La noche se escindió, en efecto, y es cierto que la vivimos por un momento
largo como el cielo. Ciertas sombras escaparon y lejanos sonaron los gritos en
la oscuridad pasajera. Nadie pudo escuchar a aquellos que clamaron por sí
mismos, a aquellos que denunciaron en
silencio sus rencores y avaricias, a los que demostraron ante los relámpagos que
efectivamente, eran mortales de largas raíces y copas tiernas.
Fueron dejadas atrás las palabras y los intentos de trascenderse, apenas borrones, las muecas de los niños borrachos de ilusión inflamada, nunca se sintió tan clara la tormenta de verano sobre el enlosetado oscuro, nunca se sintió tan fuerte la respiración del tiempo, viento entre las ramas y tejados enfriándose. En aquel lugar que pudo ser cualquiera, un hombre tiembla en silencio. Dos golpes se oyen en la quietud de los pueblos. Las copas se entrechocan y todo queda limpio, justificado, tranquilo como la mirada del que nace. Alguien jadea de tristeza y cansancio, y sin embargo, vuelve a enfrentarse a los mismos rayos, a la misma noche, a la misma quietud que sin embargo nunca paró en su melodía insondable, eterna travesía.
Desafiada quedó pues la noche abierta, una vez más que por
seguro no será la definitiva. No mientras exista la propia noche, no hasta que
el animal encuentre su bala, no hasta que los músculos tensos se doblen al alba
y las fauces sedientas se sequen para siempre bajo el sol de mediodía.