Después de asearme
cuidadosamente, cojo otro autobús de vuelta al centro de la ciudad y llego
veinte minutos antes a la puerta del restaurante en el que habíamos acordado
vernos. Las venas me bombean frenéticamente sangre envenenada al cerebro, sudo abundantemente
y me dan espasmos musculares, así que decido acercarme a comprar un paquete de
cigarrillos para conservar la calma.
“Dios, cómo la he echado de menos, cómo la sigo
echando de menos. No me lo voy a creer cuando vea su cara. De hecho ahora mismo
ni siquiera puedo acordarme de sus rasgos con claridad. Elisa. Elisa. Elisa.
Cuántas noches presente en mis peores pesadillas y en mis mejores sueños.
Cuántas sábanas rotas por tu maldita culpa, Elisa. Ten al menos la decencia de
venir a tiempo y mirarme de frente. Apuesto a que aún no eres capaz de mirarme
de frente durante más de tres segundos. No. Agacharías la mirada rápidamente y
te atrincherarías en tu perfecta sarta de gestos y ademanes. Pero te conozco,
me conozco cada pliegue de tu cuerpo, por supuesto. A mí no puedes embaucarme.
Hola.”
—¿Leonardo? Hola, dos
besos, sí, muac, ¿qué?, muac, ¿tal estás? Pareces un esqueleto, ¿no estarás
enfermo? Cuánto tiempo sin verte… Te veo cambiado.
“Joder, no es así como te esperaba Elisa, evitemos
ese absurdo registro de cortesía por favor, no podemos perder ni un segundo en
tonterías dialécticas. No te hace falta más que mirarme para saber todo sobre
mí.
—Estoy bien, por
increíble que parezca, no estoy enfermo, o no debería estarlo. ¿Y tú?
Ahora la observo mover
sus labios perfectamente pintados, pero no soy capaz de escuchar una sola
palabra de lo que me dice. Cuando pasan dos segundos de su último movimiento
comprendo que ya ha terminado su parte del discurso.
—Entremos —le digo—. Me
muero de hambre.
—Yo también.
Nos sentamos en una mesa
interior, pedimos vino tinto y nos miramos sin hablar durante unos segundos,
uno a cada lado de la mesa. Me fijo en las arrugas de su ceño, inusitadamente
marcadas. Su rostro ha sufrido ligeros cambios en estos tres años, aunque sigue
manteniendo su imagen perfecta y cuidada. Se sigue comportando con irresistible
elegancia, pienso. La forma en la que levanta el mentón y la manera en la que
tuerce la cabeza al hablar denotan una educación exquisita, casi fuera de
lugar, como si fuese propia de otros tiempos ya pasados. El tono de su voz,
aunque algo tenso, sigue siendo esa fuente de suavidad que me refrescaba y me
hacía conciliar el sueño en las noches calurosas. Su aliento. Puedo oler su
aliento al otro lado de la mesa y no puedo evitar entrecerrar los ojos. Son
tantos los recuerdos, tantos los días, tanta la debilidad… Te estoy esperando.
—Leonardo, no tienes buen
aspecto.
“Por fin, gracias por volver a tu papel original.
Me río, si me lo permites.”
—Ya lo sé. No sé cuidarme
bien. Tú sin embargo estás deslumbrante como el sol. He estado pensando mucho
en ti, Elisa. En realidad la única razón por la que he vuelto eres tú.
—Por favor, Leonardo, no
empieces. ¿Cómo están tus padres?
—Mis padres siguen vivos,
he estado esta mañana con ellos y están como siempre. Tal y como los dejé. Nada
ha cambiado.
— ¿Tienes pensado
quedarte?
—No lo sé. Simplemente he
venido porque conseguí contactar contigo. Pero eso ya lo sabes. ¿Qué hay de ti?
¿por qué no me hablas un poco de cómo te van las cosas?
— ¿Para qué? ¿Para ver la
cara de mono que pones cuando te cuento algo? No hay que ser muy avispado para
saber cuándo no estás prestando atención. Dios, te cambia la cara por completo.
Lo que no entiendo es por qué me has invitado a comer si no tenemos nada de lo
que hablar. Habría bastado una llamada o una visita.
—Tenemos un mundo de
cosas de las que hablar, Elisa. Si hubieses estado conmigo…
—¿Dónde has estado?
