lunes, 13 de octubre de 2014

Capítulo III

Después de asearme cuidadosamente, cojo otro autobús de vuelta al centro de la ciudad y llego veinte minutos antes a la puerta del restaurante en el que habíamos acordado vernos. Las venas me bombean frenéticamente sangre envenenada al cerebro, sudo abundantemente y me dan espasmos musculares, así que decido acercarme a comprar un paquete de cigarrillos para conservar la calma.


“Dios, cómo la he echado de menos, cómo la sigo echando de menos. No me lo voy a creer cuando vea su cara. De hecho ahora mismo ni siquiera puedo acordarme de sus rasgos con claridad. Elisa. Elisa. Elisa. Cuántas noches presente en mis peores pesadillas y en mis mejores sueños. Cuántas sábanas rotas por tu maldita culpa, Elisa. Ten al menos la decencia de venir a tiempo y mirarme de frente. Apuesto a que aún no eres capaz de mirarme de frente durante más de tres segundos. No. Agacharías la mirada rápidamente y te atrincherarías en tu perfecta sarta de gestos y ademanes. Pero te conozco, me conozco cada pliegue de tu cuerpo, por supuesto. A mí no puedes embaucarme. Hola.”


—¿Leonardo? Hola, dos besos, sí, muac, ¿qué?, muac, ¿tal estás? Pareces un esqueleto, ¿no estarás enfermo? Cuánto tiempo sin verte… Te veo cambiado.

“Joder, no es así como te esperaba Elisa, evitemos ese absurdo registro de cortesía por favor, no podemos perder ni un segundo en tonterías dialécticas. No te hace falta más que mirarme para saber todo sobre mí.

—Estoy bien, por increíble que parezca, no estoy enfermo, o no debería estarlo. ¿Y tú?
Ahora la observo mover sus labios perfectamente pintados, pero no soy capaz de escuchar una sola palabra de lo que me dice. Cuando pasan dos segundos de su último movimiento comprendo que ya ha terminado su parte del discurso.

—Entremos —le digo—. Me muero de hambre.

—Yo también.

Nos sentamos en una mesa interior, pedimos vino tinto y nos miramos sin hablar durante unos segundos, uno a cada lado de la mesa. Me fijo en las arrugas de su ceño, inusitadamente marcadas. Su rostro ha sufrido ligeros cambios en estos tres años, aunque sigue manteniendo su imagen perfecta y cuidada. Se sigue comportando con irresistible elegancia, pienso. La forma en la que levanta el mentón y la manera en la que tuerce la cabeza al hablar denotan una educación exquisita, casi fuera de lugar, como si fuese propia de otros tiempos ya pasados. El tono de su voz, aunque algo tenso, sigue siendo esa fuente de suavidad que me refrescaba y me hacía conciliar el sueño en las noches calurosas. Su aliento. Puedo oler su aliento al otro lado de la mesa y no puedo evitar entrecerrar los ojos. Son tantos los recuerdos, tantos los días, tanta la debilidad… Te estoy esperando.

—Leonardo, no tienes buen aspecto.

“Por fin, gracias por volver a tu papel original. Me río, si me lo permites.”

—Ya lo sé. No sé cuidarme bien. Tú sin embargo estás deslumbrante como el sol. He estado pensando mucho en ti, Elisa. En realidad la única razón por la que he vuelto eres tú.

—Por favor, Leonardo, no empieces. ¿Cómo están tus padres?

—Mis padres siguen vivos, he estado esta mañana con ellos y están como siempre. Tal y como los dejé. Nada ha cambiado.

— ¿Tienes pensado quedarte?

—No lo sé. Simplemente he venido porque conseguí contactar contigo. Pero eso ya lo sabes. ¿Qué hay de ti? ¿por qué no me hablas un poco de cómo te van las cosas?

— ¿Para qué? ¿Para ver la cara de mono que pones cuando te cuento algo? No hay que ser muy avispado para saber cuándo no estás prestando atención. Dios, te cambia la cara por completo. Lo que no entiendo es por qué me has invitado a comer si no tenemos nada de lo que hablar. Habría bastado una llamada o una visita.

—Tenemos un mundo de cosas de las que hablar, Elisa. Si hubieses estado conmigo…

—¿Dónde has estado?

