jueves, 27 de noviembre de 2014

De la pertenencia y la no pertenencia

-¿Y tú me lo preguntas? – Me preguntó, sorbiendo su último trago mientras unos acordes desgarrados inundaban la quietud de la habitación en penumbra. -¿Y tú me lo preguntas? –Repitió, apretando las mandíbulas en un ademán pícaro y sagaz. Recuerdo sus pequeños ojos azules, vidriosos y enrojecidos por el paso del tiempo y por las experiencias vividas. En efecto, aún puedo evocarlos como si nunca hubiese dejado de verlos.

Y tú me lo preguntas… -Arrancó, ya otorgando un tono afirmativo a su repetición. –Vivimos en comunidad. Las personas hemos creado a lo largo y ancho del mundo macrocomunidades conectadas unas con otras, hemos ideado infinidad de sistemas para satisfacer nuestra necesidad de afecto, para suplir nuestras debilidades con la creación de normas artificiales contrarias a nuestra naturaleza, llamémoslas leyes, convenciones sociales o códigos de conducta. ¿Por qué esas dos personas están casadas, si cada día supone un calvario para cada uno de los miembros de la unión? ¿Por qué siguen alimentando la falsa idea de que se aman? porque así ha de ser, te dirán, porque así se ha establecido para el bienestar de aquellos que dependen directa o indirectamente de esa unión, afirmarán ceñudos y absolutamente convencidos. 
Porque eso es lo correcto. 
Y bien, no podremos culparlos, pues resulta tan incierto el mundo, tan difícil es discernir entre el bien el mal, entre la virtud y el vicio, que nos volveríamos locos catalogando cada acto, pensamiento o impulso en bueno o malo, en justo o injusto. De modo que así aceptamos estas normas que ya estaban aquí antes de nosotros, que, nos repriman o no, a menudo nos ayudan a tomar una decisión y a encaminar nuestro comportamiento justificándolo con unos principios variables.  A veces nos atrevemos a cuestionar la validez de los mismos en charlas y discusiones, pero en la oscuridad agradecemos complacidos a nuestros antepasados el ahorrarnos la ardua tarea de establecer una suerte de sistema epistemológico aplicado a los complejos mecanismos de la misma vida, para así simplificarla y hacer más sencillo el vivirla.

 A cada cual le parecerá equivocado el comportamiento del prójimo, mientras que el suyo propio puede ser una perfecta comedia que, sin embargo será percibida de manera muy distinta por su actor. El error, y con esto respondo a tu pregunta, consiste en creer ciegamente en que lo que se hace es lo correcto. El error es la voluntad de anclarse en la dicotomía de lo válido y lo inválido, en aceptar que las decisiones simplemente han de tomarse teniendo en cuenta el complejísimo proceso de alquimia que nos atraviesa diariamente y que nos empeñamos en denominar circunstancias. La circunstancia es tan amplia que resulta absurdo siquiera ejemplificarla, pues todo deviene en circunstancia. ¿Somos pues capaces de actuar libremente, sin tener en cuenta tales o cuales situaciones a las que estamos vinculados indefectiblemente? Resulta difícil afirmarlo. La libertad es tan difusa como utópica en este mundo, en esta circunstancia, donde el comportamiento humano está destinado a la posesión material, y se nos olvida con absurda frecuencia que al igual que poseemos, somos poseídos. Desde nuestras vías empedradas evocamos horizontes exóticos en los que la gente, a pesar de su pobreza, es feliz con el mero hecho de masticar un alimento, feliz bailando en el polvo, sintiéndose vivos. Nos sentimos constreñidos por un sistema que nosotros mismos creamos, una gran mansión de cristal de la que queremos salir, pero ha sido tanto el tiempo invertido en su construcción (¡un trabajo generacional de miles de años!), las raíces se asientan tan profundas hacia todas las direcciones de nuestras necesidades, que la salida nos resulta ardua, pues no sabemos hasta que punto seremos heridos, hasta qué punto esos valores están arraigados en nuestra indómita condición humana. 

Así, es nuestra obligación comprobarlo. Aunque nos suponga un esfuerzo que nunca sospechamos que habríamos podido soportar, aunque eso signifique aceptar que no hemos sido nada hasta ahora, como, si de un renacer se tratase, surgiéramos como seres humanos genuinos, dejando atrás todo cuanto nos ha hecho vivir y por lo que habríamos muerto, pues no se me ocurre ningún modo de calificar esta vida que ambos ocupamos de otro modo que no sea una Muerte Perpetua.