viernes, 15 de febrero de 2013

Compasión.

Del latín cumpassio, "sufrir conjuntamente/pasión conjunta".

-I-

-Vamos, dispara. No es tan difícil, solo tienes que tirar del martillo, apuntar bien y apretar el gatillo lo suficientemente fuerte para hacer girar el tambor. El proyectil saldrá a unos 300 metros por segundo y se incrustará en la cabeza de este muchacho. Una vez dentro, la bala se abrirá dentro de su cráneo provocando un desgarro en la masa cerebral de consecuencias irreversibles y el propietario de ésta morirá en uno o dos segundos como mucho. Una de las ventajas del revólver es su devastador calibre.

El joven ejecutor está temblando de pies a cabeza, sudando visiblemente y observando los ojos desorbitados de su víctima que, maniatada y de rodillas, balbucea ruegos y súplicas, pero tiene la boca obstruida por un trapo enrollado y las babas le empapan la pechera de la camisa. 

El ejecutor hace retroceder el martillo.

En ese momento el reo, como sacudido por el latigazo de la inminencia de su muerte, se levanta e implora clemencia, pero el trapo le impide vocalizar y siente arcadas. Al instante cae de nuevo de rodillas y empieza a llorar temblorosamente. Los mocos le brotan de la nariz y se le hunde el pecho al estremecerse.

La patética visión de la víctima le parece insoportable al ejecutor, piensa en no dispararle.

Pero recuerda por qué está apuntando a la cabeza de ese hombre.


-II-

Cuando tenía diez años, el gobierno israelí nos echó de nuestro hogar en Jerusalén por ser musulmanes, y tuvimos que marcharnos al norte de Cisjordania, donde vivimos muchos meses en paz. Pero el conflicto entre Israel y Palestina se intensificó y los aviones empezaron a bombardear nuestras casas.
Cuando el colegio estaba abierto, el profesor cada poco tiempo nos comunicaba que un compañero nuestro había muerto, o que estaba tan malherido que moriría dentro de poco. Una vez un misil de F-16 cayó encima de nuestro patio de recreo. Afortunadamente estábamos en clase, pero había unos cuantos alumnos castigados que arreglaban los jardines del exterior. Cuando cesó el estruendo y se asentó la polvareda, vimos trozos de sus cuerpos esparcidos por todo el cráter que formó el misil, y uno de los niños estaba aún vivo. Había perdido prácticamente de la cintura para abajo, pero aún se movía y emitía un gemido semejante al de un animal somnoliento. El profesor rápidamente cerró las persianas, pero todos vimos a ese alumno morirse cubierto de polvo.

Tres días después, otro bombardeo sacudió nuestras casas. Los israelíes estaban respondiendo a un ataque palestino de cohetes Qassam, que supuestamente habían sido lanzados desde alguna parte de mi barrio. Ninguno de los vecinos vio nunca el lanzamiento de esos cohetes.

El bombardeo fue devastador y murieron muchas personas. Un misil fue a caer justo encima de nuestro tejado, lo atravesó y explotó en la habitación de mis padres. Murieron todos los que estaban en la casa, excepto mi tía Faghira y yo, que habíamos salido a coger huevos al gallinero. Al entrar a la casa, me impresionó el absoluto silencio que reinaba, y cuando me inundó el olor a carne quemada sentí ganas de llorar y fui a los brazos de mi tía. Nunca me embargó un sentimiento de odio semejante.

Varios palestinos de la insurgencia consiguieron derribar a uno de esos aviones y capturaron al piloto, un joven judío muy blanco y de unos 25 años de edad. Mi padre, que en el momento del bombardeo estaba durmiendo, era uno de los cabecillas del Frente de la Liberación Palestina. Su cuerpo no pudo ser recuperado para su enterramiento.
Sus compañeros decidieron honrarlo ejecutando al joven piloto y su único hijo vivo debía ser el que lo matase.


Por eso estoy apuntando a la cabeza de ese hombre.

-III-

-Me llamo Hakam, que significa "el que juzga o decide". En este preciso momento me siento incapaz de decidir el futuro de este hombre, porque ¿quién sino Dios es capaz de juzgar si alguien debe vivir o morir?
Hakam el ejecutor traga saliva, apunta al ojo derecho del piloto y empieza a apretar el gatillo. El tambor se mueve, pero necesita un apretón mas fuerte para girar por completo. El piloto se orina encima y consigue deshacerse del trapo que le impedía gritar. Le ruega clemencia en su idioma, pero el ejecutor lo entiende, y sus ojos se abren de par en par cuando escuchó la palabra compasión proferida de los labios de la víctima.
-Al sobrevolar las casas, los pilotos no escucháis los ruegos y los gritos de terror de vuestras víctimas. Esa es una ventaja con la que no cuento yo. Me pides que sienta lástima por tu situación, pero siento lástima por quien eres, y por quien me voy a convertir cuando te mate. Formaré parte del círculo de violencia que devasta esta tierra y ya jamás podré salir de él. Formamos parte de las mismas circunstancias y por eso te compadezco, ojalá estuviésemos lejos de aquí en tierras nevadas y en paz. Pero seguimos albergando un odio que se alimenta de sí mismo, y como todo sentimiento que se alimenta de sí mismo, nunca cesará a menos que Dios nos ayude.

-Cuando Alá creó el mundo dijo: Mi compasión prevalecerá sobre mi ira. La misericordia debe ser un sentimiento predominante sobre el castigo.
Pero yo no soy Dios y mi compasión no puede prevalecer sobre mi ira.

Es entonces cuando aplica un poco más de fuerza sobre el gatillo y el tambor gira.





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