lunes, 13 de octubre de 2014

A Modo de Prólogo

He querido comenzar este escrito invitando al lector a una reflexión: ¿por qué alguien escribe una historia?
Esta cuestión, aunque bien simple, es algo tan sutilmente aceptado por el intelecto común que con mucha frecuencia se nos escapa. No atendemos al milagro (o catástrofe) que tiene lugar de manera casi espontánea en medio del caos para que esta forma de arte sea posible. Si dejamos de lado cuestiones mercenarias y sinónimos contrarios a la voluntad esencial del artista (pues no dedicaré ni tres palabras a algo que doy por sentado), podemos rondar varias posibilidades que nos llevarán a una misma esencia, a un síntoma común que bien puede valer como una respuesta a nuestra pregunta: Por necesidad. Y bien, ¿necesidad de qué? ¿para qué? ¿ante qué? ¿se trata de una verdadera necesidad?
Desde el primer momento en el que el germen de una historia nace en la cabeza de alguien, se agolpan como un tumulto los interrogantes, las dudas, los sobre análisis; dando lugar a las inevitables zancadillas que inconscientemente uno se pone a sí mismo. Nada parece real, todo es forzado, frívolo, digno de ser abandonado en el cubo de los errores. Nos parece una pérdida de tiempo lanzarnos sobre algo tan intangible como es la creación, nos asustamos y nos ponemos un sinfín de trabas y complejos. Nos limitamos, porque necesitamos sentirnos a salvo entre nuestras fronteras, tras los horizontes de los que constantemente renegamos. Pero no podemos protegernos de las delicias y amarguras de un mundo al que pertenecemos, no podemos ignorar el clamor de la vida ni alejarnos de su perpetua llama. Necesitamos ser víctimas de la vicisitud, sentirnos peones que a veces deciden, necesitamos formar parte, mancharnos las botas y creer en algo (¡si todo es cuestión de creer, al fin y al cabo!).  Es por eso que el hombre habla de inspiración. Y ¿qué es la  inspiración sino la interpretación de una señal ante la percepción subjetiva de un estímulo? ¿no es sino un nexo que funde realidad y ficción? ¿Acaso no es la inspiración el primer indicio del arte, la llamada primigenia que requiere caprichosamente a la mente desafortunada?, pues ¿hasta qué punto es el hombre dueño de aquello que lo inspira, de aquello que lo priva de la tranquilidad para sumirlo en los nueve infiernos? 
Con frecuencia las ideas que nos inspiran acuden ante nosotros como una neblina inofensiva que sube por las calles, un aroma agradable que se nos ofrece para ser disfrutado durante unos segundos y que nos despierta mil sensaciones en los lugares y situaciones más extraños. Nada puede mantener a una mente dispuesta lejos de la creación, pues los estímulos son infinitos: cualquier elemento, ya sea real o irreal, puede resultar un desencadenante con toda su fuerza y violencia. Es la propia persona la que decide, de manera consciente o no, hasta qué punto es permeable ante los estímulos. Y si vamos un paso más allá nos encontraremos ante el dilema de escribir lo imaginado o abstenerse de hacerlo, pues no todo el mundo está dispuesto a arrojarse al sinsentido que supone consignar en palabras lo que no puede ser descrito, a realizar un esfuerzo que de entrada ya es una tarea de perversión de la verdad, el prodigio de transformar en algo estético la justificación de un acto traidor a la realidad misma.
No obstante, cuando pasa el tiempo, cuando estas evocaciones primarias se ramifican y transforman, cuando las ideas crecen por sí mismas y ahondan sus raíces en la conciencia, cuando de repente nos damos cuenta de que somos parte y objeto de un proceso involuntario dictado por algún orden invisible; encontramos que las dudas se disipan, que estamos escribiendo con la inocente certeza que proporciona el hacerlo con el alma, y pensamos que en cierto modo somos privilegiados. El artista (por atribuirle un nombre) comienza a sentir afecto, cariño por aquello de lo que se considera padre y creador, pero también víctima y esclavo. El imperativo se hace ya ineludible, surge el vínculo propio de aquel que deposita todas sus esperanzas en algo que no depende de nadie salvo de él mismo: nace la necesidad. Necesidad de dar forma a algo en lo que ponemos tanto de nosotros, de hacer difusa la frontera de nuestra realidad para así movernos más libremente en ella. ¡Necesidad de saber quiénes somos, al fin y al cabo!
Si finalmente todos estos fenómenos tienen lugar, si esta batalla se libra (y me repito) con toda su violencia, si el autor se siente traspasado por las palabras que se atreve a anotar en un papel como un mero testimonio, si el que escribe lo hace con honestidad, con corazón y con toda su humanidad depositada en aquello que está creando, entenderé que se ha dado la literatura. De este modo invito al lector a formar parte de esta pequeña tragedia, a sumergirse por un momento en la frialdad del océano para luego poder percibir la calidez del sol con más agrado, a ser testigo de
Así, consciente de mi inexperiencia en la práctica de la escritura y de que el talento es un privilegio reservado a otros, presento este relato con la seguridad que me otorga el necesitar hacerlo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario