Como dijo hace varios miles de años mister Eclesiastés: Nihil sub sole novum, o lo que es casi lo mismo: "No hay nada nuevo bajo el sol" y sé que no voy a innovar en este tema, pues aunque no he leído casi nada antes de esto, autores como Dostoievsky o Hemingway han ahondado en estos pensamientos.
A lo largo de la historia, los llamados moralistas han tratado, con muy buena intención, de establecer unas directrices o pautas de comportamiento personal, con el objetivo de estar en paz con nosotros mismos, y consecuentemente con el resto de la humanidad. Lo han hecho tanto moralistas laicos (Explosión moralista francesa del siglo XVII) como religiosos.
Se han encargado de elaborar métodos o modelos de correcto comportamiento ético para contribuir a la armonía global, cosa que es del todo noble, pero peligrosamente idealista. Los moralistas enseñan a poner la otra mejilla cuando nos golpean, a recurrir a la fe en momentos de angustiosa desesperación, a ser condescendientes y altruistas, a desear y a esperar las ventajas espirituales y éxitos futuros.
Y yo me quiero centrar en uno de los principios más globalizados de los moralistas modernos: Es el clásico "Desea algo con fuerza y lo conseguirás" o el más divulgado aún "Trabaja duro y mañana serás lo que quieras, tendrás poder, dinero y todo lo que eso conlleva, es decir, lo que cualquier occidental podría desear".
Este antiguo principio se ha ido adaptando con el paso de los años, todos hemos visto películas de gente "marginal" que con esfuerzo y tesón han sido los reyes del mambo, y programas en los que entrevistan a un hombre que ha perdido las piernas por una explosión de una mina en Irak y , entre lágrimas, nos convence de lo bonita que es la vida.
Historias que desembocan en éxito tras gran tesón y sufrimiento, en pocas palabras.
Pero, ¿por qué no se habla del trabajo frustrado?, ¿de las vidas entregadas a una causa que al final resulta ser estéril? No hablan de pobres viejos que han luchado toda su vida por tener una existencia respetable y ostentosa y han muerto pobres como las ratas. No se habla de talentos frustrados porque papá no puede pagarles una escuela mejor, ni tampoco se habla de la vida malgastada de tantas generaciones cuyo potencial se ha visto cercenado por un sistema de gobierno opresor... Del desafortunado viejo pescador que sí se atreve a retratar el eterno Hemingway.
No se habla de la frustración absoluta, del todo por la nada, de la angustia del moribundo cuando descubre que su vida se ha visto apocada al fracaso. Lo único que les queda a estos infelices es su único recuerdo. Y me pregunto donde se esconden estos moralistas de ideas tan luminosas cuando deben enseñar a arrastrarse por las profundidades, a reconocer el propio fracaso y a ser consciente de que no habrá próxima oportunidad.
A menudo el pensamiento idealista queda superado por el mundo cuando se enfrenta a la, a menudo, oscura realidad.
sábado, 17 de diciembre de 2011
jueves, 8 de diciembre de 2011
Ampliable.
A los devotos de la medicina: No salváis vidas, sólo retrasáis la muerte.
En una conversación de calle, una señora rubia de unos 35 años le comentaba al que parecía su marido:
-Tienes que pagar por todo, esto es una mierda, pero hasta que no toquemos fondo no nos daremos cuenta de nada.
Yo, detrás de ellos, no pude sino sonreír y asentir en silencio. Qué frío hace, coño.
"Los criminales se aprovechan de la indulgencia de una sociedad compasiva".
Si la ley fuese implacable, los ahora cobardes criminales serían locos, o héroes.
Hasta que no aprendamos a vivir con nuestra propia insignificancia estaremos condenados al desánimo.
En una conversación de calle, una señora rubia de unos 35 años le comentaba al que parecía su marido:
-Tienes que pagar por todo, esto es una mierda, pero hasta que no toquemos fondo no nos daremos cuenta de nada.
Yo, detrás de ellos, no pude sino sonreír y asentir en silencio. Qué frío hace, coño.
"Los criminales se aprovechan de la indulgencia de una sociedad compasiva".
Si la ley fuese implacable, los ahora cobardes criminales serían locos, o héroes.
Hasta que no aprendamos a vivir con nuestra propia insignificancia estaremos condenados al desánimo.
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