Salgo del restaurante y
decido pasear un rato por los callejones mojados. Cuando la tristeza que me
embarga se me hace insoportable, me meto en un bar en el que la gente habla
acaloradamente sobre fútbol y bebe en jarras húmedas y heladas. Comienzo pidiendo
cerveza. Al cabo de una hora en silencio empiezo a emborracharme y entonces
paso al vodka. Me bastan un par de tragos para que se me abran el cielo y la
conciencia: Tranquilidad balsámica. Recuerdo los alegatos al arte de
emborracharse que hicieron los poetas franceses en el siglo XVIII. Enivrez-vous sans cesse! ¡Qué maravilla!
Me siento repentinamente a salvo dentro de ese ambiente y me temo que no puedo
permanecer en silencio mucho rato más viendo los enrojecidos rostros que me
rodean. El camarero me invita a un trago porque dice que soy muy joven y sabe
que he pasado por un día duro. Asiento y se lo agradezco profusamente. Le hablo
de que en realidad soy un artista y que no hace falta que sienta lástima por
mi, ya que en poco tiempo iba a tener una vida radicalmente diferente y me
alejaría de sitios como ese, pero que me gustaba mucho beber junto a todos esos
desconocidos y padres de familia porque sentía que podía relajarme de verdad en esta comunidad de personas.
Después de esto, el camarero se aleja y me sonríe desde el extremo opuesto de
la barra mientras habla con un hombre peludo y de aspecto grasiento. Comienzo a
sentirme eufórico y no dudo en así gritárselo a todos los que me rodean, me
subo de rodillas a un taburete de la barra y pido un brindis por la clase
trabajadora y por el bon esprit que
reina en el bar. Tras un instante de silencio absoluto, todo el mundo comienza
a reírse y la mayoría comienzan a brindar, escucho todo tipo de voces a mi
alrededor. Voces sinceras y auténticas. Tras un instante algunos de los
presentes empiezan a pedir rondas de tragos y a invitarse unos a otros. Me
invitan a dos tragos seguidos y escucho la convocatoria a otro brindis.
Entonces comenzamos todos a brindar varias veces seguidas. ¡Plin! ¡Plan!
¡Crash! Algunas copas se rompen y las risas y vítores son aún mayores. Los
hombres se abrazan y uno de ellos se me acerca y comienza a hablarme de un hijo
suyo que probablemente tendría mi edad. Lo miro y noto que comienza a llorar
mientras habla conmigo. Creo escuchar que su hijo es un gran estudiante de
ingeniería y que una gran empresa centroeuropea piensa incorporarlo a su
plantilla en cuanto termine los
estudios. Le comento que me alegro mucho por él aunque en realidad no me importa
lo más mínimo. Ahora no quiero que me hables de tu hijo, si no es para
ensalzarlo hasta lo más alto de la estratosfera. No me hables de sus
capacidades, si no de su carácter humano. Háblame de un hijo que te quiera y
que te recuerde todos los días lo imprescindible que eres para él y que te dé
las gracias por haberlo traído a este mundo a medio destruir. El hombre me mira
con los ojos vidriosos y emite un sonido extraño que no llego a comprender. Las
paredes de madera del bar se contagian de entusiasmo y rezuman agua, sudando
como las jarras de cerveza que el camarero dispone frenéticamente. Entro en una
especie de trance en el que se me suceden las conversaciones rápidas,
conversaciones que probablemente nunca tuviesen lugar. Imágenes de rostros, de
estados de ánimo, historias y discursos. Todo eso se amontona en un lapso de
tiempo ridículamente pequeño. No caben tantas cosas en este segundo. Debe de
ser un error de mi conciencia, un fallo en mi percepción natural del mundo y
las cosas. Debe ser cosa de la bebida. Me emociono y sigo arengando a esos
hombres, pero el camarero me pide que me
siente y que me tranquilice un poco, que ya está bien. Yo le digo que es
imposible que me tranquilice porque los dioses están ejerciendo su influencia
en ese mismo momento y que él no es capaz de juzgar ni detener un acto de esas
características. Intento hablarle de eso que estaba pensando antes, del poder
enajenador de la bebida y de lo desgraciado de la sobriedad, pero el camarero
tiene aspecto de estar hartándose de mi, así que decido sentarme y comportarme
cívicamente. Paso así otra larga hora divirtiéndome y charlando con unos y
otros hasta que mi avanzado estado de embriaguez remite lo suficiente como para
poder ponerme de pie y encadenar un paso tras otro. Me meto en el cuarto de
baño y paso allí un rato pensando en algo que hacer. No puedo volver a casa en
ese estado y no se me ocurre nada en lo que ocupar el tiempo. Pienso en algunos
antiguos amigos, pero no recuerdo el teléfono de ninguno y no los tengo
anotados por ninguna parte. Decido despedirme de todo el mundo menos del
camarero y salgo del bar dando tumbos.
Frío. Siempre me pareció
reconfortante la sensación de frío repentino, sensación multiplicada sin duda
por las emociones que me golpean y mecen a un ritmo feroz. Los nómadas de la
región del Tíbet, esos héroes anónimos que le ganan el pulso a la muerte cada
noche, son capaces de trabajar a pecho descubierto cuando la temperatura
ambiental no llega a los 0 grados. Los ves sudar y humear bajo un sol que se
niega a calentarlos. Cuando terminan de partir leña, se sientan resoplando con
expresión despreocupada, y beben leche de yak agria riendo y gritándose los
unos a los otros. Los mejores fuegos
arden en la nieve. No tengo abrigo, así que decido caminar a buen paso para
entrar en calor. Puedo oler mi propio hedor corporal y siento las gotas de
sudor correrme por las sienes y por las axilas, alzo la vista y me sumerjo en
la noche y en la blancura de unos edificios demasiado iluminados por las
farolas. Grupos de jóvenes corretean en pequeños grupos y rompen el silencio de
las calles gritando con voz nerviosa. Se me acerca uno y me pide un mechero,
pero le explico que no tengo porque se me había olvidado en el bar. El tipo me
sonríe y me dice que se llama D.D.
—Un placer D.D. Yo soy
Leonardo.
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