D.D me convence
rápidamente para para que me una a la juerga con sus colegas. Aún estoy bebido
y no consigo retener el nombre de ningún otro miembro de su grupo. En total son
seis personas, todos ellos parecen conocerse muy bien y hablan a un volumen increíblemente
alto. Parecen ser unos bebedores formidables. Me narran todo lo que habían
hecho esa noche y yo les transmito mi admiración. Bebamos
más, les digo. Vamos por diferentes calles buscando algún bar abierto y les
digo que yo conozco uno cercano. Llegamos al sitio y me doy cuenta de que ha
cambiado de propietario. Ahora tiene un cartel retro iluminado en letras rosas
y azules, con un nombre en inglés que no comprendo. Sin embargo, la disposición
del bar es la misma. Me gustaba ir allí por costumbre, en realidad no había
nada de especial en ese lugar, nada que pudiera diferenciarlo de otro bar
cualquiera. Simplemente acudía solo o acompañado y me sentaba a beber cerveza y
a comer frutos secos. Nunca conocía la música que ponían, y eso también me gustaba.
Ahora vuelvo al lugar con este grupo de
personas ruidosas y empezamos a pedir rondas y a hablar de nosotros mismos.
Parece que ninguno de ellos se dedica a nada en especial, todos son estudiantes
y amantes de la vida, como así me dicen, todos salvo Iván, un tipo con el pelo
rubio que trabaja en una fábrica de componentes informáticos. Hablan todos a la
vez y se me hace muy difícil seguir cualquier conversación, pero empatizo
rápidamente con D.D. y con un par de chicas que parecen interesarse en conversar.
Una de ellas, Mia, tiene un pelo castaño hirsuto y radiante que encuadra un
rostro ovalado, de aspecto infantil. Miro sus ojos verdes y almendrados y se me
despierta una sensación extraña. Antes de irme, no le prestaba especial
atención a mi apetito sexual. Con Elisa follábamos del mismo modo en el que dos
personas se saludan cuando se encuentran por la calle. Me gustaba follar con
ella, pero no encontraba nada de especial, nada ardiente en el acto en sí. La
sentía oscilar sobre mí y la recorría una y otra vez mientras la olía y la
probaba. Una vez, mientras lo hacíamos me dijo que parecía un científico que la
estaba estudiando. En efecto, sentía un interés geográfico por su cuerpo: Las
rías de su cabello, las cuencas de sus grandes ojos cerrados, el volcán en
perpetua erupción que era su boca, sus dientes como perfectos minerales que
daban la bienvenida a una cálida gruta, cuyos misterios siempre resultaban
preciosos. Exploraba sin pudor los desfiladeros de sus costillas frías, la
meseta de la que surgían sus pechos como dos Montes Palatinos, la inmensa
llanura ribeteada y fecunda sobre la que descansaban sus manos muertas. Me
fascinaban los enigmas de las corvas de sus piernas y la dura línea de su
espalda, sobre la que pasé tantas noches de delirio y cansancio.
En este caso, ante Mía se me muestra una
visión radicalmente distinta, un impulso voraz. Algo que me empuja a acercarme
a ella, a acariciarla y a pedirle que sea mía para el resto de la eternidad.
Haría lo que fuese por un instante de sinceridad con esos ojos mirándome, daría
las ruinas de un imperio por rodear con mis brazos ese cuerpo menudo, por
apretar con mis manos las diminutas caderas que lo adornan y aspirar la esencia
que emana de un cuello cuya delicadeza no conoce equivalente en el género
humano. Cuando asiente, lo hace con un dulce gesto natural que evoca el baile
acompasado de los campos de centeno que se doblan bajo el soplo de la brisa
nocturna. Y es que no veo en ella sino naturaleza. Naturaleza y sinceridad
manando a través de unos ojos felinos, pero a la vez irresistiblemente
inocentes.
La otra chica se llama Daniela y tiene un
aspecto peculiar. A pesar de estar extremadamente delgada, luce unas piernas
esbeltas y fibrosas. Resulta ser la más extrovertida del grupo, y no para de hablar
de sus amigos artistas y de literatura clásica y contemporánea. Me habla de sus
estudios en literatura rusa y de que ya no hay nadie que sepa escribir, porque
todo el mundo está ensimismado y distraído, que ya nadie se atreve a
sacrificarse por su obra.
—Leonardo, te llamas Leonardo, ¿no?.
Asiento.
—Pues eso es lo que pienso, Leonardo. Ya no
hay grandes artistas. El arte se ha pervertido como la sociedad misma. Puede
que haya gente que realmente escriba con corazón, pero no tienen nada sobre lo
que escribir. Todo ha sido corrido y recorrido una y otra vez. ¿No te parece?
El escritor debe sufrir lo que escribe, y en la actualidad vivimos en la era de
la anestesia. Se nos ofrecen mil distracciones como caramelos envueltos a los
que no podemos negarnos. El artista ya no está dispuesto a sufrir, se ha
acomodado a las circunstancias. Hemos sido castrados intelectualmente a favor
del sistema, y no podemos volver a ocuparnos del acto eminentemente puro que es
el arte sin previamente rebelarnos contra este estado de sumisión colectiva.
—Siento interrumpirte, preciosa —responde
D.D.—, pero no entiendo qué puede pasar por tu preciosa cabecita de estudiante
de literatura para que digas semejantes estupideces. Es esta una de las épocas
más convulsas, más cambiantes que ha vivido la humanidad. Los cambios se han
sucedido de manera vertiginosa y creo que hay más razones que nunca para
despertar el arte de debajo de las losas. Por ejemplo, precisamente esa
castración de la que hablas podría ser un motivo por el cual poner el grito en
el cielo, ¿no te parece? El arte es siempre una voluntad de cambiar, una forma
de protesta sutil y maravillosa. Todos los grandes cambios en la dinámica
colectiva de la civilización han tenido su reflejo y preludio en él. Los
pioneros del cambio siempre son los artistas, y mientras que el mundo gire,
serán ellos los eternos mártires, los que están destinados a sufrir los
insultos y muestras de desprecio de la masa. ¿Por qué no habrían de sufrir
ahora, cuando las razones son tan evidentes? —D.D. se levanta del asiento y
alza los brazos de manera ridícula—.Víctimas de la alienación y la aniquilación
del individualismo, los artistas se arrastran por la tierra como almas en pena,
secretamente conscientes de que poseen el poder de ver donde no todo el mundo
ve, de que tienen la capacidad de moverse en los entresijos de una realidad
plana e insignificante para los demás, brutal y terrible para ellos mismos.
Ellos son los visionarios, por eso están condenados a la virtud y al eterno
sufrimiento. Los envidio y compadezco a partes iguales, pero doy gracias por
haber tomado la decisión de evitar esa ocupación, esta causa tan digna como
temible que es el acto de escribir.
Mía se une apasionadamente a la discusión en
favor de D.D. y el resto de los integrantes del grupo permanecemos escuchando.
Iván se ríe estridentemente cuando cada uno termina de hacer su intervención, y
habla en voz baja con los otros dos hombres, que se limitan a sonreír
puntualmente y a lanzarme miradas furtivas. Al cabo de un rato decidimos salir
del bar porque hace un calor insoportable. En la puerta, nos despedimos de los
dos hombres silenciosos, con los que no cruzo ni una palabra, y decidimos
inmediatamente ir al piso de D.D. a charlar y a beber las últimas copas. Deben
ser las tres de la madrugada.
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