—¿Y eso qué importa? No he estado en ningún sitio más de diez segundos. He estado en todos los lugares del mundo y nunca he dejado de pensar en ti, Elisa. ¿Ya no te acuerdas de mí? Soy Leonardo, tu Leonardo. ¿Por qué me miras como si no me conocieras? Me conoces mejor que nadie. Lo sabemos todo el uno del otro y es absurdo que intentemos negarlo. Estamos destinados a estar juntos. He renunciado a la paz, he huido del hombre cobarde que un día fui y he conseguido reunir el valor para presentarme frente a tus ojos. Renuncié a todo y lo único que he sentido como indispensable es tu cuerpo a mi lado, Elisa. No puedo perderte, este tiempo ha sido una mera demostración de nuestra incapacidad para estar  lejos el uno del otro. ¿Te has sentido como yo? Deberíamos pensar en irnos juntos a algún sitio… Este lugar está muerto, vacío, no hay nada que nos satisfaga en…

—Por dios, Leonardo. ¡Cállate! Cállate y escúchame un momento. Por favor. Si he aceptado el verte no es para que me vomites tu cantinela sin sentido. Quiero que sepas que si he venido hoy aquí es para decirte algo. Tu opinión no me importa lo mas mínimo, así que limítate a escucharme, aunque sea la única vez que me hayas escuchado en toda tu vida.

Se me queda mirando con una expresión neutra y no soy capaz de seguir hablándole. Su mirada me ha secado la garganta. Sus ojos se humedecen de piedad y furia en una mirada que he visto con anterioridad. Sí, en efecto. Una mirada que sinónimo de La Catástrofe.
“Sentados uno frente al otro, sello los labios y me limito a escucharte.”

—Solo me basta mirarte a los ojos, ver tu aspecto, tu postura al caminar… sólo un vistazo me basta para darme cuenta de que no has cambiado un ápice. Leonardo, el que siempre es consciente de que ése es su nombre, el que apenas finge interés para requerirte sin reparos. Volverías loca a cualquiera que intentase darte una mínima oportunidad. Eres un agujero negro de ciego egoísmo y eres incapaz de mirar más que por ti mismo. Te crees brillante y visionario; pero no eres capaz de tener en cuenta lo que pasa más allá de tus mismas narices. Siempre tan febril, tan impulsivo, con el corazón a flor de piel… A mi no me engañas, yo sé que a tus periodos de entrega incondicional le suceden silencios que duran el tiempo que tú y solo tú estimes necesario. Tienes la actitud de un lunático, cualquiera diría que tienes algo de especial, que tu corazón no está cincelado del mismo modo que el del resto de los hombres. Pero tú no eres un genio porque nunca has hecho nada que valga la pena, careces de la voluntad y del arrojo necesarios para materializar cualquier cosa que alguna vez te hayas propuesto. Te interesas adrede por estupideces, te obsesionas con cosas ínfimas y eres ajeno a cualquier demostración de afecto exterior. Por supuesto, sabes elegir las palabras con cuidado, pero no demuestras nada. Sólo te gusta que te vayan a la zaga, que se coman tu mierda mientras señalas el destino dando tumbos sin control, pero nunca reconocerás que no sabes a dónde vas; nunca reconocerás nada en absoluto.
Eres invulnerable a cualquier crítica, ya que sólo te interesa tu propia opinión; pero no paras de hacer juicios de valores intentando demostrar que es tu verdad la correcta a ojos de Dios; que eres tú, y no el resto, el poseedor del don y la virtud.
Me acuerdo cuando nos vimos por primera vez. Tenías los ojos claros y despejados. Gozabas de salud, Leonardo. Eras feliz y me amabas sinceramente. Lo veía en tu mirada, en tus caricias, en tus palabras sencillas y francas. Luego llegaron tus obsesiones y tu retórica incomprensible. Como una maldición llegaron todas esas cosas que te hicieron ser infeliz y yo intenté lo imposible para cambiarte, para que tu situación no se convirtiese en algo insostenible. Te cubrí de todo el amor que pude reunir, pero no respondías, te me habías ido y no era capaz de aceptarlo. Cuando te recuerdo caminar borracho entre los sofás del salón, tenía la visión de que eras un ser divino, un castigo que el cielo me envió por motivos misteriosos. Esa expresión cínica, esa máscara a través de la cual susurrabas tus adulaciones me perseguían en mis pesadillas. Tus ojos vacíos, siempre en otra parte, tu mirada asustada cuya sombra aniquilaba todo rastro de ilusión y esperanza. Antes era capaz de tolerar tus delirios porque sabía que de no ser por mí estarías completamente solo y te convertirías en un monstruo orgulloso y romántico. Pero decidí hacerlo, Leonardo, comprendí que era incapaz de sostener una situación imposible a base de paciencia e ilusiones. Recuerdo tus súplicas, tus últimos intentos por mantenerme a tu lado y también recuerdo la fortaleza que me atreví a sacar aún no sé de dónde. Te condené a estar solo y no me arrepiento de ello. Sabía que no habría nadie más que se sacrificase por ti, pero me repetía que no podía ser yo la mártir, que tenía el derecho a ser feliz lejos de ti. No compartimos la misma naturaleza y no pude seguirte por esos caminos, Leonardo. Y al no poder convencerte, me convencí a mí misma. No me merecías, no me merecías y no me mereces. Ahora yo no puedo hacer nada salvo invitarte a no vernos nunca más. Adiós.


