido que supone consignar en palabras lo que no puede ser descrito, a realizar un esfuerzo que de entrada ya es una tarea de perversión de la verdad, el prodigio de transformar en algo estético la justificación de un acto traidor a la realidad misma.
No obstante, cuando pasa el tiempo, cuando estas evocaciones primarias se ramifican y transforman, cuando las ideas crecen por sí mismas y ahondan sus raíces en la conciencia, cuando de repente nos damos cuenta de que somos parte y objeto de un proceso involuntario dictado por algún orden invisible; encontramos que las dudas se disipan, que estamos escribiendo con la inocente certeza que proporciona el hacerlo con el alma, y pensamos que en cierto modo somos privilegiados. El artista (por atribuirle un nombre) comienza a sentir afecto, cariño por aquello de lo que se considera padre y creador, pero también víctima y esclavo. El imperativo se hace ya ineludible, surge el vínculo propio de aquel que deposita todas sus esperanzas en algo que no depende de nadie salvo de él mismo: nace la necesidad. Necesidad de dar forma a algo en lo que ponemos tanto de nosotros, de hacer difusa la frontera de nuestra realidad para así movernos más libremente en ella. ¡Necesidad de saber quiénes somos, al fin y al cabo!
Si finalmente todos estos fenómenos tienen lugar, si esta batalla se libra (y me repito) con toda su violencia, si el autor se siente traspasado por las palabras que se atreve a anotar en un papel como un mero testimonio, si el que escribe lo hace con honestidad, con corazón y con toda su humanidad depositada en aquello que está creando, entenderé que se ha dado la literatura. De este modo invito al lector a formar parte de esta pequeña tragedia, a sumergirse por un momento en la frialdad del océano para luego poder percibir la calidez del sol con más agrado, a ser testigo de
Así, consciente de mi inexperiencia en la práctica de la escritura y de que el talento es un privilegio reservado a otros, presento este relato con la seguridad que me otorga el necesitar hacerlo.