Caminamos por las calles
abarrotadas de turistas y nos metemos en un bar, donde desayunamos
abundantemente sin apenas cruzar palabra. Percibo que D.D. tiene algo que
decirme, pero lo dejo estar. Le digo que no tengo dinero para pagar el
desayuno, y él me contesta entre risas que no importa, que él tampoco tiene ni
un céntimo.
—Leonardo —me dice—, no creas que me has pasado
desapercibido. Aunque no lo parezca, soy una persona muy observadora…
—¿De qué estás hablando?
—Eres un ser atormentado.
Tus ojos me lo dicen todo sobre ti. No hace falta que digas ni una sola
palabra, y aun así sé exactamente el tipo de alma que ocupa este cuerpo que
tengo frente a mis ojos.
Nunca estarás satisfecho, ¿verdad? Eres uno de esos
seres que necesitan ser sobrevolados por la tragedia para poder sobrevivir. Te
alimentas de una melancolía que hace tiempo ya se apoderó de ti, sin embargo… —carraspea
y me mira directamente a los ojos— me llama la atención que no te hayas
rendido, que por tus venas aún se sienta el pulso de una ilusión a la que no
consigo encontrarle origen. Dime, Leonardo, ¿qué estás haciendo?
De repente, siento la
necesidad de hablarle sobre Elisa, sobre mi ida hace tres años y sobre mi
desesperada vuelta. Le hablo de que no tengo nada por lo que estar aquí, que he
perdido lo único que creía que me quedaba, y que no tengo nada por seguro,
salvo la certeza de seguir viviendo.
—Entonces te felicito,
eres absoluta y completamente libre de hacer lo que quieras —me dice.
—No me hables de
libertad, por favor. Haz lo que quieras menos nombrar esa palabra. Estoy
borracho de libertad. He antepuesto mi libertad personal a todo, y aún ahora no
me arrepiento de haberlo hecho. La libertad es saludable siempre que se la
tenga como una ilusión, como una meta a la que se puede y debe aspirar, pero
¡nunca cometas el error de declararte libre! La libertad no ha sido para mí
mucho más que una cadena sin fin de noches de soledad prodigiosa en las que
rezaba por que el sol asomase por la otra punta de la ciudad, la libertad
pendía del techo, y aun así no sabía qué hacer con ella. Verás por todos sitios
mensajes publicitarios que rezan: ¡Sé libre! ¡Cómprate este teléfono móvil y
haz alarde de la libertad que el Estado diseña exclusivamente para ti! Pero ay
de aquellos que de verdad se atrevan a sentirse solos y perfectamente libres,
ay de aquellos que se lancen a la ardua tarea de mantener este sacrificio
rutinario en nombre de una palabra, de una idea: Libertad. He dedicado mucho tiempo a buscar algo tan inasible como
la libertad y este es el precio que he tenido que pagar.
—Te confundes, Leonardo.
Confundes que el acto de libertad no es algo que pueda realizar uno mismo. Una
persona no puede dedicarse a ser libre, y mucho menos hacerlo por sí sola ¡Esa
es una idea de locos, si me lo permites! El ser humano pertenece,
ama, requiere a los demás y se complace al ser requerido. Las personas
disfrutamos siendo esclavas de aquello que amamos: necesitamos llenar nuestra
vida de algo pues, ¿cómo si no íbamos a
saber quién somos?
Me mareo. Le pido que
salgamos del bar para tomar el aire. Como está abarrotado, apuramos nuestras
tazas y salimos sin apresurarnos.
“¿Cómo si no íbamos a saber quienes somos? Esa
pregunta me retumba en todas las cavidades de mi cráneo”.
—No te rindas—prosigue—.
Por tus venas aún corre el pulso de la vida. Tienes ese punto sensible y
observador que te diferencia de tantos otros hombres y sabes que disfrutas de
ese privilegio, de esa condena. Pero
Leonardo, no debes tener miedo a amar, a arrojarte a los brazos de aquellas
cosas que te despierten en mitad de la noche para someterte a su voluntad. No
puedes permanecer toda tu vida siendo un lienzo en blanco, Leonardo, porque uno
no puede estar siempre en guardia, a la espera del milagro. La época de los héroes
terminó hace años y nosotros no somos más que dos hombres que nacieron en el
reino de los hombres.
