miércoles, 9 de enero de 2013

Woodstock

Estábamos en Nantes, pasando la última noche allí antes de irnos al norte, cogiendo un tren de línea rumbo a Rennes. Dormíamos en un camping bastante barato, al lado del cual había un verde e inmenso campo de rugby sin ninguna valla. El recinto estaba lleno de conejos enormes que mas bien parecían perros. De madrugada se acercaban a las tiendas y los escuchaba hacer ruidos que nunca creí que un conejo pudiese hacer. Pero aquellos eran diferentes.


Compré unas cuantas baguettes para cenar y nos apañamos con los restos de comida que fueron sobrando de días anteriores. Cenamos pronto en el camping  y mientras terminábamos, escuchamos lo que parecía ser un concierto bastante cerca de allí, pero no teníamos ni idea de qué podía ser, así que decidimos ir.
Primero fuimos a darnos una ducha en los vestuarios públicos que había en el camping. El agua estaba caliente y fuera, aunque era Agosto, empezaba a refrescar. Así que estuvimos allí dentro cantando La Marsellesa mientras hacíamos turnos para la ducha. De repente escuchamos una voz que provenía de los vestuarios de mujeres, que comunicaban con los de hombres a través de un desnivel entre el muro y el techo, cantando también la canción. Empezamos a bromear y según pareció se trataba de dos jovencitas francesas. El caso es que nos invitaron a ir al concierto. Quince minutos después salíamos a comprar cervezas y nos fuimos para la zona de donde provenía la música.
Resultó que lo que creíamos que eran dos francesitas deseosas de lo que se supone que las francesas están deseosas, eran una chica de 17 años llamada Amèlie y una niña cuyo nombre no recuerdo que no parecía pasar de los 14. Al principio me pareció un poco violento, pero parecían bastante simpáticas mientras nos explicaban el motivo de aquel festival, organizado por el ayuntamiento local en un ciclo cultural para alejar a los jóvenes de la vida de la calle y de las drogas, así que no me importó estar con ellas.
Drogas no sé, pero en aquel lugar había alcohol por todas partes. Nos bebimos las cervezas y compramos más en una barra de bar que habían instalado en lo alto de una colina. Le ofrecimos a la mayor, pero no quiso. En el escenario actuaba gente que bailaba break dance, y gente que cantaba hip hop en francés. Miraba a mi alrededor y veía a madres con sus hijos, a viejos con pinta de borrachos y a hordas de jóvenes por todas partes. Pero cuando empezábamos a estar a tono en aquel ambiente tan extraño, la oscuridad se cernió sobre nosotros. El cielo se encapotó en poco tiempo y entonces empezó a llover.

Los días anteriores habíamos estado bajo una persistente y débil  llovizna, pero aquel día "realmente"comenzó uno de los peores temporales veraniegos que se recordaban en Francia en los últimos diez años, claro que eso nosotros no lo sabíamos.
El escenario estaba situado de espaldas al bosque que lindaba con el camping, en una gran explanada al pie de dos colinas que formaban una U, y con la lluvia que caía a mares, empezaron a proliferar los charcos y el barro. Volvimos corriendo a la tienda a coger unos chubasqueros, pero resultaron de poca utilidad con ese diluvio universal que estaba cayendo. Era algo muy agradable el extender los brazos y sentir la lluvia atravesarlos, una especie de embriaguez de olores y sensaciones que me sacudían el cuerpo y me invitaban a empaparme aún más de todo aquello, a vivir, a mirar en todas direcciones y charlar con toda esa gente desconocida, con las niñas francesas y con los raperos de metro noventa que teníamos delante . Nos quedamos un rato más en el concierto, hasta que los barrizales provocaron que la gente empezara a marcharse, la música terminó casi súbitamente y nosotros no sabíamos qué podíamos hacer en medio de aquel Woodstock fantasma, así que nos terminamos nuestro cóctel de agua de lluvia y cerveza, confirmamos que las dos francesas se habían evaporado y fuimos de vuelta al camping.
La zona de acampada estaba poco mejor que el barrizal anterior. Desmontamos y guardamos las tiendas en la oscuridad, calados hasta los huesos, y fuimos a la lavandería a ponernos ropa seca para irnos de aquel condenado lugar.
Sobre las 2 de la madrugada salimos hacia la estación de trenes. Seguía lloviendo a cántaros, pero como caminábamos bajo árboles, resultó no ser tan insoportable. Al llegar a la parada de autobús, comenzamos a ver grupos de jóvenes franceses borrachos como cubas, que sin embargo, se limitaron a esperar y a hacer bromas entre ellos. Una vez dentro del autobús, disfrutamos del espectáculo que daban éstos, hasta parecía una obra de teatro que nos hubiesen improvisado a sus invitados extranjeros. Nosotros nos mirábamos atónitos y nos reíamos con su actuación absurda e incomprensible, hasta que llegamos a la parada de la estación, cargados con nuestras enormes mochilas, con la tienda y todo eso. Ya no llovía como antes, pero era muy tarde y las puertas al interior de la estación estaban cerradas, así que decidimos dormir en la puerta, bajo un techado que nos protegía del agua y allí pasamos la noche, rodeados de mendigos y de mochileros en una situación parecida a la nuestra, expuestos a la humedad y a un frío increíble para ser verano.
Al principio hicimos turnos para vigilar las mochilas, pero me quedé dormido en el mío y nos despertamos cuando abrieron la puerta los guardias de seguridad y nos farfullaron que podíamos entrar.

Una vez en la caliente estación, desayunamos unas galletas mientras veíamos amanecer y cuando por fin nos sentamos en unos asientos de tren que nos parecían sillones señoriales, me quedé profundamente dormido, con una mezcla de cansancio y felicidad que nunca he vuelto a experimentar.

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