Las gotas corren por los
cristales del autobús y se comen unas a otras. Las gotas gordas se precipitan
desde arriba sin ningún tipo de compasión y arrastran a las más pequeñas,
bajando cada vez más deprisa hasta destriparse contra el borde de goma del ventanal
y convertirse de nuevo en gotas pequeñas.
Delante de mí, dos
hombres hablan en voz baja, como si estuviesen contando secretos de estado que
no deben ser escuchados por el resto de civiles. Un viejo medio destartalado
los observa desde el asiento contiguo con los ojos caídos y tristes. Mientras
el autobús avanza a través de una débil niebla, la mañana por fin se abre en
nubes arreboladas y el sol invade los campos mustios y húmedos. Entonces leo
como un fogonazo un cartel al borde de la carretera. Sonríele a la vida. Aparto
la mirada del cristal buscando entre los
pasajeros alguna sonrisa. Ninguna delante. Ninguna detrás. ¿Es que esa gente no
ha leído el cartel? ¿Por qué no le sonríen a la vida? Deberíamos estar aquí
sonriendo hasta tener agujetas y hasta que se nos desencajaran las mandíbulas,
pero los rostros de estas personas son como bolsas vacías que flotan en la
superficie del mar. Entonces me esfuerzo por recordar a Elisa y sonrío, le
sonrío a la vida. Esta noche me veré con ella y siento una tenue calidez en el
vientre por el simple hecho de evocarla. No puedo creer que haya aceptado
verme. Ojalá vuelva y me diga que me necesita, que no ha podido encontrar a
nadie como yo. Ojalá me cubra de lisonjas y me dé de comer ella misma mientras
me acaricia en un asiento de oro con cojines de plumas de pato blancas. Estoy
impaciente por llegar. Nunca me había hecho ilusión la idea de volver. Me daba
dolor de cabeza pensar en ello e intentaba mantenerlo en el horizonte, como una
falsa promesa que sabía que en realidad no iba a cumplir. Sin embargo aquí
estoy subido en el autobús con una pequeña maleta a mi lado y sin absolutamente
nada sobre lo que preocuparme. Mientras el autobús va haciendo las primeras
paradas, me dedico a divertirme observando las caras ajenas, buscando algún
rostro familiar. Antes solía hacer este mismo trayecto cada uno de los días de
la semana y sin embargo no recuerdo grandes cosas de aquella época. Se me
escapaban demasiados detalles, pienso. Era un crío neurótico y acomplejado, demasiado
ocupado consigo mismo como para mirar a alguien a los ojos. Tampoco ha pasado
tanto tiempo ¿O sí? No han pasado más de unos años, pero siento como si un foso
milenario se hubiese abierto entre el pasado y el ahora. Un precipicio
majestuoso que no puede salvarse de ningún modo sin desollarse las manos con la
tierra y las raíces de sus paredes. Recuerdo nebulosamente, pero consigo
rescatar momentos con cruda vivacidad. Ahora puedo evocar las largas tardes de
verano en las pistas de colores, el brillar de nuestros rostros desencajados
tras dos horas jugando al fútbol a cuarenta grados de temperatura. Veo una
proyección de mi persona tumbada en el suelo y viendo pasar las nubes blancas
del atardecer estival. Todo era diferente,
mi cuerpo era diferente, la sombra que proyectaba también lo era. ¿En
qué momento tuvo lugar la metamorfosis? Mi nombre es Leonardo. Tengo 23 años y
6 meses de vida. Nací en el sur de España y mi signo del zodíaco es Sagitario.
Sigo conservando en la memoria esos signos vitales que me identifican y
diferencian ante el resto. Conservo la imagen que proyecto en las personas que
alguna vez me rodearon, y sé interpretarlas a la perfección
“Ahora mi
cuerpo vuelve sentado en un asiento de plástico, pero yo no vuelvo. No. Vuelve
una versión distorsionada de Leonardo. Interpreto a Leonardo en la noche del
estreno mundial y espero el beneplácito del público. Mientras los espectadores
toman asiento, nos preparamos y entramos en escena. Se hace el silencio, sube
el telón en la oscuridad y se escuchan los primeros murmullos de excitación.
Entonces se encienden los focos que pegan un calor de mil demonios y nuestras
pupilas desaparecen. Todos los actores permanecemos serios y en silencio. Tras
unos pocos segundos de transición, comienza el acto. Ganaré el premio del
jurado.”