Asiento.
FINAL
Me despierto. Nos
envuelve la oscuridad que precede al alba. El coche zumba por la carretera y
los carteles pasan como exhalaciones. Al poco rato se abre el paisaje en vastos
campos de trigo que murmuran al doblarse bajo el viento otoñal.
“Lo que he percibido con más vivacidad desde mi
vuelta ha sido la absoluta falta de vitalidad que ha invadido a las personas.
Echa un vistazo, haz un análisis aleatorio de los veinte primeros viandantes
que pasen por tu lado. Rostros inofensivos de ciudadanos ejemplares, perfectos
candidatos a premios nacionales de civismo. Esto hemos conseguido. A esto ha
llegado la mayor de nuestras obras colectivas: hemos sido capaces de llenar las
calles en hora punta, de despoblar bosques y erigir ciudades que en el futuro
serán leyendas. Hemos llevado la evolución de la especie a tal punto que algún
día entenderemos a Dios y entonces los expertos brindarán en las tertulias y no
nos quedará nada por comentar. Vivimos en el no retorno al que nos ha empujado
nuestra obra, hablamos en nombre de la tecnología y los avances científicos e
informáticos. Democracia, estados de derecho y robots de cocina. Sí. Estemos
satisfechos. Podemos estarlo, sí señor. Pero por favor, que no nos falten los
periódicos cada día en el kiosco, que no nos falte una emisión en alta
definición que nos permita estar al tanto de todos y cada uno de los
acontecimientos que se suceden en el planeta Tierra. Que no nos falten los
teléfonos entre las manos ni las redes inalámbricas. Necesitamos tener acceso a
la verdad absoluta por medio del templo digital que heroicamente construimos,
debemos atribuirnos ese derecho legítimo como únicos y genuinos creadores. Cualquier
intento de oposición será condenado a tal velocidad que ni siquiera seremos
conscientes de que un día fue formulado.
Compartámosnos, estemos unidos como pingüinos
pasando el invierno, hablemos por encima de la megafonía de los estadios y
comentemos cada uno de los gestos de los ídolos de masas. Porque esos ídolos
son de todos y convergemos con unanimidad para alzarlos sobre nuestras cabezas.
Tengamos nuestras escaramuzas, nuestros enfrentamientos menores por doctrinas e
ideales que nos pasan por encima y los cuales nunca se nos ocurrió cuestionar.
Encabecemos manifestaciones televisadas y sintámonos parte activa de un mundo
que quizás nos pertenezca. Tomemos partido como la mejor de las comparsas en
nuestra eterna dicotomía, esa que nos nutre y que conforma nuestros pueblos.
Seamos fieles al blanco o al negro, estemos alegres o tristes, aniquilemos
cualquier punto intermedio, pues la duda es debilidad y debemos ser un pueblo
convencido. Separémonos, por supuesto, pero hagámoslo ordenada y serenamente,
no queremos despertar a nuestros muertos. Formemos nuestras fronteras y bandos,
apedreemos a los que nos gobiernan y no dudemos en pisotear a los que tenemos
debajo, llevemos la ley natural a su cénit y centrémonos en la supervivencia de nuestra especie.
Pero ante todo hablemos, comentemos y analicemos
las particularidades de nuestra vanguardia con la agudeza apabullante que nos
caracteriza, llevemos al paroxismo el don de la palabra frente a la acción,
acción que quedará como una particularidad anecdótica, un mero accidente a pie
de página en los anales de la historia. Llenemos el vacío de la galaxia con
cadenas infinitas de palabras hasta que se nos sequen las lenguas y los
intestinos. Hablemos y ganemos este pulso a la duda sirviéndonos de la era
digital, esforcémonos por conseguir un registro absoluto de aquello que
percibimos como mundo, en el que todo quede predicho y notificado.
¿No ansiamos
acaso esa satisfacción, ese milagro?
Animales ávidos de poder y control,
dedicamos nuestras existencias a convencernos de que somos capaces y dignos,
nos recordarnos día tras día que el absurdo no tiene lugar en una mente
ocupada…”
Sumido en la bruma de estos
pensamientos cierro los ojos y cedo la palabra a la vibración del coche, que me
lleva a un nuevo horizonte, a un lugar desconocido en el que se abrirá otro
mundo por consumir.