Si he de
hablar de mi primer recuerdo, este lo conforma una visión de impenetrable
oscuridad. Una tiniebla capaz de silenciar todo cuanto los ojos pueden distinguir
o siquiera intuir: me resulta inútil tratar de describir la imagen de una
ausencia total de luz que me envuelve el cuerpo, el cabello y todo cuanto considero
que existe por mera intuición, pues no tengo memoria de haber presenciado la
imagen de ninguno de los recuerdos que, inexplicablemente, guardo en mi
memoria.
Durante largas
horas trato de averiguar cómo obtuve el don del lenguaje y de qué manera fui
instruida en el conocimiento de las palabras y de las ciencias que describen el
mundo. Intento indagar en lo más hondo de mi conciencia buscando imágenes con
las que ilustrar todo lo que sé acerca de las cosas, pues tengo la certeza de
que alguna vez mis ojos tuvieron el placer de contemplar: creo recordar los
volúmenes, la profundidad de los objetos y la disposición simétrica del artesonado
que recorre las paredes del lugar en el que paso los días, sin embargo no
consigo recordar las formas ni los colores, y me resulta imposible ilustrar los
conceptos que mi atribulada razón se empeña en salvaguardar.
En las
noches de plenilunio, un tímido reflejo de claridad atraviesa la habitación de
un extremo a otro y se me ofrece la oportunidad de acercarme a una de las
paredes para dejarme alumbrar por el ínfimo destello que se cuela en la
estancia, pero su claridad resulta tan débil e inconstante que ejerce un efecto
mistificador y sugestivo. Con asombro y gran confusión me debato entre la idea
de estar siendo víctima de una alucinación o si, efectivamente, estas son mis
manos, estos mis brazos y estas mis costillas, pues lo poco que percibo de mis
propias formas me parece fragmentado y brumoso, a medio camino entre lo real y
lo fantástico, razón por la cual rara vez acudo a la llamada de estas
oportunidades de autodescubrimiento por miedo a ceder ante la locura. Sin
embargo, mi alma se contagia de la claridad de estas noches señaladas y, con
gran esfuerzo, consigo balbucear el que recuerdo como mi nombre, cuyo sonido resuena
finísimo y casi tan imperceptible como el resplandor que recorre las paredes de
mi cautiverio: Zorahaida.
Tan
pronto como logro pronunciarlo, una puerta en mi interior se abre: con gran
claridad recuerdo mi infancia junto al mar, el viento furioso azotándome los
cabellos, mientras observo junto a mis hermanas la pleamar desde el castillo de
Salobreña. Recuerdo nuestras intrigas, nuestra emoción compartida por el
descubrimiento del mundo que se nos abría a las tres jóvenes infantas: Zaida,
Zoraida y Zorahaida, princesas del Imperio Nazarí. Veo los naranjos en flor de
los jardines del Generalife, el rostro ajado de Kadiga, aquella a la que llamé
madre sin que la misma sangre nos corriese por las venas. Contemplo la figura
de esta sentada al borde de la alberca junto a mis hermanas, percibo el aroma a
jazmín y adobe, el calor de la primavera sobre las afanosas gentes a los pies
del río, la melodía del laúd flotando en las tardes estivales… Veo al joven español
del que me enamoré, su mirar altivo y sereno, su expresión angustiada mientras
me implora la huida junto a él. Veo mis pies descalzos pisar la escalera que me
haría abandonar las murallas, las manos muertas que me caen a ambos lados del
torso, mis hermanas al pie del muro, me veo volviendo al palacio con el rostro
anegado de lágrimas y el corazón arrepentido. Siento, padezco, la cólera de mi
padre. Veo la escolta que me conduce al umbral de la torre donde ahora me
encuentro y, una vez cerrada la puerta, todo se hace oscuridad. Olvido todo
cuanto he vivido, y permanezco vacía de recuerdos hasta la próxima luna llena.
Es por
eso que dicen que estoy maldita, por eso que mis lamentos asustan a los amantes
extraviados en los alrededores de la Torre de las Infantas, por eso que mi
espectro, el de Zorahaida, está unido a estos muros con un vínculo
inquebrantable, velado por el gobierno inexorable de la luna. Escribo estas
líneas en un vano intento de no olvidar, en el inútil acto de vencer esta
amnesia a la que he sido condenada, aunque sé que el tiempo hará que las letras
se conviertan en manchas sin significado impresas sobre los muros de esta dimensión
inhabitada, donde el tiempo es la sombra de sí mismo.