La calle se me antoja
luminosa y agradable. Como aún tengo tiempo, paseo sin prisa y me revuelco en
el placer de andar sin rumbo fijo, solo pensando en algunos poemas y observando
a los pájaros que se precipitan sobre el río formando estelas en su caudal.
Debe de ser algo así como su pasatiempo, pienso. Me siento en un banco. El
ambiente es húmedo y los perros tienen el pelo apelmazado contra el lomo, o al
menos eso es lo que me dice una mujer viejísima, que da de comer a las palomas
mientras me mira los zapatos fijamente. Decido moverme a su lado y saco una
lata de cerveza de la maleta. La observo y enseguida deduzco que me está a
punto de pronunciar un discurso de esos que sueltan las personas solitarias. El
pelo blanco le cae sobre unos hombros frágiles y angulosos. Tiene el rostro
consumido, pero pienso que es una mujer preciosa. Sus cuencas hundidas albergan
unos ojos azules hermosos y húmedos, velados por los recuerdos y el tiempo.
Percibo en su mirada una profunda angustia, un miedo que de algún modo se torna
en serenidad cuando observo su figura calma y levemente temblorosa. Es curiosa
la perfecta armonía de sensaciones que se lee en su rostro, la igualada batalla
que libran en ese cuerpecito renqueante tan devastadores sentimientos. Le
sonrío y guardamos silencio durante unos instantes. Me arrellano en el asiento.
Preparados, listos.
—Tú eres joven y por
ahora no te duele el cuerpo cuando el día se nubla, ¿verdad? pero espera, que
ya te dolerá hasta el alma. Ya vendrán los rezos y los domingos en misa, joven.
Yo siento cada noche de invierno un pánico que me hincha las venas de las manos
y me tengo que levantar para mirar por la ventana, porque si no una no sabe si
está viva o muerta. Mis nietos me escuchan y me dicen que parezco una loca
cuando hablo sola y que probablemente ya esté comenzando a tener etapas de
demencia. Pero les sigo la corriente porque ellos también llegarán a mi edad, y
entonces me entenderán y le darán la razón a mi lápida.
Los jóvenes habéis perdido
el respeto por vuestros mayores. Pero yo no quiero que a mí me tengan lástima.
No pido que me traten como a una mongólica, sino que se me tenga respeto. No
sabes lo difícil que es llegar a esta edad, joven. Todavía no lo entiendes,
pero llegará el tiempo en el que te cueste subir unas escaleras, y entonces
dirás: ¿Qué he hecho yo en la vida, ahora que ya no puedo ni subir unas
escaleras? ¿qué he hecho cuando he sido joven? ¿cuántas escaleras habré subido
sin ni siquiera darme cuenta? Y entonces te pasas el día intentando recordar lo
que has hecho cuando has sido joven, y se te agarrotan las piernas y las sienes
de tanto intentar recordar. Porque la memoria es lo único que queda, y cuando
empieza a fallar, te descompones. Pero los días en los que estoy mejor, me
acuerdo muy bien de esos días de luz, cuando nos sentábamos alrededor de la
alfombra a escuchar los cuentos de mi abuelo.
Cada sábado nos sentaba a
uno de sus nietos en las rodillas mientras el resto de nosotros los mirábamos
desde abajo. Tenía una voz tan profunda que me daban ganas de llorar cuando
empezaba a hablar, pero me tranquilizaba rápidamente cuando veía su barba
blanca moverse, cuando acariciaba su bata de terciopelo verde y sentía en el
rostro el olor cálido y sabio de su aliento. Estábamos tan seguros de que lo
que nos contaba era cierto… Me pasaba días enteros pensando en cada cuento y
ansiando que llegase el fin de semana. Siempre se nos hacían cortos sus
relatos, y como solo nos contaba uno a la semana, muchas veces le pedíamos que
los alargara, o que nos contase más. Pero en cuanto terminaba, se levantaba muy
serio y nos decía que teníamos que aprender a ser pacientes. Luego se iba de la
habitación y no volvíamos a verlo hasta el sábado de la semana siguiente. Mi
abuelo había sobrevivido a la Guerra, pero se murió de una gripe un viernes por
la noche. Ese sábado los nietos no fuimos a su casa, y ya nunca más volvimos.
