domingo, 10 de marzo de 2013

Costumbre

Un método bastante sencillo para infundir incertidumbre en uno mismo, o en otra persona, es el de enfrentarse a una experiencia que se salga de lo normal, de lo esperado, de lo rutinario. En nuestra vida decimos recordar "momentos especiales", que lo son precisamente porque se tiñen de un colorido que contrasta con la infinita vastedad gris que conforma lo rutinario, lo que nuestro cerebro estima que no merece ser recordado por su excesiva asiduidad en el tiempo. En el momento en que sufrimos esta "anormalidad", nos invade la excitación e incluso la felicidad, pero en muchas ocasiones nos resistimos a, por así decirlo, hacer que las circunstancias sean propicias a dichas experiencias.

Una persona puede soñar con que su situación sufra un giro brusco; que pase de estar fotocopiando documentos en una oficina a ser un monje de cabeza rapada en un palacio del sur de Japón, o que en vez de pasarse la tarde del sábado viendo un programa deportivo se anime a coger una pistola y atracar una sucursal bancaria para ponerse a prueba. En ambos casos la persona está fantaseando y casi con total probabilidad nunca llegará a cumplir estas "fantasías". Pero lo terrible de esa situación es que el sujeto en cuestión no se pregunte: ¿De verdad quiero hacer eso con lo que estoy fantaseando? O mejor aún: ¿Prefiero hacer eso con lo que estoy fantaseando a esto otro que estoy viviendo?

Se produce aquí una coyuntura de la que podemos destacar dos temores esenciales: El miedo a la pérdida (porque no podemos prever las consecuencias reales de nuestras acciones hipotéticas hasta que no las llevamos a cabo) y el temor a lo desconocido (puesto que salirse de lo acostumbrado es como lanzarse al vacío, no sabes cuándo vas a llegar al suelo ni cuánto te va a doler el impacto de la caída). Está claro que la segunda consecuencia que hemos destacado va directamente ligada a la primera porque: ¿Qué es el miedo a lo desconocido sino un rechazo a la pérdida de lo que ahora percibimos como seguro?

Todo se reduce al apego y al círculo de seguridad que creamos a nuestro alrededor. Necesitamos un lienzo, una base estable y sólida sobre la que pintar nuestro cuadro infinito de tonos grises que es nuestro día a día. 
Las motas de color vienen dadas por las circunstancias o por nuestro comportamiento, pero éstas se darán en la mayoría de los casos de una manera aislada y casi en contra de nuestra voluntad.

El acostumbrarse a una vida es una tendencia (una enfermedad) natural inherente a la condición humana. Nos sentimos mas cómodos en nuestro círculo de seguridad que fuera de éste, nuestro bienestar es mayor conforme nuestra seguridad aumenta.

Si intentamos deshacernos de nuestro lienzo y lanzarnos a lo incierto, casi con total probabilidad viviremos experiencias inusuales, que bien nos pueden maravillar o desagradarnos profundamente. Pero la esencia de la creatividad es la experimentación, y si somos almas creativas debemos abrazar el acto de experimentar como un don y un privilegio, no como un sacrificio, puesto que no todos se dan cuenta de que pueden abandonar en cualquier momento su vida; esa percepción se pierde cuando el tiempo y lo diario pasan por encima.

Debemos mantenernos a flote, ser conscientes de nuestras posibilidades y acciones atendiendo más a las causas que a las consecuencias, no estigmatizar la impulsividad si ésta nos ofrece la magia y el colorido de la nueva experiencia. No supondrá un esfuerzo abrir la puerta a la curiosidad cuando ésta implique nueva experiencia, pues estaremos abriendo infinidad de ventanas a la sabiduría, al desarrollo y nuestro aprendizaje como seres mortales.

Seamos pues mortales.





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