lunes, 13 de octubre de 2014

Capítulo II

En cuanto llamo a la puerta me dan ganas de darme la vuelta y echar a correr por los charcos de la calle. Como en una ensoñación, cruzo el umbral y veo la imagen de mi padre, que está sentado en su sillón con la misma postura, el mismo gesto de siempre. Mira la televisión con los puños cerrados mientras le grita cosas a mi madre sin mirarla. Ella le da la razón y vuelve la vista hacia donde yo estoy.

— ¿Ya has llegado? No te esperaba aquí hasta el viernes, como me dijiste por teléfono.
“En efecto, he llegado. Es por eso que puedes verme, queridísima madre, causa y origen del equilibrio de esta casa, bondad encarnada que envejece y se quiebra bajo nuestro peso.”

— ¿Qué hay para comer? Tengo una jaula de hienas en las tripas.

—Hay macarrones, voy a calentártelos. ¿Cómo estás? Podrías llamar más a menudo. Nosotros estamos bien, como siempre. A tu padre finalmente no lo han despedido, así que no vamos tan mal. Mientras haya salud no nos podemos quejar ¿No? Por cierto, el otro día me encontré a un amigo tuyo, ese que estudia idiomas, y me dijo que se iba a ir a Alemania. Ese muchacho se mueve mucho y seguro que pronto tiene un buen trabajo, porque ahora, como están las cosas, uno tiene que estudiar todo lo que pueda para no verse en la ruina. ¿Has estado trabajando? No tienes buen aspecto, te hace falta comer mejor, Leonardo. ¿Dónde estás viviendo ahora? Ni siquiera sabemos dónde vives, ¿no te da vergüenza, hijo? Bueno, vamos al salón, que tu padre tenía muchas ganas de verte.

—Joder, vaya delicia de macarrones. Estos son los mejores macarrones que una persona ha podido hacer en toda la historia de la cocina europea. Estos son los macarrones que debió comer Dios cuando creó Italia y el Mar Mediterráneo, muchas gracias por esta delicia, mamá.

—Es que aquí no tendremos nunca ni un duro, pero comemos como reyes.

Claro que sí, padre. Pero tú no has tenido el privilegio de disfrutar de esos macarrones porque te has pasado la hora entera mirando la tele y haciendo aspavientos. Esa gente te habla de fábulas y tragedias, te cuentan chistes y luego siguen hablando un poco más, pero no te dicen la verdad, papá. Tú no vas a desaparecer y a volverte miserable porque esos demonios digan que así vaya a suceder. Cuando estés en tu lecho de muerte no te vas a acordar del pelo rubio de esa reportera joven y atractiva que abre tanto la boca. Tampoco te vas a acordar del porcentaje de paro en España del año dos mil trece y ni siquiera del nombre del presidente del gobierno que condenó tu país a la esclavitud por los siglos de los siglos. Sin embargo, te vendrán a la mente esos pequeñísimos ojos negros que te compadecen desde el sofá y que se humedecen sin que nadie lo sospeche. Te acordarás irremediablemente del rostro mullido y suave que una vez ahogó sus ambiciones y aniquiló su perspectiva, saltando al vacío y eligiéndote a ti de entre todos los hombres del mundo, papá. De ese vientre fecundo cuya benevolencia trasciende el límite cabal y humano, y sobre todo de esas manos siempre delicadas, incapaces de aceptar otra idea que la de cuidar a otros, incapaz de dejar de ser la piedra angular de mil y un milagros sobre los que se eleva no solo tu propia alma, sino la de las decenas, miles o millones de seres débiles que se dejaron sanar en algún momento por su influencia. Crees que es extraño que exista alguien así, y por eso apenas puedes dar crédito a la suerte que tienes, a la suerte que has tenido. Eres uno de los seres más afortunados que conozco, y sin embargo, cuando te miro…”

Los escucho hablar sobre naderías domésticas y sonrío con sus pullas recíprocas y sus insinuaciones mutuas. Han construido un juego en el que fundamentan su convivencia, asisto a la interpretación de una obra conjunta ideada para combatir el hastío y garantizar la supervivencia del bien mayor, llamémoslo matrimonio. Evitamos el trato directo a toda costa y eso siempre es de agradecer. Me reconforta la manera en la que mi padre me rehúye hablando a voces de cualquier cosa sin importancia y buscando la aprobación de mi madre. No nos conocemos. Somos completos desconocidos y nos une uno de los vínculos más fuertes que pueden unir a los seres humanos. Siento una tristeza momentánea e intensísima, se me humedecen los ojos y mi madre parece percibirlo al instante. Se levanta y me sonríe con una expresión compasiva y familiar. Es entonces cuando aplasto los cojines con la espalda y me estremezco al notar su textura, que me transporta a algún momento indeterminado del pasado.

“No. Esta casa nunca va a cambiar.”

Entro en mi antigua habitación y el olor casi me hace echarme a llorar. Se me agolpan los recuerdos y me agacho para palpar las vetas de la madera del suelo, las mismas formas intactas que veía moverse y navegar de un lado a otro cuando estaba tumbado en la cama, mientras soportaba mis primeras resacas de muerte y resurrección. Pongo un disco y echo las persianas. Entonces, al sumirme en la penumbra rojiza me embarga una terrible nostalgia y me siento avasallado, absolutamente desprovisto de esperanza. Me paseo por la oscuridad en la que dormí durante veinte años de mi vida. Aquí en medio he pasado cientos de miles de horas, en la oscuridad que termina por enmohecer las esquinas sonrientes y sobre el polvo que se acumula como si existiese un fin en ello. Aquí velé mis primeras incertidumbres, acaricié pechos suaves y me sumí en la largura de las noches en las que me esforzaba por no pensar absolutamente en nada. De nuevo esa sensación: ¿Tanto tiempo entre estas paredes y tan poco que recordar? ¿Dónde están enterrados todos los recuerdos que me envuelven en los momentos de duermevela? Arrastro la cabeza entre los muebles y los maldigo, invoco al niño que una vez fui entre las motas que no paran de hacer muecas y reírse. No os riais, motas de mierda, yo formo parte de vuestro paisaje, soy un ser de polvo como vosotras que se alimenta y excreta, que engaña al mundo y finge así ser de otras sustancias. Pero de polvo nací y en polvo me convertiré, así que compadecedme y aceptadme en vuestro reino de silencio, no os pido más que eso, vuestra aceptación y vuestro silencio. Demasiadas opiniones para mi gusto ahí fuera, he visto y oído suficiente, no tengo ya nada de lo que aprender. De repente tengo ganas de quedarme aquí para siempre. Dejadme dormir en este cuarto durante veinte, cuarenta años más, hasta que se me seque el cerebro y me convierta en un viejo bondadoso y comprensivo.


Entonces mi padre entra en la habitación como un energúmeno y me dice que salga a dar un paseo porque uno no puede pasarse toda la tarde tumbado en el suelo y hablando solo, o que si acaso se me ha ido la cabeza. 

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