—¿Y eso qué importa? No
he estado en ningún sitio más de diez segundos. He estado en todos los lugares
del mundo y nunca he dejado de pensar en ti, Elisa. ¿Ya no te acuerdas de mí?
Soy Leonardo, tu Leonardo. ¿Por qué me miras como si no me conocieras? Me
conoces mejor que nadie. Lo sabemos todo el uno del otro y es absurdo que
intentemos negarlo. Estamos destinados a estar juntos. He renunciado a la paz,
he huido del hombre cobarde que un día fui y he conseguido reunir el valor para
presentarme frente a tus ojos. Renuncié a todo y lo único que he sentido como
indispensable es tu cuerpo a mi lado, Elisa. No puedo perderte, este tiempo ha
sido una mera demostración de nuestra incapacidad para estar lejos el uno del otro. ¿Te has sentido como
yo? Deberíamos pensar en irnos juntos a algún sitio… Este lugar está muerto,
vacío, no hay nada que nos satisfaga en…
—Por dios, Leonardo.
¡Cállate! Cállate y escúchame un momento. Por favor. Si he aceptado el verte no
es para que me vomites tu cantinela sin sentido. Quiero que sepas que si he
venido hoy aquí es para decirte algo. Tu opinión no me importa lo mas mínimo,
así que limítate a escucharme, aunque sea la única vez que me hayas escuchado
en toda tu vida.
Se me queda mirando con
una expresión neutra y no soy capaz de seguir hablándole. Su mirada me ha
secado la garganta. Sus ojos se humedecen de piedad y furia en una mirada que
he visto con anterioridad. Sí, en efecto. Una mirada que sinónimo de La
Catástrofe.
“Sentados uno frente al otro, sello los labios y
me limito a escucharte.”
—Solo me basta mirarte a
los ojos, ver tu aspecto, tu postura al caminar… sólo un vistazo me basta para
darme cuenta de que no has cambiado un ápice. Leonardo, el que siempre es
consciente de que ése es su nombre, el que apenas finge interés para requerirte
sin reparos. Volverías loca a cualquiera que intentase darte una mínima oportunidad.
Eres un agujero negro de ciego egoísmo y eres incapaz de mirar más que por ti
mismo. Te crees brillante y visionario; pero no eres capaz de tener en cuenta
lo que pasa más allá de tus mismas narices. Siempre tan febril, tan impulsivo,
con el corazón a flor de piel… A mi no me engañas, yo sé que a tus periodos de
entrega incondicional le suceden silencios que duran el tiempo que tú y solo tú
estimes necesario. Tienes la actitud de un lunático, cualquiera diría que
tienes algo de especial, que tu corazón no está cincelado del mismo modo que el
del resto de los hombres. Pero tú no eres un genio porque nunca has hecho nada
que valga la pena, careces de la voluntad y del arrojo necesarios para
materializar cualquier cosa que alguna vez te hayas propuesto. Te interesas
adrede por estupideces, te obsesionas con cosas ínfimas y eres ajeno a
cualquier demostración de afecto exterior. Por supuesto, sabes elegir las
palabras con cuidado, pero no demuestras nada. Sólo te gusta que te vayan a la
zaga, que se coman tu mierda mientras señalas el destino dando tumbos sin
control, pero nunca reconocerás que no sabes a dónde vas; nunca reconocerás
nada en absoluto.
Eres invulnerable a
cualquier crítica, ya que sólo te interesa tu propia opinión; pero no paras de
hacer juicios de valores intentando demostrar que es tu verdad la correcta a
ojos de Dios; que eres tú, y no el resto, el poseedor del don y la virtud.
Me acuerdo cuando nos
vimos por primera vez. Tenías los ojos claros y despejados. Gozabas de salud,
Leonardo. Eras feliz y me amabas sinceramente. Lo veía en tu mirada, en tus
caricias, en tus palabras sencillas y francas. Luego llegaron tus obsesiones y
tu retórica incomprensible. Como una maldición llegaron todas esas cosas que te
hicieron ser infeliz y yo intenté lo imposible para cambiarte, para que tu
situación no se convirtiese en algo insostenible. Te cubrí de todo el amor que
pude reunir, pero no respondías, te me habías ido y no era capaz de aceptarlo.
