sábado, 21 de enero de 2017

Texto escrito en la pared norte de la Torre de las Infantas de la Alhambra


Si he de hablar de mi primer recuerdo, este lo conforma una visión de impenetrable oscuridad. Una tiniebla capaz de silenciar todo cuanto los ojos pueden distinguir o siquiera intuir: me resulta inútil tratar de describir la imagen de una ausencia total de luz que me envuelve el cuerpo, el cabello y todo cuanto considero que existe por mera intuición, pues no tengo memoria de haber presenciado la imagen de ninguno de los recuerdos que, inexplicablemente, guardo en mi memoria.
Durante largas horas trato de averiguar cómo obtuve el don del lenguaje y de qué manera fui instruida en el conocimiento de las palabras y de las ciencias que describen el mundo. Intento indagar en lo más hondo de mi conciencia buscando imágenes con las que ilustrar todo lo que sé acerca de las cosas, pues tengo la certeza de que alguna vez mis ojos tuvieron el placer de contemplar: creo recordar los volúmenes, la profundidad de los objetos y la disposición simétrica del artesonado que recorre las paredes del lugar en el que paso los días, sin embargo no consigo recordar las formas ni los colores, y me resulta imposible ilustrar los conceptos que mi atribulada razón se empeña en salvaguardar.
En las noches de plenilunio, un tímido reflejo de claridad atraviesa la habitación de un extremo a otro y se me ofrece la oportunidad de acercarme a una de las paredes para dejarme alumbrar por el ínfimo destello que se cuela en la estancia, pero su claridad resulta tan débil e inconstante que ejerce un efecto mistificador y sugestivo. Con asombro y gran confusión me debato entre la idea de estar siendo víctima de una alucinación o si, efectivamente, estas son mis manos, estos mis brazos y estas mis costillas, pues lo poco que percibo de mis propias formas me parece fragmentado y brumoso, a medio camino entre lo real y lo fantástico, razón por la cual rara vez acudo a la llamada de estas oportunidades de autodescubrimiento por miedo a ceder ante la locura. Sin embargo, mi alma se contagia de la claridad de estas noches señaladas y, con gran esfuerzo, consigo balbucear el que recuerdo como mi nombre, cuyo sonido resuena finísimo y casi tan imperceptible como el resplandor que recorre las paredes de mi cautiverio: Zorahaida.
Tan pronto como logro pronunciarlo, una puerta en mi interior se abre: con gran claridad recuerdo mi infancia junto al mar, el viento furioso azotándome los cabellos, mientras observo junto a mis hermanas la pleamar desde el castillo de Salobreña. Recuerdo nuestras intrigas, nuestra emoción compartida por el descubrimiento del mundo que se nos abría a las tres jóvenes infantas: Zaida, Zoraida y Zorahaida, princesas del Imperio Nazarí. Veo los naranjos en flor de los jardines del Generalife, el rostro ajado de Kadiga, aquella a la que llamé madre sin que la misma sangre nos corriese por las venas. Contemplo la figura de esta sentada al borde de la alberca junto a mis hermanas, percibo el aroma a jazmín y adobe, el calor de la primavera sobre las afanosas gentes a los pies del río, la melodía del laúd flotando en las tardes estivales… Veo al joven español del que me enamoré, su mirar altivo y sereno, su expresión angustiada mientras me implora la huida junto a él. Veo mis pies descalzos pisar la escalera que me haría abandonar las murallas, las manos muertas que me caen a ambos lados del torso, mis hermanas al pie del muro, me veo volviendo al palacio con el rostro anegado de lágrimas y el corazón arrepentido. Siento, padezco, la cólera de mi padre. Veo la escolta que me conduce al umbral de la torre donde ahora me encuentro y, una vez cerrada la puerta, todo se hace oscuridad. Olvido todo cuanto he vivido, y permanezco vacía de recuerdos hasta la próxima luna llena.

Es por eso que dicen que estoy maldita, por eso que mis lamentos asustan a los amantes extraviados en los alrededores de la Torre de las Infantas, por eso que mi espectro, el de Zorahaida, está unido a estos muros con un vínculo inquebrantable, velado por el gobierno inexorable de la luna. Escribo estas líneas en un vano intento de no olvidar, en el inútil acto de vencer esta amnesia a la que he sido condenada, aunque sé que el tiempo hará que las letras se conviertan en manchas sin significado impresas sobre los muros de esta dimensión inhabitada, donde el tiempo es la sombra de sí mismo.

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