En nuestra época
disfrutábamos lo que vivíamos. Nos imaginábamos las continuaciones de los
cuentos de mi abuelo y las coloreábamos como nos iba pareciendo. Había lugar
para la ilusión y el misterio, pero ahora los jóvenes ya no queréis escuchar,
estáis hartos de escuchar y aun así estáis ciegos como terneros recién nacidos,
porque os creéis que esos móviles y cacharros os pueden decir la respuesta de
todo. Mis nietos no se acercan nada más que para pedirme dinero, nunca me han
preguntado cómo me encuentro, pero tampoco quiero que lo hagan, porque yo no
quiero darle lástima a nadie. Ya estoy vieja y nadie va a llorar en el día en
que me muera. Muchas veces me imagino mi funeral y sólo veo entre los
asistentes a gente muerta, a gente que ya no está en el reino de los vivos.
Pero nunca veo a mis hijos, a mis nietos… Qué pena me da llegar al final así,
pero es así como una tiene que terminar. ¿Cómo te llamas?
Como me quedo en
silencio, sigue hablando, pero ya no soy capaz de escucharla.
“¿Por qué esta anciana me señala con el dedo y me
acusa de ser joven? ¿Acaso tengo la culpa de no ver a la muerte bajo mi
ventana? ¿Soy pecador por no estar naturalmente preparado para entenderla?
Nunca sentí el menor respeto por mis mayores. Nunca saqué nada provechoso de
sus discursos cansados y siempre me dio la sensación de que pertenecíamos a
razas diferentes, seres en extremos opuestos del sistema evolutivo con una
barrera insalvable que nos impedía comunicarnos humanamente. Aun cuando era un
niño, veía a los viejos como alguien de quien apiadarse, como si hubiesen
sufrido terribles calamidades y estuviésemos en la obligación de guardarles un
respeto compasivo. Héroes de guerra mutilados que lucharon por la supervivencia
de nuestra civilización y a los que les debíamos el origen de nuestra
existencia misma. Con el paso del tiempo me di cuenta de que efectivamente
habían librado sus batallas, pero no veía rastro de victoria en esas filas de
ojos hundidos. Sus huesos, machacados por el peso muerto de una vida sin
historias, colgaban de las articulaciones abiertas en millones de horas bajo el
sol. Ante mis ojos tenía los despojos de una generación, el producto y la
prueba final de vidas sin creación ni destrucción, de existencias
desapercibidas. No eran sino reliquias, monumentos inmóviles creados para
permanecer callados hasta que fuesen demolidos. Veía las pistas de la esencia
misma de la vida, dejadas por algún ente creador. Pero ¿quién era yo para
siquiera atreverme a consignar sus relatos, a reducir sus historias completas a
cuatro líneas despectivas colmando así mi turbia conciencia? Pronto me deshice
de estos pensamientos perversos y me limité a sonreír y a hacer como si
estuviese entendiendo, como si supiese que no debo avergonzarme de un futuro
del que nadie se escapa. Desconecten.”
No puedo dejar de mirar
fijamente a la anciana. Observo sus ojos celestes, su nariz aguda, sus arrugas
amplias y felices. Me fijo en el modo inquieto en el que se sienta y en cómo me
habla, con la cabeza ligeramente inclinada y mirando al suelo. Tengo la
sensación de que me está mintiendo. Las piernas juntas y débiles, las manos
nerviosas y el tono melancólico de su voz, que en ocasiones da paso a bruscos
accesos de rabia y resentimiento, me hace tener un instante de claridad. Esa
mujer es un ente oscuro, ahí, sentado dando trozos de pan a las palomas, como
si estuviese intentando resarcir el pozo de maldad que pudre su alma a las
puertas de su propio fin. Cuando tenga un dolor de muelas, cuando me rompa una
pierna o cuando sufra una resaca feroz ella estará ahí siempre dispuesta a
hacer chistes y a burlarse de mi aspecto y de mi torpeza. Cada uno de los actos
destructivos de mi vida estarán supervisados por su espectro, por el fantasma
de esos ojos velados que miran a los pájaros de su alrededor. Se me hace tarde
señora, me gustaría quedarme aquí con usted y compartir sus últimos miedos, me
gustaría decirle que todo va a salir bien y que usted va a respirar tranquila
muy pronto. Me gustaría cogerle las manos y transmitirle a través de ellas mi
buena voluntad, ya que sólo quiero lo mejor para usted, pero ahora tengo que
irme, adiós.
En realidad se me hace
tarde porque tengo pensado llegar a casa justo a la hora de comer. De ese modo
se pueden llegar a evitar muchas cosas.
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