lunes, 13 de octubre de 2014

Capítulo IV

Salgo del restaurante y decido pasear un rato por los callejones mojados. Cuando la tristeza que me embarga se me hace insoportable, me meto en un bar en el que la gente habla acaloradamente sobre fútbol y bebe en jarras húmedas y heladas. Comienzo pidiendo cerveza. Al cabo de una hora en silencio empiezo a emborracharme y entonces paso al vodka. Me bastan un par de tragos para que se me abran el cielo y la conciencia: Tranquilidad balsámica. Recuerdo los alegatos al arte de emborracharse que hicieron los poetas franceses en el siglo XVIII. Enivrez-vous sans cesse! ¡Qué maravilla! Me siento repentinamente a salvo dentro de ese ambiente y me temo que no puedo permanecer en silencio mucho rato más viendo los enrojecidos rostros que me rodean. El camarero me invita a un trago porque dice que soy muy joven y sabe que he pasado por un día duro. Asiento y se lo agradezco profusamente. Le hablo de que en realidad soy un artista y que no hace falta que sienta lástima por mi, ya que en poco tiempo iba a tener una vida radicalmente diferente y me alejaría de sitios como ese, pero que me gustaba mucho beber junto a todos esos desconocidos y padres de familia porque sentía que podía relajarme de verdad en esta comunidad de personas. Después de esto, el camarero se aleja y me sonríe desde el extremo opuesto de la barra mientras habla con un hombre peludo y de aspecto grasiento. Comienzo a sentirme eufórico y no dudo en así gritárselo a todos los que me rodean, me subo de rodillas a un taburete de la barra y pido un brindis por la clase trabajadora y por el bon esprit que reina en el bar. Tras un instante de silencio absoluto, todo el mundo comienza a reírse y la mayoría comienzan a brindar, escucho todo tipo de voces a mi alrededor. Voces sinceras y auténticas. Tras un instante algunos de los presentes empiezan a pedir rondas de tragos y a invitarse unos a otros. Me invitan a dos tragos seguidos y escucho la convocatoria a otro brindis. Entonces comenzamos todos a brindar varias veces seguidas. ¡Plin! ¡Plan! ¡Crash! Algunas copas se rompen y las risas y vítores son aún mayores. Los hombres se abrazan y uno de ellos se me acerca y comienza a hablarme de un hijo suyo que probablemente tendría mi edad. Lo miro y noto que comienza a llorar mientras habla conmigo. Creo escuchar que su hijo es un gran estudiante de ingeniería y que una gran empresa centroeuropea piensa incorporarlo a su plantilla en cuanto termine  los estudios. Le comento que me alegro mucho por él aunque en realidad no me importa lo más mínimo. Ahora no quiero que me hables de tu hijo, si no es para ensalzarlo hasta lo más alto de la estratosfera. No me hables de sus capacidades, si no de su carácter humano. Háblame de un hijo que te quiera y que te recuerde todos los días lo imprescindible que eres para él y que te dé las gracias por haberlo traído a este mundo a medio destruir. El hombre me mira con los ojos vidriosos y emite un sonido extraño que no llego a comprender. Las paredes de madera del bar se contagian de entusiasmo y rezuman agua, sudando como las jarras de cerveza que el camarero dispone frenéticamente. Entro en una especie de trance en el que se me suceden las conversaciones rápidas, conversaciones que probablemente nunca tuviesen lugar. Imágenes de rostros, de estados de ánimo, historias y discursos. Todo eso se amontona en un lapso de tiempo ridículamente pequeño. No caben tantas cosas en este segundo. Debe de ser un error de mi conciencia, un fallo en mi percepción natural del mundo y las cosas. Debe ser cosa de la bebida. Me emociono y sigo arengando a esos hombres, pero  el camarero me pide que me siente y que me tranquilice un poco, que ya está bien. Yo le digo que es imposible que me tranquilice porque los dioses están ejerciendo su influencia en ese mismo momento y que él no es capaz de juzgar ni detener un acto de esas características. Intento hablarle de eso que estaba pensando antes, del poder enajenador de la bebida y de lo desgraciado de la sobriedad, pero el camarero tiene aspecto de estar hartándose de mi, así que decido sentarme y comportarme cívicamente. Paso así otra larga hora divirtiéndome y charlando con unos y otros hasta que mi avanzado estado de embriaguez remite lo suficiente como para poder ponerme de pie y encadenar un paso tras otro. Me meto en el cuarto de baño y paso allí un rato pensando en algo que hacer. No puedo volver a casa en ese estado y no se me ocurre nada en lo que ocupar el tiempo. Pienso en algunos antiguos amigos, pero no recuerdo el teléfono de ninguno y no los tengo anotados por ninguna parte. Decido despedirme de todo el mundo menos del camarero y salgo del bar dando tumbos.


Frío. Siempre me pareció reconfortante la sensación de frío repentino, sensación multiplicada sin duda por las emociones que me golpean y mecen a un ritmo feroz. Los nómadas de la región del Tíbet, esos héroes anónimos que le ganan el pulso a la muerte cada noche, son capaces de trabajar a pecho descubierto cuando la temperatura ambiental no llega a los 0 grados. Los ves sudar y humear bajo un sol que se niega a calentarlos. Cuando terminan de partir leña, se sientan resoplando con expresión despreocupada, y beben leche de yak agria riendo y gritándose los unos a los otros.  Los mejores fuegos arden en la nieve. No tengo abrigo, así que decido caminar a buen paso para entrar en calor. Puedo oler mi propio hedor corporal y siento las gotas de sudor correrme por las sienes y por las axilas, alzo la vista y me sumerjo en la noche y en la blancura de unos edificios demasiado iluminados por las farolas. Grupos de jóvenes corretean en pequeños grupos y rompen el silencio de las calles gritando con voz nerviosa. Se me acerca uno y me pide un mechero, pero le explico que no tengo porque se me había olvidado en el bar. El tipo me sonríe y me dice que se llama D.D.
—Un placer D.D. Yo soy Leonardo.


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