Cuando te recuerdo caminar borracho entre los sofás del salón, tenía la visión
de que eras un ser divino, un castigo que el cielo me envió por motivos
misteriosos. Esa expresión cínica, esa máscara a través de la cual susurrabas
tus adulaciones me perseguían en mis pesadillas. Tus ojos vacíos, siempre en otra
parte, tu mirada asustada cuya sombra aniquilaba todo rastro de ilusión y
esperanza. Antes era capaz de tolerar tus delirios porque sabía que de no ser
por mí estarías completamente solo y te convertirías en un monstruo orgulloso y
romántico. Pero decidí hacerlo, Leonardo, comprendí que era incapaz de sostener
una situación imposible a base de paciencia e ilusiones. Recuerdo tus súplicas,
tus últimos intentos por mantenerme a tu lado y también recuerdo la fortaleza
que me atreví a sacar aún no sé de dónde. Te condené a estar solo y no me
arrepiento de ello. Sabía que no habría nadie más que se sacrificase por ti,
pero me repetía que no podía ser yo la mártir, que tenía el derecho a ser feliz
lejos de ti. No compartimos la misma naturaleza y no pude seguirte por esos
caminos, Leonardo. Y al no poder convencerte, me convencí a mí misma. No me
merecías, no me merecías y no me mereces. Ahora yo no puedo hacer nada salvo
invitarte a no vernos nunca más. Adiós.
Elisa se levanta
ceremoniosamente. No la reconozco bajo su máscara de seriedad. Su cara parece
estar esculpida en cera fría. La observo mientras sale del bar y arranca el
coche al otro lado de la cristalera. Elisa ahora es un glaciar que camina y que
se despide de mí para siempre, un glaciar andante cuyas palabras me congelan
cada una de las partes que me componen. Me pregunto si algún día se dará cuenta
de lo que acaba de decir. Pero ese pensamiento se esfuma y me concentro en la
fría ingravidez que me entumece los brazos, los pulmones, los dientes y el cerebro.
Me duermo, me alejo, me alejo… Cierro los ojos y sigo la trayectoria de mi
cuerpo, lo veo descender en medio de un océano gélido y oscuro. Los finos rayos
de sol que aún se filtran aclaran mi visión y percibo las formas con mayor
nitidez. Pronto se acercan los monstruosos peces abisales de las profundidades
del mundo y me observan con sus ojos enormes. Les pregunto el porqué de su
existencia, pero no me responden. Permanecen quietos y en silencio mientras
mantienen sus ojos fijos en mi cuerpo. Me acerco al fondo, el agua se torna
cada vez más fría y los peces dejan de seguirme.
“Desciende un poco más, un poco más... Despierta.”
Se me acerca el camarero,
y percibo su sombra proyectada sobre la mesa de madera. Vaya una zorra, me
dice. Nunca he visto una arpía como esa. Le sonrío y le pido la cuenta. De
repente salgo de mi ensimismamiento y me siento tranquilo e infinitamente
triste, como un niño que malgasta en el polvo su último día de vacaciones. Casi
puedo sentir el calor de la brisa en la nuca y el sabor salado de la suciedad
en el borde del vaso vacío que tengo delante. Percibo la inminencia de algo
desconocido, de algo bestial. Tengo la sensación de que sigo soñando, de que
estoy en medio de un delirio onírico indeterminado, pero esta es la realidad.
Sopeso mis opciones y recuerdo los canales pestilentes de Ámsterdam, las putas
en los escaparates recién limpiados y sus rostros abiertos y misericordiosos.
Necesito misericordia, ¿es que no hay nadie capaz de acercarse a mi y decirme
que no hay de qué preocuparse? pero, ¿qué me atormenta? ¿qué podría preocuparme
ahora mismo, cuando soy capaz de ir de un lado a otro creando de cualquier
situación un prodigio, cuando he llegado un límite en el que no queda lugar
para la alegría o la tristeza? Estoy seguro de haber alcanzado una especie de Nirvana. La liberación por medio del
fracaso. Venta en librerías, entrevistas en canales de televisión y en
programas culturales online. La quiero, la querré siempre. Amo a Elisa con
todos y cada uno de los átomos que me dan forma, la amo furiosamente, con un
ardor que me lleva consumiendo mucho tiempo. La amo como un enfermo terminal
ama a la máquina que lo une a la vida. La quiero como el montañero quiere a su
sendero, como el soldado quiere a su enemigo, como el pescador ama las mañanas
en el horizonte del mar. Pero ella nunca entenderá la forma en la que la siento
ni la manera en la que la aprecio, porque mi amor a Elisa está en algún límite
que no soy capaz de racionalizar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario