jueves, 29 de agosto de 2013

Escisión de una Noche (II)


La noche se escindió, en efecto,  y es cierto que la vivimos por un momento largo como el cielo. Ciertas sombras escaparon y lejanos sonaron los gritos en la oscuridad pasajera. Nadie pudo escuchar a aquellos que clamaron por sí mismos, a aquellos que denunciaron  en silencio sus rencores y avaricias, a los que demostraron ante los relámpagos que efectivamente, eran mortales de largas raíces y copas tiernas.

Fueron dejadas atrás las palabras y los intentos de trascenderse, apenas borrones,  las muecas de los niños borrachos de ilusión inflamada, nunca se sintió tan clara la tormenta de verano sobre el enlosetado oscuro, nunca se sintió tan fuerte la respiración del tiempo, viento entre las ramas y tejados enfriándose. En aquel lugar que pudo ser cualquiera, un hombre tiembla en silencio. Dos golpes se oyen en la quietud de los pueblos. Las copas se entrechocan y todo queda limpio, justificado, tranquilo como la mirada del que nace. Alguien jadea de tristeza y cansancio, y sin embargo, vuelve a enfrentarse a los mismos rayos, a la misma noche, a la misma quietud que sin embargo nunca paró en su melodía insondable, eterna travesía.

Desafiada quedó pues la noche abierta, una vez más que por seguro no será la definitiva. No mientras exista la propia noche, no hasta que el animal encuentre su bala, no hasta que los músculos tensos se doblen al alba y las fauces sedientas se sequen para siempre bajo el sol de mediodía.  

miércoles, 14 de agosto de 2013

Drive.



Conducía por una autopista cuyo nombre no quiero recordar. Zumbaba como nunca, el vehículo vibraba ruidosamente y los cristales rebotaban contra los cortavientos... Disfrutaba de ese instante en el que la luz de la luna se mezclaba con el resplandor de la carretera y me iluminaba las manos empapadas en sudor, era una especie de fantasma de manos blancas y brillantes. Temblaba con descontrol, y recuerdo que podía percibir mi propio hedor corporal. Subí el volumen de la música y me recliné un poco en el asiento.

Nunca me gustó hablar demasiado, quizá porque creo que a nadie le importa lo que diga, o quizá porque no encuentro las palabras necesarias para cada momento. Sigo en silencio.

"Necesito un aliciente, lo necesito a toda costa. Necesito que de una vez por todas pase algo, necesito desmoronarme, necesito a alguien. Necesito a alguien. Eso es. Todo el mundo tiene a alguien, no creo que sea tan difícil encontrar a una persona con quien bajar la guardia y abandonarse por unos segundos. No quiero seguir demostrándome mi fortaleza. Soy débil y necesito suplir mi debilidad."

Acelero rozando las líneas discontinuas.

"No quiero grupos ni sociedades, no quiero púlpitos ni bancos al sol. Quiero apoyar mi cabeza en las rodillas de alguien en quien confiar, nunca hasta ahora lo he hecho. Pararía a la primera persona con la que me cruzase por la calle y le ofrecería un amor breve e intensísimo. Le prometería un tiempo finito de locura y novela, para después simplemente desaparecer. A cualquiera."

Llego a la ciudad.
Me despego del asiento encharcado en sudor. Lloro intensamente y me dan espamos que me hacen eructar. Las luces de los faros y de los escaparates se dispersan en las lágrimas y apenas veo nada. Reduzco la velocidad, bajo la ventanilla y saco la cabeza para tomar aire y gritarle a los semáforos.

¿Cuántas personas en este lugar se sentirán como yo?
¿Dónde se esconden?
¿Cómo puedo encontrarlas?