Elisa se levanta ceremoniosamente. No la reconozco bajo su máscara de seriedad. Su cara parece estar esculpida en cera fría. La observo mientras sale del bar y arranca el coche al otro lado de la cristalera. Elisa ahora es un glaciar que camina y que se despide de mí para siempre, un glaciar andante cuyas palabras me congelan cada una de las partes que me componen. Me pregunto si algún día se dará cuenta de lo que acaba de decir. Pero ese pensamiento se esfuma y me concentro en la fría ingravidez que me entumece los brazos, los pulmones, los dientes y el cerebro. Me duermo, me alejo, me alejo… Cierro los ojos y sigo la trayectoria de mi cuerpo, lo veo descender en medio de un océano gélido y oscuro. Los finos rayos de sol que aún se filtran aclaran mi visión y percibo las formas con mayor nitidez. Pronto se acercan los monstruosos peces abisales de las profundidades del mundo y me observan con sus ojos enormes. Les pregunto el porqué de su existencia, pero no me responden. Permanecen quietos y en silencio mientras mantienen sus ojos fijos en mi cuerpo. Me acerco al fondo, el agua se torna cada vez más fría y los peces dejan de seguirme.


“Desciende un poco más, un poco más... Despierta.”


Se me acerca el camarero, y percibo su sombra proyectada sobre la mesa de madera. Vaya una zorra, me dice. Nunca he visto una arpía como esa. Le sonrío y le pido la cuenta. De repente salgo de mi ensimismamiento y me siento tranquilo e infinitamente triste, como un niño que malgasta en el polvo su último día de vacaciones. Casi puedo sentir el calor de la brisa en la nuca y el sabor salado de la suciedad en el borde del vaso vacío que tengo delante. Percibo la inminencia de algo desconocido, de algo bestial. Tengo la sensación de que sigo soñando, de que estoy en medio de un delirio onírico indeterminado, pero esta es la realidad. Sopeso mis opciones y recuerdo los canales pestilentes de Ámsterdam, las putas en los escaparates recién limpiados y sus rostros abiertos y misericordiosos. Necesito misericordia, ¿es que no hay nadie capaz de acercarse a mi y decirme que no hay de qué preocuparse? pero, ¿qué me atormenta? ¿qué podría preocuparme ahora mismo, cuando soy capaz de ir de un lado a otro creando de cualquier situación un prodigio, cuando he llegado un límite en el que no queda lugar para la alegría o la tristeza? Estoy seguro de haber alcanzado una especie de Nirvana. La liberación por medio del fracaso. Venta en librerías, entrevistas en canales de televisión y en programas culturales online. La quiero, la querré siempre. Amo a Elisa con todos y cada uno de los átomos que me dan forma, la amo furiosamente, con un ardor que me lleva consumiendo mucho tiempo. La amo como un enfermo terminal ama a la máquina que lo une a la vida. La quiero como el montañero quiere a su sendero, como el soldado quiere a su enemigo, como el pescador ama las mañanas en el horizonte del mar. Pero ella nunca entenderá la forma en la que la siento ni la manera en la que la aprecio, porque mi amor a Elisa está en algún límite que no soy capaz de racionalizar.


“Entiendo entonces que quizás esté en lo cierto, que puede que nunca más nos volvamos a ver. La mesa de madera se oscurece y los cubiertos siguen intactos.”

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